Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Una de las formas más eficaces de controlar al ser humano, lo saben bien los estados y sociólogos, consiste en dominar su sexualidad. O al menos inspeccionarla habitualmente. No permitirle desarrollarse en libertad. Por ello la religión católica se encargó de ensuciarla, culpabilizarla y ocultarla bajo un manto de oscuridad feroz. No obstante, con el paso del tiempo, estos intentos acabaron por perder gran parte de su fuerza. Luis Buñuel por ejemplo afirmaba muy jocoso que agradecía al catolicismo su carácter reaccionario porque le había permitido excitarse con tan sólo contemplar una minúscula parte del cuerpo de una monja.
Probablemente, hace siglos, el velo de monja no tenía más intención que subrayar el carácter sagrado y divino de la sexualidad. Lo importante que era si queríamos mantenernos indemnes, fuertes y vivos que nuestros sexos no fueran mostrados públicamente o que comerciáramos con ellos. Pero ese velo, lo sabemos bien, se fue agigantando hasta que en vez de salvaguardar el sexo, velar por su secreto, se convirtió en un inmensa túnica que incluía en su interior cinturones de castidad, látigos y esposas con las que luchar contra el apetito sexual. Nuestra época es tan esquizofrénica, no obstante, que en nuestras sociedades conviven con aparente normalidad retazos de aquel puritanismo que castigaba la masturbación con ingentes cantidades de pornografía, sexualidad fría, libre y sin freno. Y si bien, en principio, este hecho debería hablar bien de nosotros, podría ser analizado como un signo y símbolo de nuestra pluralidad, en realidad, no lo creo. Pues castidad y sexualidad sin freno son dos caras de la misma moneda. Dos manifestaciones complementarias que ponen de manifiesto los intentos de los estados modernos por controlar el sexo, nuestra intimidad y por tanto, nuestra capacidad de consumir y elegir.
Si los frescos de Pompeya fueron bienvenidos, un soplo de aire fresco hace varios siglos, ahora no serían más que otra constatación de nuestra decadencia. Probablemente pasarían inadvertidos. Una solución para este atasco podría haberse hallado en el sexo tántrico al que de una u otra manera, se alude en el kama sutra. La íntima sacralización del acto sexual enfrentada a cualquiera de los coercitivos planes que regulan nuestra intimidad.
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