Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¿Sería posible que un canon no creara disidencias? Eso es imposible. De hecho, una lista es un auténtico oxímoron. Utilizando una metáfora muy usada actualmente, lo más parecido a vallar el campo. Siempre habrá obras esenciales no citadas, algunas a las que el tiempo irá restando valor y otras muy valiosas cuyos méritos no serán refrendados hasta que un determinado acontecimiento suceda o una nueva época tenga lugar. Una lista es una equivocación consensuada. Un abuso de la democracia y la estadística. Un intento de llevar la matemática al arte. De convertir la vida en cultura. Y la cultura en competición. Darwinismo humanista. Contienda creativa. Pero también, obviamente, una necesidad racional muy comprensible pues es necesario frenarse de tanto en tanto y hacer una selección y resumen de lo vivido, leído o contemplado. Y es lógico que cuando miremos atrás destaquemos qué fue lo mejor que experimentamos o conocimos. Siempre habrá por ello listas y es bueno y hasta deseable que las haya. El problema actual con ellas, (más allá de lo consabido, que están condenadas antes o después a equivocarse), es similar al que suele ocurrir con cientos de acontecimientos, eventos o productos insertos en sociedades capitalistas. Que han degenerado, perdido valor real. Se han apartado de su sentido original hasta convertirse en sucedáneos. Y más que en guías orientadoras se han convertido en manipuladoras. Perversas obsesiones.
En realidad, su actual apogeo se me antoja a estas alturas realmente invasivo. Tanto como la publicidad, la arquitectura moderna o las alusiones al fútbol. Porque basta abrir facebook, una revista o un periódico para encontrar una lista. Otra más. Hasta el punto de que ya no sé si realmente importa que sean honestas, sinceras y nos permitan elegir con mayor seguridad la obra de arte a visitar entre la inmensa oferta cultural actual. Puesto que son tantas (¿qué publicación, blog o persona no se anima actualmente a hacer una?) que no sólo es que resulte difícil discriminar cuáles son realmente provechosas sino que se asemejan a un enjambre de insectos que se empeñaran en picarnos y llamar nuestra atención de todas las maneras posibles.
Pienso que el problema actual que tenemos con las listas viene de la necesidad de hacer una o varias cada doce meses. Algo comprensible, ya lo he dicho, si se quiere poner orden (y de paso jerarquizar) la inmensa oferta cultural actual pero que creo que ya roza el paroxismo. Por ejemplo, estoy comenzando a ver listas de las mejores películas de los primeros seis meses del año como de cada mes (al parecer en ciertos medios esto se lleva haciendo durante décadas), semana y supongo que antes o después llegarán las de los mejores discos del día.
Hace varias semanas me refería en avería a una de las características esenciales por las que surgió el posmodernismo: la ausencia de espacio físico. El que el ser humano hubiera al fin colonizado el planeta de punta a punta. Pues bien, creo que nuestra manía y obsesión de las listas procede también de allí. De cierta depresión cultural provocada por la ausencia de nuevos retos y desafíos. De una obsesión por el pasado continuo ante la ausencia de presente o futuro continuos. De lo desconectados que estamos de la vida (real) y lo apegados que estamos a la virtual.
Intentaré explicarme mejor. Porque no creemos en nada, creemos en las listas. Porque no gozamos de vida interior, atesoramos listas. Porque somos sumisos al mundo del trabajo (o al del ocio), nos divertimos con listas. Porque somos esclavos del gusto, nos liberamos con listas. Porque no tenemos ya experiencias viajeras que nos transformen realmente y los lugares adonde vamos se parecen demasiado entre sí, buceamos en las listas (¿encontraremos allí algo diferente?). Porque nos sentimos demasiadas veces impotentes, recurrimos a las listas (y potenciamos su poder). Porque no tenemos ningún referente moral, seguimos las listas con estricta obediencia. Porque tenemos la mente fragmentada y una inexistente vida social, encontramos en las listas grandes verdades, cierto sentimiento de pertenencia a una comunidad. Porque no nos encontramos satisfechos, nos satisfacen tanto las listas. Y porque tenemos inoculada la cultura capitalista y neoliberal, ponemos a competir a los artistas en listas.
En fin. El año pasado, leí decenas de libros. Recuerdo ahora haber consultado textos de Javier Moreno, Balzac, García Villalba, Robert Walser, Heriberto Yépez, Juan Francisco Ferré, H.P. Lovecraft, J.G.Ballard, William Gaddis, Paul Stanley, Dee Snider, Lewis Carroll, Patricio Peñalver, Antonio Lobo Antunes, César Aira, Mario Levrero, Celine, Marc Édouard-Nabe, Fiodor Dostoievsky y muchos más. Todos ellos me aportaron algo. Me dieron fuerza para vivir. Concedieron sentido a mi vida aunque fuera por unas horas. Unos me condujeron a un sitio, y otros lógicamente a otro. ¿He de decir públicamente cuál de todos esos escritores urdió la obra que más me gustó? ¿Es realmente necesario? Sinceramente, pretender que intente decir cuál de todos esos artistas realizó la obra mejor, la tercera o la quinta en mi orden de preferencias, me parecería infantil sino fuera porque ya estoy escarmentado y lo considero un acto de perversión por parte del sistema. Una forma sutil de discriminación. Maneras de acabar, institucionalizar el misterio y la intimidad de la obra de arte. Otra forma sutil de manipulación (¡No te muevas que no apareces en la lista!). Conseguir que los escritores y artistas se odien un poco más entre sí de lo que ya lo hacen. Un juicio público. Porque, en realidad, la mayoría (obviamente no todas) de la listas son marketing. Encasillamiento, clasificación, separación y cárcel. En esencia, dominación. Castración o al menos impregnación de esperma de otros en el nuestro para que follemos con quien lo desea el sistema. Cuándo y cómo le gusta al poder. Gastándonos además nuestro mínimo de monedas anuales para que el consumo cultural no decaiga. Una manera como otra cualquiera de aprovecharse de que los ratones son curiosos y tienen hambre para darles el queso que deseamos o queremos que deseen anhelar.
El fenómeno (o efecto) lista no es por ello, bajo mi punto de vista, sino otro más de los tentáculos del sistema político-económico actual. Nos quieren, sí, rastreando nombres y fichas y moviendo posiciones. Unos fuera, otros dentro. Paul Auster el décimo y Jonathan Franzen, el noveno. Nos quieren competidores. No en la calle y respetuosos a toda oferta cultural. Como ya expresé en otro avería anterior, en absoluto quieren que dediquemos todo el tiempo que merecemos, merece y necesita una obra de arte para entenderla y disfrutarla. Probablemente porque amar con pasión, mimo y cuidado una obra de arte es sinónimo de hacerlo con una persona. Y eso sí que no. En la sociedad puede haber sexo, violencia y estupidez pero amor verdadero (¿sabemos acaso ya lo que es eso?) desde luego que no. Tanto es así que a menudo pienso que ese constante zapeo entre discos que solemos efectuar habitualmente, se produce o bien porque no amamos realmente la música (hipótesis que no comparto) o bien porque entre tanta lista y lista y novedad más novedad, aprovechándose de nuestro amor por ella, no nos dejan (permiten) hacerle el amor como corresponde. Nos imposibilitan apreciarla con el cuidado que es debido. Pues ocurre en muchas ocasiones que cuando estamos comenzando a comprender la grandeza de una obra de arte, somos arrastrados hacia otra sin solución de continuidad. Con lo cual igualamos obras de arte con pareja, automóvil, vestimenta, etc. Una manera, por tanto, de refrendar los puntos de vista del sistema en vez de hacerlos saltar por los aires. Razón por la que, por ejemplo, hace varios años dejé de asistir a festivales musicales y en lo posible, no volveré a ninguno de ellos mientras no se permita a los músicos explayarse tanto como deseen. Sin importar que sea una, dos o tres horas. Ya que al fin y al cabo, ¿el rock no era libertad y exceso y salvajismo y frenesí dionisíaco incontrolable? ¿Qué es eso de que los músicos deban administrar sus esfuerzos según unos horarios rígidos como si fueran oficinistas? ¿No nos damos cuenta hasta qué punto hemos acabado con la espontaneidad, la esencia misma del rock, aunque pretendamos o queramos resucitarla, revivirla por el mero hecho de asistir a festivales que son en esencia, clubs al aire libre de consumo; los campos de concentración «blandos» de la era neoliberal?
Fijémonos además que, en realidad, nosotros, los latinos, hemos sido siempre más de experimentar, vivir la vida, dejarnos ir, que de cifras. Tanto ellas como sus primas hermanas, las estadística, son más propias de anglosajones. Y tradicionalmente, no hemos necesitado de clasificaciones para gozar con la vida. ¿A qué viene entonces toda esta perversa manía de estar pendiente de listas y listas y más listas? ¿No es en el fondo este irracional deseo por ellas una prueba de que hemos sido inoculados, colonizados por la cultura anglo-globalizada? ¿Podemos imaginar a creadores de la talla de Charlie Parker, Camarón o Louis Amstrong redactando neurótica, paciente o compulsivamente listas diariamente? ¿A Frank Zappa o Jimi Hendrix?
Ocurre que a veces tiene uno la sensación que de tanto mirar a las listas, está perdiendo su vida. Se le está yendo por el desagüe. Puesto que, en realidad, son una venganza del sistema contra los que amamos el arte. Un lugar que tal vez haya que ir pensando en comenzar a evitar o atisbar simplemente de reojo. Pues, al fin y al cabo, son imposiciones. Órdenes. Espejos donde se refleja el mal occidental. El dominio de la ciencia y la técnica sobre la pasión y la improvisación.
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