Simios y hombres (3)
Concluyo aquí con el repaso a la saga de El planeta de los simios iniciado a principios de la semana. Mañana, eso sí, habrá una pequeña e intensa...
The Witch me recuerda a ciertos discos de Mercury Rev porque, en cierto modo, es una angustiosa exploración sobre el aislamiento realizada desde el otro lado de la realidad. Con la conciencia de que la verdad y, sobre todo, la historia no pueden ser explicadas ni comprendidas sin el mal y que la esquizofrenia no es tanto una enfermedad mental como una herida del diablo. Un arañazo de lo oscuro. Una manifestación hambrienta de un espíritu vicioso.
En The Witch, no hay inocentes ni culpables. Toda la vida es perversión. Bucle malvado del que no es posible escapar. La inconsciencia y tozudez del hombre de fe, la obstinación de la santa, la fragilidad sexual del adolescente o la aparente inocencia de los niños se encuentran al servicio del mal. De hecho, los seres humanos que allí aparecen son semejantes a estatuas atrapadas en un bosque demente. Apenas dialogan si no es para dirigir sus palabras a dios y cuando lo hacen, monologan o insultan. Sospechan del otro o incluso de sí mismos.
The Witch es, ante todo, una sensual exploración del mal. Una caricia del lado siniestro. Es una obra que dialoga directamente con algunos de los referentes más sagrados del el cine clásico europeo y bucea en el inconsciente de Norteamérica y la iconografía cultural occidental sobre la hechicería con sumo respeto. Es, sí, una mirada llena de pureza a las raíces del país anglófilo. Casi un sortilegio espiritual que permite comprender tanto los desquiciados juicios de Salem como las causas por las que el dinero se convirtió en un dios e inaccesibles rascacielos comenzaron a brotar como plantas salvajes en la mayoría de grandes ciudades norteamericanas.
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