Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
¿Por qué cito hoy el libro de Sokal? Nunca es mal momento para ello. Probablemente porque su denuncia permite entrever el mundo de brujería en que se fue convirtiendo el ámbito universitario durante el Siglo XX. Un refugio de supersticiones científicas y de atrincheramiento de élites. Una especie de escudo contra el poder y escupitajo culto contra la masa. Y tal vez incluso nos ofrezca razones para comprender por qué en la mesa de un debate, generalmente, se entiende mejor a los profesores de Instituto que a los de Universidad. Se los siente mucho más próximos al mundo en general, menos forzados, con menos presión y, desde luego, con menor ambición que ciertos interlocutores cuya rigidez a veces termina desembocando en soberbia. Además de en mirada estéril sobre el fenómeno que explican.
Obviamente, este poder concedía un «don», un «aura» al profesor, cuyas recetas y consignas abrían las puertas a los secretos de la psicología, la antropología o la filosofía. Un «aura» que, lógicamente, se agrandaba cuanto más complejos fueran los fundamentos y tecnicismos a través de los que se acercaba a distintas materias. Básicamente, porque su dominio del «intrincado saber» le permitía justificar su puesto primero en el orden de castas de la enseñanza, muy por encima de los profesores de escuelas secundarias e infantiles, cuyo léxico «más simple» ponía de relieve que no estaban tan versados en los misterios alquímicos y secretos de la brujería científica como él. Un jefe de manada, al fin y al cabo, que sabía con mayor precisión que el resto dónde cazar al toro o conseguir las plantas medicinales.
Lo cierto es que, en un momento dado y justificándose en la libertad de cátedra, la necesidad de salirse del corsé científico o el necesario papel social de los intelectuales, profesores universitarios con espíritu de escritores necesitados de justificar su elevados sueldos e incapacitados para escribir novelas debido a sus inacabables obligaciones, desbarraron todo lo que quisieron y más. Ya que, aprovechándose del maremoto globalizador, el vértigo capitalista, la velocidad del mundo contemporáneo además de la confusión y caos que traerían consigo las nuevas fusiones culturales, se convirtieron en opinadores. Analistas críticos -brujos realmente- que se diferenciaban de la plebe -periodistas y público en general- por la facilidad con la que manejaban todo tipo de términos extraídos de lugares diversos y con la que transformaban los distintos problemas que preocupaban a la sociedad en metáforas enigmáticas,
Obviamente, lo que demuestra Sokal es absolutamente cierto. La gran mayoría de estos sacerdotes científicos llevaron a cabo una fiesta terminológica desmesurada. Un carnaval cultural consentido y alabado en Congresos de medio mundo y refrendado por críticas jaculatorias y casi masturbatorias. Pero, realmente, utilizaron inapropiadamente términos que, gracias a la credibilidad que la sociedad les daba o la ignorancia de su público -en su mayoría compuesto de filósofos, escritores, sociólogos y no de matemáticos y físicos- pudieron hacer pasar como ciertos e introducir en artículos que demostraban una erudición enciclopédica feroz y casi perversa. Una inteligencia tan, tan superior que provocaba la babosa admiración de intelectuales contraculturales y artistas y aniquilaba lectores pero creaba respeto y admiración a su paso. Un collar de reconocimiento desmedido y manipulado hasta tal grado que cientos de estudiantes se vieron forzados a dedicar tesis para comprender ciertos aspectos de la realidad política, literaria y social que un profesor de instituto bien formado o un periodista no manipulado por el poder podrían haber explicado con mucha mayor claridad que estas sacras estatuas.
En cualquier caso, deseo aclarar que yo no soy tan crítico como Sokal con los autores citados. Aunque, obviamente, encuentro excesivos los ingentes sueldos económicos que ganaron sosteniendo ciertas ideas falsas gracias a ese marasmo confuso del que se aprovecharon (conscientemente o no). De hecho, entiendo la problemática planteada por Sokal dentro de un debate mucho más amplio.
Existieron épocas (Renacimiento, Barroco, Clasicismo y primer Romanticismo) en las que, conforme la brujería y el chamanismo perdían poder en favor de la ciencia y el vulgo comenzaba a ser adoctrinado en las aulas, los nobles y primeros burgueses podían, si así lo deseaban, adquirir conocimientos profundos de diversos temas y materias que actualmente se encuentran contrapuestos. Letras y ciencias podían situarse en diversas partes del círculo pero no se discutía que formaban parte de él. Por lo que quien, gracias a sus posibilidades económicas, gozaba de una buena educación, podía acceder al conocimiento científico, letrado y artístico.
Lo sabemos bien. No ya es que hoy en día quien se dedique a la filosofía o al arte no sepa prácticamente nada de computación, ingeniería o arquitectura sino que, muchas veces, un escritor apenas tiene nociones de música o pintura. Lo que ha ahondado mucho más en esa fragmentación y desarraigo del ser humano que tanto nos preocupa actualmente. Y posiblemente, ha ayudado a convertir las aulas actuales en jaulas de castigo o de control social, mental y adiestramiento donde tanto la permisividad absoluta como la violencia son dos rostros de la misma moneda. Medios a través de los que el poder accede a la voluntad de la juventud.
En fin. No sé si se ha entendido bien o seguido mi razonamiento, pero si es así, se comprenderá mejor mi valoración de los intelectuales del siglo XX antes citados, cuyo mal uso de términos físicos y matemáticos no me produce rabia. Más bien, me provoca lástima, compasión y acaso tristeza. De hecho, casi que los comprendo sin justificarlos porque entiendo que su intento de mezclar las ciencias puras con sus reflexiones humanísticas no refleja únicamente un deseo (que también) de ganar prestigio intelectual -su vida ya la tenían resuelta- sino que pone de manifiesto el inmenso desgarro producido en el alma humana por el progreso. Ese avance de la técnica que hacía fruncir el ceño a Friedrich Nietzsche.
0 comentarios