Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Un eco de sorda intolerancia que podía percibirse en el desolador aspecto que la ciudad de Murcia presentaba durante aquellos días. Un inmenso cementerio apenas animado por los llantos de los supervivientes, las voces de los sacerdotes dirigiendo continuamente funerales y los golpes de las palas de los enterradores.
Frases soñolientas y ensangrentadas que ahuyentaron al espíritu de Alicia Hermosilla y a su sombra puesto que además, pronto comprobaron cómo las grietas de madera de la puerta de aquella habitación maligna se convertían en los brazos de una sucia bruja parecida a un animal salvaje que se abalanzaba sobre las decenas de cadáveres que la rodeaban, destrozando sus vacías almas llenas de grietas. Y después, frente a los restos de huesos y trozos de carne arrojados al suelo, elevaba sus brazos al cielo y declaraba su lucha a muerte a dios puesto que, según confesaba rompiendo una escoba con una violencia insana, para conseguir amar a nuestros semejantes, primero hay que odiarlos. Hay que destrozar a martillazos la tierra, romper los cofres de bronce y dejar emerger de ellos los diablos rojizos que habitan en el corazón de los hombres y son alumbrados con lujuria y calor en el vientre de las mujeres. Y también si es posible golpear al enemigo con la esperanza de aturdirlo, destrozarlo y aniquilarlo. Pues únicamente así, existirá un tiempo para el amor.
Un tiempo que Alicia Hermosilla, (cuyo vientre ahora se inflaba y desinflaba como si estuviera embarazada del demonio), tras despertar en medio de una habitación donde se hallaba enjaulada y vigilada por los ojos gigantescos de una araña, comprobaba que se le acababa conforme, alrededor suya, resonaban martillazos que anunciaban el fin de los tiempos mezclándose con los aullidos de seres monstruosos que gritaban con todas sus fuerzas, «Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu», como si un gigantesco vestido de bruja estuviera siendo desvelado, ocultando el cielo y la tierra. Y, en definitiva, el espíritu de Alicia Hermosilla ya no fuera su espíritu sino el de un escritor llamado Alejandro Hermosilla cuyo cuerpo era ahora conducido a una sombría habitación por jardineros que levantaban cruces donde empalarlo ante sonrientes hechiceras que preparaban pacientemente ollas de fuego y azufre mientras entonaban viejas melodías que anunciaban que el tiempo de los sueños había concluido y llegaba el de las pesadillas. El tiempo de Bruja. La época del horror y el odio infinitos. Porque cada día hay un nuevo asesinato y robo, se viene la noche definitiva, no hay año que no nazca de nuevo el demonio y no hay instante mejor para celebrar la destrucción de cada una de nuestras esperanzas y anhelos que el presente: “La, la, la,la, la, la, la, la, la,la». Shalam
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