Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Volviendo al fútbol, es obvio que Iniesta posee magia. Ciertamente, el manchego es capaz de convertir balones en conejos y el campo de fútbol en una piscina. Y también la tuvieron Juan Román Riquelme, «Mágico» González, Djalminha, Emilio Butragueño o Xavi Hernández. A este último, la musa tardó en tocarle pero desde que lo hizo, convirtió el fútbol en arte. Un juego de combinación tan o más elaborado que el ajedrez lleno de estrategias diseñadas para desmontar imperios o asaltar palacios guardados con celo por sucios soldados de una solidez inverosímil. Tanto es así que a veces parecía que no era un ser humano el que estaba en el campo de juego sino una computadora capaz de ejecutar y elegir siempre el mejor movimiento.
En ambos equipos, Ibra dio muestras de lo que era capaz: conjugar el arte con la violencia. La definición de un killer con la agilidad de un bailarín. La maldad de un navajero y la técnica y rigor de un karateka. No obstante, no fue hasta su llegada al Inter y, concretamente, su encuentro con Mouriñho que, realmente, explotó. Se convirtió en una bomba de relojería futbolística: un demonio que echaba fuego en las áreas y que parecía que había transformado el campo de los rivales en un círculo infernal cuyas llamas e intenso calor no le provocaban dolor alguno. Ni un mero rasguño. Lo que le permitía dominar el juego, como si fuera un guerrero inmortal luchando contra simples humanos. Machacar a los enemigos como si fueran niños sin fuerza.
Ibrahimovic puede ser egoísta, inmaduro e intratable pero desde luego que no es estúpido. Cuando vio jugar al F.C.Barcelona de Guardiola, comprendió exactamente lo que tenía ante sus ojos: la más grande locomotora que haya existido hasta ahora en el fútbol moderno. Un equipo tocado por la mano de dios. Seguramente bendecido. Y cuando le llegó la oportunidad de jugar allí, desde luego que no la desaprovechó puesto que quería ser el mejor junto a los mejores. Marcar una época como delantero en el fútbol del siglo XXI. Convertirse en la bomba futbolística del milenio. Hacer olvidar para siempre a Van Basten y conseguir que el trono de Cruyff se tambaleara.
En fin, en alguna ocasión, Ibrahimovic se comparó a sí mismo con Muhammad Ali. Bueno, la modestia nunca ha sido una de sus virtudes. Muhammad, en mi opinión, se encuentra varios cuerpos por encima de Ibra. Al fin y al cabo, hablamos de una personalidad que influyó social y políticamente en el mundo, ayudó a transformarlo y podría ser considerado perfectamente, el mejor deportista del siglo XX. Pero hay algo en esa comparación que es real. Sobre todo, si tenemos en cuenta el número de recursos que Ibrahimovic ha sido capaz de extraer del frasco de esencias futbolístico. Un arsenal de malabarismos realizados con tal sencillez y fluidez que recuerdan inevitablemente a los famosos juegos de piernas y manos del mítico boxeador. Además, claro, de sus declaraciones explosivas que, en cualquier caso, no han sido ni la mitad de agudas y lúcidas que las de Ali. Porque, al fin y al cabo, Ibra no nació para hablar sino para cazar, degollar cabezas y colgar la piel de los muertos sobre la ramas de los árboles. Y en ningún caso, vive creando conciencia sino que se alimenta de la inconsciencia. No considera el fútbol un arma política sino un campo de extensión de su hogar y mente. Pues es y probablemente será hasta el fin de sus días, un eterno adolescente. Un terrorista de la técnica colectiva. Un individualista anárquico con la capacidad de hacer ganar un partido a todo un equipo. Un atleta de la violencia. Y, sí, un conde loco. Un vampiro que corre desbocado a través de los acantilados y bosques para marcar goles: golpes marciales y balas de hierro clavándose en el corazón de rivales destrozados. Shalam
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