Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Creo que cada vez que Eugenio se ponía delante de un micrófono, llevaba a cabo un psicoanálisis público. Parecía que contaba historias sobre «otros» pero, en realidad, siempre hablaba de su vida. De sus fracasos. De lo mucho que le costaba levantarse cada mañana. De si no sería mejor pegarnos un tiro y acabar ya de una vez con toda esta farsa.
Eugenio era alguien, además, que parecía no haber tenido infancia. Haber nacido directamente con la barba, el bigote y el cigarrillo en los labios. Se percibía, se sabía que era tímido y que fantasmas personales nublaban su vida. Confundían su cerebro y lo hacían buscar su rostro original entre los brazos de las mujeres y la droga. Pero era tan anárquico que su vida no afectaba a su talento. Lo hacía más abstracto y auténtico. Perfectamente, alguien podría haber aventurado que el solito se había inventado el humor negro. Un humor que nos invita a reír porque nos dice a la cara sin ambages que la vida no tiene sentido. Nos deja solos en una habitación junto a la muerte y nos obliga a sonreír ante la evidencia de nuestra suerte final.
Eugenio era un nihilista. Su espíritu estaba más cerca de los vagabundos y de los beats que de las rutilantes estrellas del sistema. Nunca mejor dicho, fue famoso por casualidad. Por su inmenso talento y porque así lo habían decidido con anterioridad los dioses.
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