Un dandy en la ciénaga
Es curioso. Si por algo se caracteriza nuestra época es por los titulares superlativos. A día de hoy, cualquier hecho superfluo es convertido...
Creo que las razones de este temor a los camiones no se debe tanto a su tamaño sino a su función. Un coche puede llevar a una familia a la playa, a un teatro, a un concierto. Pero un camión generalmente sólo es utilizado para llevar mercancías. Es un animal de trabajo. Es un empresario andante. Es el esclavizador de las carreteras. Marca el ritmo. Su propio ritmo. Parece seguir leyes diferentes al resto de los vehículos. Guardar unos límites de velocidad distintos y hablar otro lenguaje.
Los camiones son alargadas incisiones de hierro que odian a la naturaleza y a dios. Cachorros de un mundo nihilista. Hijos bastardos del petróleo. Vengativos demonios. Silenciosas espadas negras. Un camión es siempre presagio de una catástrofe. De explosión nuclear. Un recordatorio de las fábricas y las industrias. Una pesadilla del mundo moderno.
Fantaseo con que alguien me regala un camión y siento pánico sólo de imaginar esa bestia diariamente en la puerta de mi casa. Tiemblo, de hecho, al visualizarlo golpeando obstinada, obsesivamente mi puerta. Como si tuviera alguna deuda que cobrarse. Porque incluso el camión más nuevo me hace pensar en el cementerio de chatarra donde será enterrado. En hierros rasgando piernas y brazos y gasolina cayendo de los cielos. En víctimas y accidentes. Bolsas de dinero pesadas aplastando a los pobres. Ya que, en el fondo, un camión es un aniquilador de sueños. Un destructor de primaveras. Es la viva imagen de la muerte. La prueba de que el olor del infierno es metálico. Shalam
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