Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La irrupción de Agassi en el circuito internacional de tenis fue una bomba. Su melena atigrada, sus pendientes o sus pantalones vaqueros lo convirtieron en foco de atención desde el primer momento. Agassi era A.O.R. Van Halen. Al salir a las canchas, se escuchaba detrás suya una de esas fardonas canciones ideales para escuchar en las autopistas norteamericanas. Muchos creyeron equivocadamente que se encontraban ante un chulo de manual. El enésimo ego arrogante y narcisista surgido de la cantera estadounidense. Sobre todo, porque Agassi tenía un talento especial pero en ocasiones, perdía los nervios. Era inmaduro e irascible y se iba prematuramente de algunos partidos por su escasa capacidad de concentración.
En sus inicios, Agassi era un muchacho con duende pero no se sabía si tendría alma de campeón. Él, desde luego, tenía sus dudas. No había finalizado la escuela secundaria y no tenía más opciones en su vida que el tenis. Pero el tenis era su martirio. El tenis destrozaba su cuerpo. Había convertido su vida en un maremoto de hoteles. Le había robado su juventud. El tenis era lo que más odiaba pero el único eslabón al que aferrarse. Y jugó toda su vida con esa condena. Tal vez por ello, en sus comienzos perdió varias finales importantes. No dio lo mejor de sí en momentos decisivos. El miedo a perder y el recuerdo de su padre amonestándolo, eran más grandes que su deseo de ganar. En las canchas, no luchaba tan sólo con los rivales. Lo hacía también consigo mismo. Sobre todo, con él mismo. La presión a la que estuvo sometido fue tan grande que sus primeros éxitos le parecieron triviales. Y, a pesar de que, tras varias frustraciones, conquistó al fin tres Grand Slams, nunca terminó de sentirse satisfecho. Siempre parecía estar por debajo de las expectativas que se había marcado. No disfrutaba jugando. Sufría cuando perdía y cuando vencía. Siempre se sentía juzgado. E incluso en alguna ocasión, perdió adrede un partido. Por lo que es lógico que en un momento determinado, se drogara. Intentara escapar por vías alternativas a su insufrible destino de jugador de tenis.
Lógicamente, sus entrenadores tuvieron que realizar un gran trabajo físico y psicológico con él. Agassi era un talento bruto al que le costaba serenarse. Buscaba siempre «lo imposible». El golpe perfecto. Televisivo. La jugada de marca. Era un restador brutal y deseaba acabar con un golpe el punto. Y a veces, bastaba con pasar la bola sobre la red. Esperar el fallo del rival. Estudiarlo, dejarlo hacer su juego y contrarrestarlo.
Es difícil, no obstante, hablar de Agassi y no hacerlo de Peter Sampras. La bestia negra de su carrera. Su némesis. Si Agassi era Jagger, Sampras Lennon. Aggasi era alguien imprevisible y rebelde y Sampras era el yerno perfecto. Agassi era un rockero y Sampras un abogado. Agassi era Bebop y Sampras jazz orquestal.
Obviamente, Agassi tuvo otros rivales importantes. Entre ellos, Boris Becker. El rubio alemán lo destrozó con unas declaraciones sensacionalista e insensatas y Agassi no cesó de entrenar hasta conseguir vengarse de él en una histórica semifinal del US Open. Los partidos con el titán alemán fueron realmente memorables. Los golpes entre ambos echaban fuego. Ninguno de los dos se atrevía a mirarse a los ojos y la tensión era palpable. Había en sus duelos algo incendiario que olía a batalla funeraria. Épica de libro. Pero Agassi ha dejado varios partidos de antología más. La final que conquistó en Roland Garros contra Andriy Medveded es directamente de novela. De cuento de hadas. Y sus partidos contra James Blake y Marcos Baghdatis, otra vez en el US Open, dignos de aparecer en un poema heroico. En la Biblia del tenis mundial.
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