Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Para los mayas, la realidad era tan sólo una posibilidad. Un regalo de varios dioses entre cientos más. Podrían haberse limitado a pestañear si hubieran contemplado desde una de sus pirámides a un dinosaurio en cuyas fauces hubiera una nave espacial. En sus sueños, viajes astrales y en sus incursiones hacia otras dimensiones probablemente los vieron. Como también vislumbraron su desaparición, aniquilación y ocaso. Para los mayas, el mundo era muchos mundos a la vez y la verdad tenía por fuerza que ser plural.
Los mayas eran la eternidad. Los habitantes del cielo. Un cultura totalmente arraigada en la tierra con unas costumbres muy pautadas que vivía absorbida por las sinalefas e irradiaciones del firmamento. Quizá la que más y mejor entendió el papel del ser humano no ya en el Universo sino en el Multiverso. En los planos de las dimensiones que existen y las que no existen pero al ser imaginadas cobran realidad. De hecho, debido a su capacidad de entender las ataduras, liberaciones e imprevisibles torceduras de los nudos temporales, consiguieron vivir en el presente. Creando y anticipándose a un futuro que ya estaba en el «ahora» y se manifestaba también en el pasado. Los mayas no conocían la psicosis porque concebían lo real como imaginario, se daban permiso para explorar ambos campos y se desvivían por conocer los secretos del día y la noche. Del mundo de arriba y el de abajo. El secreto de los animales-dioses y los hombres-animales.
Los mayas, sí, eran también la plenitud. La diarrea del mundo natural eran sus sacrificios y sus bosques y árboles y flores, su conciencia. Y es lógico que cuando Miguel Ángel Asturias se propuso en la medida de lo posible describir su mundo, su prosa se convirtiera en líquido. Bebida de jugo, pulque de azúcar que vertido sobre hojas de maguey se introducía en el estómago del lector como si fuera paja o la risa de un hombre-jaguar. Como también lo es que Giacinto Scelsi realizara una de las más colosales composiciones de su vida inspirándose en la historia de la mítica Uaxactum. Una ciudad situada en El Petén abandonada hace varios siglos por razones no reveladas a la que el genio italiano consagró una escalofriante, palpitante, desafiante inmersión musical en las tinieblas mayas que a veces me pregunto si existe o la he soñado. Una sinfonía de sombras destructivas y espectrales que avanzan furiosas sobre las enormes cabezas de los viejos dioses de un pueblo que Occidente ante todo temió. Vislumbró como una poderosa víbora cuyo veneno podía destrozar sus consignas y comparó e igualó con los «salvajes» del África, los demonios lascivos sin cuernos a los que se refería el Talmud o la raza de libidinosos esclavos de Baal.
Maya es una palabra prohibida para Occidente porque invoca dos derrotas. La de su supuesta pluralidad y tolerancia y la de su misterio. Y es comprensible por ello que la mirada de Occidente hacia su mundo siempre haya sido decadente. O bien lo ha destrozado, aniquilado como en tiempos de la Conquista y posteriores o bien lo ha idealizado hasta el punto de hacer de ellos unos marcianos o unos santos de los que no se puede aludir ningún defecto o error. Tal vez porque esta actitud le permite continuar dejando su asombrosa concepción de la existencia en la sombra. Fuera de foco. No hay más que recordar la catalepsia premeditada (y manipulada) con la que machacó a sus ciudadanos con las (supuestas) profecías mayas sobre el fin del mundo al tiempo que la maquiavélica y poco reflexiva y comprensiva visión dada por Mel Gibson en Apocalypto sobre su cultura invadía las pantallas de medio mundo. Jugada estratégica que les sirvió a las élites occidentales para desacreditarlos doblemente (no sólo eran unos salvajes que no más que hacían que comerse entre ellos sino que también sus profecías eran falsas).
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