La soledad
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Aquel primer proyecto no terminó de cuajar pero la idea persistió, -de hecho, de otra manera distinta, se encuentra en gran medida desarrollada en Mulholland drive y mucho más extensamente en el delicioso libro de Frost, La historia secreta de Twin Peaks– fue modificada y finalmente, cuando los directivos de la ACB dieron carta blanca, se convirtió en la serie que todos conocemos. Una obra que marcó un antes y después en el mundo de la televisión por varios motivos.
Twin Peaks era una elegante, despiadada y lúcida despedida de la mayor parte de producciones de los años 80. Antes de Twin Peaks, en las series televisiva apenas existía creatividad. El toque de autor. Las secuencias eran planas y efectistas. Y cualquier crítica al capitalismo o el modo de vida norteamericano no era más que un mero efecto retórico sin contenido crítico que terminaba ratificándolo. A excepción de Luz de luna, Canción triste de Hill Street y otros casos esporádicos, la televisión era un territorio plano. Un frívolo pasatiempo moderno. Dinastia, El coche fantástico, El equipo A, Dallas, Falcon Crest, Corrupción en Miami eran las referencias de éxito. Productos llenos de clichés y esteriotipados que eran disfrutados porque suspendían la credulidad. Ayudaban a evadirse y entretenerse. Llenaban vacíos cotidianos intrascendentes sin formular ni una sola pregunta. Algo que Lynch se encargaría de modificar para siempre, dado que Twin Peaks estaba filmada exquisítamente. Con el sello de calidad del cine de autor. Se encontraba llena de plano originales y secuencias que se abrían a diversas lecturas y se bifurcaban por imprevisibles rutas.

En cualquier caso, las referencias cultas son tan sólo algunas del inmenso batallón de las utilizadas por Lynch en la serie y el resto de sus filmes. Pero no debemos olvidar que existen otras menos prestigiosas y recurrentes aunque tan importantes para comprender las raíces de su creatividad y los últimos alcances y referentes de su obra.
No debemos olvidar además, que el país norteamericano ha sido sino el inventor, sí el mayor productor de cultura pop del planeta. Una cultura del esparcimiento y el chicle que sirve para entender mejor lo que es Twin Peaks. Una serie que, como la goma de mascar, extiende y contrae sus límites con una facilidad inaudita y lo mismo nos remite a las películas de zombies que a la novela policíaca, Porltergeist, Pesadilla en Elm Street o -vuelvo a repetirlo- el cómic de superhéroes. Un arte que ha sido para la generación de David Lynch lo que el folletín romántico para la de Goethe: su auténtica educación sentimental. Su novela de aprendizaje. Algo que se pone de manifiesto en ese absurdo pastiche con el que prácticamente finaliza el capítulo 17 de la tercera temporada de Twin Peaks y se cierra, en principio, su trama principal.


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