El hombre invisible
Dejo a continuación un breve avería dedicado a El hombre invisible; la novela de H.G. Wells. El cual recomiendo leer ¿cómo no? escuchando el...
En cierto sentido, al conducirnos a encontrarnos con un «otro» absolutamente distinto, esta búsqueda conlleva un reaprendizaje del amor. Nos aboca a retomar lo que este sentimiento fue o representó siglos atrás. Cuando aún no había sido manoseado ni manipulado por la perversa publicidad o el desgaste producido por aludir a él continuamente en todo momento. Un hecho que refleja perfectamente el estado de congoja actual de Occidente, consecuencia tanto del consumismo como de una crisis de valores (que se encuentra detrás de la económica) de las que acaso únicamente pudiera sacarnos un inminente Apocalipsis como proyecta Lars Von Trier en la alucinante escena con que cierra Melancholia. Un film a través del que nos sugiere que nuestro ocaso es producto de nuestro egoísmo, de nuestra falta de intereses altruistas y auténtico amor. Pues el planeta Melancholia es más un estado de ánimo que algo real. Más una imagen creada por nuestra falta de recursos para afrontar la experiencia humana que una amenaza verdadera.
Parece necesario, en cualquier caso, diferenciar dos tipos de obras en el género de la ciencia ficción. En primer lugar, aquellas en las que el extraterrestre o el espacio exterior son vistos como una amenaza, las cuales suelen tener un claro contenido político (en su mayor parte conservador) y, por lo general, suelen responder a los intereses de la clase dirigente del país en que se realiza la obra (como es el caso de V, Independence day o incluso La guerra de los mundos). Y en segundo lugar, aquellas otras en las que el autor se atreve, aun con una venda tapando sus ojos, a incursionar en el espacio exterior encontrando respuestas (a veces sorprendentes) según traza su camino por lo desconocido. Entre estas últimas se encuentra, desde luego, Solaris. La poética novela de Stanislaw Lem que no por casualidad -dado que es una obra profundamente humanista- fue adaptada al cine por un hombre tan profundamente espiritual como Andrei Tarkovsky.
Por ejemplo, al Doctor Kelvin, el protagonista principal del relato, se le aparece su mujer, Harey, fallecida por suicidio tiempo atrás. Una nueva oportunidad amorosa que provoca un gran número de escenas de gran belleza y complejidad sobre las que el cineasta Steven Sodebergh cimentó su adaptación de la novela de Lem para explorar el tema del «amor eterno», encerrando a los personajes en un bucle sin fin donde, ante todo, prevalecerán sus sentimientos. Un aspecto de la novela que, desde luego a Tarkovsky le interesaba mucho menos. Pues el director ruso focalizó ante todo, su mirada en el crecimiento personal y espiritual que este reencuentro podía producir. Visualizando a todos aquellos seres humanos y extraños como proyecciones divinas. Reflejos intensos de la manera que el creador tiene de relacionarse con los seres humanos que generalmente no podemos percibir debido a nuestras neurosis. Lo cerrado que tenemos nuestro corazón.
Como es fácilmente comprobable, gran parte de las preguntas que planteaba la novela de Lem son asimilables a las que fueron formuladas en los principios de nuestra historia. ¿Qué podían pensar los hombres de las cavernas ante los dinosaurios, los indígenas frente a los soldados occidentales, un conquistador al llegar al río Amazonas o los primeros exploradores de los polos árticos? ¿No fueron estos sucesos históricos milagros incomprensibles para el desarrollo de la conciencia de los hombres de aquellos tiempos como lo es el planeta Solaris para los astronautas del libro?
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