La campana
Dos de los últimos libros que he leído, -Los hermosos años del castigo y La campana de cristal- exploran el peliagudo tema del sucidio. La novela...
Existe algo mágico e inaprensible en el personaje que da nombre al libro y creo que también es achacable a motivos personales. El autor francés había perdido a su único hermano varón cuando éste entró en la adolescencia y debía haber una tremenda congoja en su alma que, en parte, intentaría subsanar dando luz a un muchacho irreal. Una presencia fantasmagórica venida del espacio que iluminaba todo aquello sobre lo que hablaba y, en gran medida, se terminaba convirtiendo en un salvoconducto vital para el narrador de la novela. Un aviador que compartía rasgos y vivencias con el escritor.
Por méritos propios, El principito se ha convertido en un icono pop. Pero debería también serlo del surrealismo. Porque la novela ataca allí donde muchas de las obras del grupo comandado por Breton lo hizo. De hecho, es un intento de desautomatizar la mirada. Es un lienzo de Joan Miró hecho palabras. Un brutal ataque contra el mundo adulto. Una revalorización de las cosas que pone en entredicho la fabricación en serie industrial. Es un asalto contra el maquinismo. Un elogio de esas tradiciones y costumbres ancestrales que iban quedando de lado. Aunque también podría ser interpretado como un texto gnóstico. Una manifestación de la tremenda soledad del ser humano en el universo y de que únicamente podemos trascender a través del amor.
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