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Muchachos

Dic 28, 2022 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al triunfo de la selección argentina en el Mundial de Qatar. El cual lógicamente recomiendo leer escuchando la versión realizada por La Mosca del famoso tema popular que ha entonado la hinchada albiceleste durante todo el torneo: «Muchachos».

Muchachos

Llevo diez días queriendo escribir algo sobre el triunfo de la selección argentina en el pasado Mundial, pero la emoción y la intensidad con las que he experimentado este imborrable logro, (además de las presentaciones de Un reino oscuro) no me han permitido serenarme. Básicamente porque todos los que hemos vivido en Argentina sabemos que (como con lucidez apuntaba Alfredo Relaño en un reciente artículo) para los argentinos el fútbol no es la más importante de las cosas menos importantes sino la más importante que hay. Punto.

Para un argentino, debido a su historia edípica, al exilio eterno de su población emigrante (y unas cuantas razones más que no es momento de explicar, averiguar o analizar) el fútbol es sagrado. No es un deporte. Es comida. Religión. Es pan. Hostia divina. Es una pasión por la que se deja todo. Un partido es, por tanto, una batalla. Un Mundial, una guerra Universal. Y el balón, un símbolo fetichista que adorar.

Para los argentinos, los futbolistas no son iconos mediáticos. Son héroes medievales. Guerreros. Soldados. Militares. Hijos de Zeus uncidos para pelear. Por lo que no marcan goles sino que conquistan territorios. Un lugar en la memoria. Un puesto en el santoral histórico y religioso. Por eso cuando Argentina gana un Mundial, un terremoto recorre medio mundo. Porque hay victorias y victorias. Y las de la selección albiceleste sabemos que están repletas de mística y épica. Son consagraciones divinas. Asaltos a la inmortalidad total. A la felicidad absoluta. Así que nadie suele permanecer indemne ante ese acontecimiento que se recuerda una y otra vez de manera insistente, abusiva, obsesiva, obstinada. Porque para los argentinos el fútbol es LA BATALLA. Es LA GRAN DANZA CÓSMICA. Cada Mundial es su Ilíada y ganar el torneo, por tanto, justifica su presencia en el mundo. Su existencia. Ser aceptados por los dioses y el resto de los demás mortales.

De hecho, hoy sabemos que a quince o veinte millones de argentinos ya no les importaría morir mañana. Que están preparados para partir al más allá. Ya están hechos. Ya están satisfechos. No pueden pedir más a la vida porque saben que no tendrán jamás otra dicha parecida a no ser que conquisten un nuevo Mundial. Como reza un dicho publicitario: ¡Es Argentina! ¡No lo entenderías!

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Qatar estaba siendo un Mundial infumable. Ausente de mística y emoción. Qatar 2022 era un videojuego sin alma. Pero faltaban las eliminatorias directas y ahí sí que fue poco a poco alzándose la magia. Creciendo ese intangible heroico y ensoñecedor que caracteriza a un deporte lleno de azares inescrutables, misterio y locura que lo hacen adictivo. Porque todos somos conscientes de que a veces no gana el equipo mejor sino el más resistente, el que tiene más suerte o el que menos falla.

No fue este el caso de Argentina. Un justo ganador. Un equipo que daba gusto ver jugar no tanto por su despliegue táctico o técnico sino por la intensidad con la que los jugadores vivían cada partido. Esa pasión que hacía que contemplarlos gritar, moverse por el campo o pelearse nos devolviera la imagen no tanto de unos jugadores profesionales sino la de unos adolescentes o unos niños jugando en el potrero. Esa fue la clave del triunfo de Argentina: tener una actitud guerrera, forjar un portentoso entramado táctico en su terreno y disponer de Messi pero, sobre todo, tener más ilusión que nadie por levantar la Copa. Argentina jugó con la contención táctica de un adulto experimentado y el espíritu de un juvenil. El ardor del ñiño soñador.

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Qatar 2022 será recordado por ser el Mundial de Messi. Toda la mística la puso Argentina. Toda la  intriga radicaba en saber si al fin Messi rompería su maldición o se iría llorando del campo para nunca más volver. Lo demás era importante pero menos. Mucho menos.

Todo estaba supeditado a un jugador que, tras la muerte de Maradona y haber conquistado la Copa América, jugó con soltura y tranquilidad. Cuando las cosas iban mal, siempre tenía una sonrisa en la cara. No se le veía descompuesto como en otras ocasiones. Messi se sintió más querido que nunca. Se sintió acompañado. Se sintió argentino. Se sintió Maradona sin dejar de sentirse Messi. Estableció con sus pases y goles un cordón umbilical con Mario Alberto Kempes y las viejas glorias futbolísticas de su país.

Messi fue Alfredo di Stefano. Controló los partidos desde todas partes del terreno. A veces sin moverse. No han faltado los adjetivos calificándole de héroe crepuscular. En realidad, no hay forma de clasificar su Copa del Mundo. Messi puso pausa, orden, tranquilidad y contagió a un grupo de jugadores que sabían que sin él el triunfo absoluto era misión imposible pero con él una estremecedora posibilidad. En muchos partidos hubo algunos jugadores mejores que él. Di Maria, Enzo Fernández o Julián Álvarez. Pero ninguno de ellos hubiera dado el máximo, hubiera llegado tan lejos en sus prestaciones, de no ver al 10 caminando por el campo a su lado. Argentina no ganó por Messi. Ganó porque fue un equipo. Pero sin Messi no hubiera sido un equipo. O tal vez sí, pero jamás habría conquistado el trofeo.

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Nombre por nombre, hubo unas cuantas Argentinas mejores que ésta. Las de 1998 y 2002, por ejemplo, impresionaban. Daban miedo. Aquellos no eran equipos sino directamente Greatest hits. Recopilatorios de los mejores jugadores del mundo. La del 2006 era también un misil. Al igual que la de 1982. Nombre por nombre, repito, aquellas selecciones daban un baño a la actual campeona. Pero, ojo, también hubieran podido dar otro baño a la del 86.

En eso la Argentina de México y la de Qatar eran muy parecidas. Nadie podía recitar de carrerrilla las alineaciones. Muchos de los titulares no jugaban en equipos de primera fila ni eran estrellas (caso que sí ocurría en la de los Mundiales anteriormente mencionados) pero todos tenían claro qué debían hacer en el terreno del juego, quién era el líder y estaban dispuestos (como reza el himno argentino) a morir si era necesario para conquistar la gloria. Algo que hicieron sobradamente. Muchos periodistas, por ejemplo, criticaron el comportamiento de los jugadores argentinos durante su enfrentamiento contra los holandeses incapaces de entender la adrenalina de ciertos partidos. Incapaces de comprender las rivalidades y piques personales y colectivos que se generan en duelos a cuchillo donde la tensión se masca en cada jugada, el honor y el orgullo están en juego en cada balón disputado y la sangre circula desatada por el cuerpo.

La verdad es que fue genial ver abroncarse a los jugadores holandeses con los argentinos. Puesto que es eso precisamente (siempre que no vaya a mayores) lo que le pone mordiente al juego. El saber que por una vez el aliento heroico se impone a cualquier táctica y el dinero queda desplazado a otro plano ante el ímpetu de futbolistas dispuestos a todo con tal de pasar de ronda.

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En la historia quedará grabada para siempre, claro, esta final. Una final alucinante, vibrante, imprevisible que Argentina se vio forzada a ganar tres veces. Dominó con puño de hierro en todo momento pero se dejó empatar no tanto por sus errores sino porque, al fin y al cabo, el fútbol es un juego incontrolable. Más cuando los contrarios tienen en sus filas a un tal Mbappé. Un señor que amenazaba con ser el nuevo Pelé. Conquistar su segundo Mundial y robarle la gloria a Messi. Pero por una vez, el fútbol no fue prosaico. Por una vez el fútbol fue poético. La leyenda de los Mundiales quedó engrandecida con el triunfo de un hombre (Messi) cuya titánica lucha fue la que dio contenido a un torneo que sin él hubiera sido olvidado rápidamente. Los dioses fueron benignos probablemente porque hubiera sido un plato de muy mal gusto contemplar a una de las personas que (gracias a sus múltiples regates y goles) más ha hecho por popularizar el fútbol y honrarlo, caminar hundido hacia los vestuarios, llorando desconsolado, consciente de que en su país sería para siempre un traidor. Un perdedor. Un insultante millonario merecedor de todo tipo de humillaciones y escarmientos. ¡Cosas de haber nacido en una nación donde el balón es más importante que la plata, la salud y el pan! Como reza la frase que anteriormente cité: ¡Es Argentina! ¡No lo entenderías! Shalam

يجب على الرجل أن يخجل إذا كانت كلماته أفضل من أفعاله.

Un caballero debe avergonzarse si sus palabras son mejores que sus actos

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1ºimagen….hostias el colega parece que es de texas cowboy…jajajjj.
    2ºimagen…dice lionel: esta cabeza es pura alegria….
    3ºimagen…de este rombo el lado del 25 esta con la «remera» alargada….
    4ºimagen….nos arremolinamos y nos encaramos….
    5ºimagen….en el instituto le llamamamos «picahuevos», jajajj… michel &valderrama 3/4 de lo mismo….
    6ºimagen…no me estaran inflando demasiado(dice el frances) al cosmicomessi….sonrisa…
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=GKg8G9sMWUY….como lo flipan las dallas cowboy cheerleaders y al final el can-can abierto…..

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  2. Alejandro Hermosilla

    1) Imagino esta imagen mientras suena «No llores por mí Argentin» a ritmo de reggaeton o bakalaero. 2) Cuando tu hijo se ha desvirgado al fin. Pensabas que no era hetero. 3) De aquí los artistas pop interesados por el fútbol sacarían el Cuadro. Ese que se presentaría como baluarte de una exposición. 4) Desde lejos, pareciera el juego de las damas. 5) Imagen lo suficiente incónica como para ser utilizada como portada de un videojuego Fifa 2022. ¡Vuelve Atari! 6) Quiero ser el nuevo Pelé. Asi que lo siento Messi por mi gol pero es lo que hay. PD: jjajajj… si Fellini hubiera sido norteamericano. ¿Qué hubiera hecho con eso?

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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