Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Creo, en verdad, que los réquiems logran algo realmente dificultoso: no sólo que comencemos el día pensando que puede ser el último. Un hecho demasiado evidente para una composición tan absorbente, espeluznante y hermosa. Sino que lo afrontemos como si ya hubiéramos fallecido. Como si estuviéramos muertos y el mundo circundante, -incluido la persona con la que estamos hablando en este momento- fuera un inmenso cementerio. Un paisaje alejándose. Y tanto nosotros como quienes nos rodean, fuéramos fantasmas. Seres invisibles. Mudos. Algo que también consiguen los discos de Scott Walker. Lograr que nos percibamos como espíritus caminando buscando un sentido último a nuestros actos que siempre se nos escapa. Nunca se nos ofrece al completo. Lo que nos permite dotar a los actos cotidianos de un misticismo, cierta santidad que, por lo general, es difícil encontrar y tan sólo concede -y eso en ocasiones especiales- el arte. Probablemente, porque un réquiem es un adelgazador del ego. Un destructor de la individualidad, de las banales alegrías y las más descarnadas tristezas y un propulsor del reencuentro colectivo. Puede que porque sea un encuentro forzoso, antes de tiempo, con dios, o el más allá. Como ocurre con cualquier hecho artístico trascendente, incluido por supuesto la literatura, que tal vez sea, en esencia, no más que un réquiem. Una tarjeta de despedida escrita en varias partes.
Exactamente, la mayoría de novelas escritas y obras artísticas realizadas hasta el día de hoy, no sólo es que hayan sido creadas por autores ya fallecidos sino que se ocupan de personas, santos, figuras históricas, gentes anónimas asimismo muertas. Un hecho innegable que recuerda aquel poema en el que Hölderlin insistía en que la vida se encuentra llena de muerte, respira muerte y es, a grandes rasgos, muerte. Y como nos recalcan los réquiems, únicamente puede brillar en toda su magnitud, poniendo en primer plano más y más muerte.
¿Cuál ha sido el Requiem elegido para escuchar el día de hoy? El Requiem in C-Minor (1820), del pianista checo Václav Jan Tomásek. Una composición de la que apenas sé nada. Apenas que fue engendrada en honor a las víctimas del desbordamiento del río Ohre, en Bohemia. Algo que, a pesar de esos sepulcrales y mágicos coros que traen remebranzas de viejas aldeas mediales y opulentos castillos góticos, no importa tanto como la sensación que transmite de encontrarnos ante un momento cumbre. Un límite, la espada rendida de un cosaco que exige que o bien nos sumerjamos en los rezos y albores de este lánguido y ceremonioso cántico o ejecutemos aquello que tengamos previsto hacer silenciosamente. Sin más demoras. Porque la vida y la muerte son fronteras. Y sólo aquellos que atraviesan su existencia como si ya estuvieran muertos, conseguirán que la muerte no sea tan sólo el proemio de la vida eterna sino de un nuevo nacimiento. La disolución absoluta del yo. Convirtiendo la tragedia en carnaval y el llanto en risa.
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