Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Petra era, por tanto, un llano entre montañas parecido a los cementerios de elefantes. En Tarzán de los monos (1932), las tribus africanas se sentían asustadas por la osada empresa de varios exploradores blancos ansiosos por encontrar uno y hacerse ricos con el tráfico de marfil. Gritaban como bestias o se arrojaban al vacío al imaginar que alguien se atreviera a introducirse en ese círculo totémico en el que los mamíferos se recostaban para no volver a levantarse jamás.
Aquel explorador suizo no volvería jamás pero sí lo hicieron años después millares de europeos. Termitas obsesionadas con la pervivencia y la quimera de la inmortalidad. Seres nerviosos y sudorosos, asustados con imágenes del infierno, incapaces de estarse quietos un segundo que, tras las dos guerras mundiales, fueron incluyendo esta visita como uno de los puntos cardinales del turismo a Medio Oriente, contribuyendo involuntariamente a la construcción de una poética imagen: cientos de miles de occidentales ociosos, deseosos de aventura y acción, recorriendo con ardor un paisaje antiguo sin saber que estaban paseando por los contornos de una gigantesca tumba. Una imagen sumamente sugerente que nos advierte que por mucho que sus ciudades llenas de color, luces, ruidos, movimientos y algarabías intenten negar la muerte de todas las formas posibles, necesitamos (y buscamos desesperadamente e inconscientemente) dialogar con ella diariamente.
En realidad, el cementerio y la fiesta -lo sabían las culturas antiguas- son sinónimos. Porque morir es festejar la vida. Y sólo goza quien sabe que ha de morir y que además, puede hacerlo en cualquier instante.
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