Un dios de la fantasía
Una de las grandes incógnitas del mundo del cómic y la ilustración en general es lo poco citado que es Earl Norem. Un auténtico gigante. Cualquiera...
Si tuviera que recomendar alguna parte del libro, no dudaría en hacerlo con aquella en la que narra su experiencia visionaria en Katmandú: cómo su viaje por los firmamentos ocultos del universo le hizo penetrar en una nueva dimensión de la conciencia tras regresar a su hogar. Más que nada porque es uno de los testimonios más logrados de los poderes del ácido y la meditación. Un lienzo mixto lleno de resonancias cúbicas que mezcla los cuelgues de Timothy Leary y Aldous Huxley con las intuiciones de Jorge Luis Borges, David Hume o William Burroughs y trasciende las epopeyas festivas beats al combinarlas con un sentido místico trascendental oriental ya presente por otra parte en el último Kerouac y en J. D. Salinger.
Ahí van:
«Ahora era capaz de “ver” en perspectiva 5-D. Se me volvió imposible mirar una taza, por ejemplo, sin verla como la superficie visible de algo mucho más grande e incluso más asombroso; algo que estaba serpenteando hacia atrás su progreso hacía mi mesa y más allá, volviendo a través de su manufactura. La taza era la punta de una cadena que, si pudiera ser seguida atrás a través del tiempo, tenía una conexión física inmediata con los orígenes en lechos de arcilla prehistóricos creados por la erosión de las piedras primordiales, compuestas de elementos hilados de un estrella en enfriamiento que era ella misma una resplandeciente chispa de una explosión inimaginable y aún en proceso, iniciada en el origen de los tiempos y el ser. Esta taza había sido todas esas cosas en el tiempo. Y un día se rompería, pero sus fragmentos continuarían para siempre. Y si una taza era espectacular, constantemente cambiando de forma, desarmándose, reformándose, en un proceso sin pausa, ¿qué pasa con el propio cuerpo humano, mutando extravagantemente y de forma más completa que cualquier hombre lobo de efectos especiales, desde la pequeña y suave infancia, hasta el cuerpo duro de la adolescencia con su madurez autorreplicante y autoconsciente, a la flácida mediana edad, y la descomposición de hojas secas de la vejez? ¿Cómo ha cambiado tu propio cuerpo totalmente desde que tenías cinco años? Incluso cuando morimos, nuestros procesos físicos continúan; los siglos reducen nuestros cuerpos hasta polvo, reciclando cada átomo, por lo que el aire que respiras hoy podría contener una partícula que alguna vez fue de Napoleón. Un átomo de hierro de tu cuerpo podría haber sido derramado de la frente de Jesucristo». Shalam
0 comentarios