Los enviados
Como señalé hace varios días el libro de Carl Gustav Jung, Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo, no tiene desperdicio. Aunque debo...
El pasado, sí, probablemente fuera más intenso que el presente porque hace siglos, ni siquiera se tenía la seguridad de que nuestros gritos fueran escuchados. La mayoría se perdían en el vacío. Entre montañas de agua y silenciosas llanuras. Una enfermedad era un castigo divino puesto que los médicos eran más santones, hacedores de milagros que hombres de ciencia. Los kilómetros eran dragones cuyo fuego rompía tendones a los que era únicamente posible vencer con un caballo. Y un concierto, una irrepetible comunión entre los cielos y la tierra que lo mas lógico es que provocara desmayos. Incontenible euforia y enorme nostalgia dado que el pasado era, ante todo, un mundo de instantes en el que no existía la posibilidad de repetir (o reproducir) una melodía hasta la extenuación.
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