Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Lo intentaré dejar claro. Para mí, un humanista puede ser un constructor, un fontanero o un arquitecto. Un humanista es alguien que sin sacar beneficio alguno, ayuda a su prójimo. Una persona que ante el dilema de si no sería mejor mantenerse ocupado en sus labores, en su hogar y trabajo o rescatar a un amigo o necesitado, escoge la segunda opción. Es alguien, sí, que es capaz de percibir que sus problemas no son más importantes que los de los demás y, por tanto, cuando es necesario, puede empatizar con sus semejantes. Algo que muchos artistas no hacen. Por más que en sus obras sí exploren tal vez estos condicionantes. Un hecho que nos indica con absoluta claridad que el arte es tanto un aliado de Dios como de Satán. La muestra más pura de las contradicciones humanas, las dudas y, a la vez, la absoluta obstinación con la que el mundo fue creado.
Akira Kurosawa, por ejemplo, era un humanista. Admiraba a las personas capaces de sacrificarse en situaciones límite que seguían rigurosos códigos éticos por su libre voluntad. Albert Camus también. Aunque el francés era más desolador. No dudaba en que había que solidarizarse con «el otro» pero se preguntaba para qué. Si no sería, al fin y al cabo, este gesto un acto absurdo. Y si la solidaridad no era en el fondo sinónima de soledad.
Hace unos días leía a Khalil Gibran. A eso le llamo yo un escritor valiente. Humanista. Un pozo eternamente regado y sembrado. A veces me gusta, otras no. Unos días al leerlo, veo leones y serpientes adentrándose en mi cuerpo. Otras, me siento indiferente a su escritura. Pero incluso entonces, he de reconocer que estoy ante un artista ardiente, un místico que crea obras que brotan de su corazón. Textos verdaderos que son frontera y límite del cuerpo de Shiva cuya aspiración es conmover al ser humano. Transformarlo.
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