Salvador Elizondo: el equilibrista del silencio
Hace años, realicé un artículo para la revista El coloquio de los perros sobre el escritor mexicano Salvador Elizondo que, tras haber efectuado las...
Gombrowicz era una mezcla entre un artista del absurdo, un nihilista y un cómico. Un ácrata y un rebelde. Alguien empeñado en pasar desapercibido, a pesar de ser inimitable. De hecho, se puede imitar a Kafka, a Lautremont o a García Márquez pero no a Gombrowicz. Pero aún así, su sello es absolutamente inconfundible. Trae consigo maremotos de hastío y soledad y un fino humor carnavalesco que convierte sus libros en trampas. Cárceles explosivas.
Como dije anteriormente, creo que la obra de Gombrovicz es un elogio de la incomprensión pero también de la estupidez. Pienso que es un escupitajo a dos virtudes entronizadas por Occidente en la cima de la evolución: la inteligencia y la racionalidad. Su obra no resuelve ninguna cuestión ni da respuesta a ningún pregunta. Ahonda en el caos. Se carcajea en la nada. En un banquete de escritores, Gombrovicz sería la sombra incómoda. Lo mismo se pondría a comer con las manos que guardaría un silencio sepulcral como, si en vez de encontrarse en una celebración, estuviera en un funeral. Pienso, en verdad, que una de sus vocaciones frustradas fue la de enterrador. Porque hubiera disfrutado muy profundamente de poder arrojar la filosofía en un ataúd.
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