Twin Peaks: la pesadilla púrpura (1)
Este sábado he sido invitado por el ayuntamiento de Alguazas para participar en el evento II Jornadas sobre series televisivas "Mundos en Serie". ...

El corazón del doctor Infierno era transparente. Dejaba claro que era un hombre orgulloso y ambicioso que ansiaba dominar el mundo. Punto. Pero las motivaciones internas, las verdaderas ambiciones de Ashler nunca estuvieron claras. Lo que le confería un aura de nocturnidad irresistible. De hecho, lo que todos pensamos en algún momento es que se rebelaría astutamente contra su lugarteniente y tomaría el mando. Además, Ashler era bello (o bella). Poseía una ambigüedad siniestra digna de motivar un ensayo de Freud o una reflexión de Zizek. Pues nadie sabía qué podía encontrarse en su entrepierna o si era un hombre castrado o una mujer mutilada y, por tanto, una metáfora sibilina sobre la muerte de dios y el destino aterrador del mundo.
El barón Ashler era, realmente, el personaje principal de Mazinger Z. Cada una de sus apariciones era un abismo cinematográfico. Una oscura sinalefa. Poseía, sin dudas, el carácter más complejo. Hablaba, por ejemplo, con dos voces distintas que se correspondían con sus diferentes personalidades. «Daimones» que contribuían a convertirlo en un símbolo prematuro de la esquizofrenia contemporánea. De ese mundo capitalista lleno de voces que lo atacan y defienden por igual contribuyendo a fortalecerlo y hacerlo aún más inentiligible, misterioso y sagrado.
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