El príncipe
Basta contemplar atentamente durante varios minutos el lienzo que Santi di Tito le dedicara, para tomar conciencia de que Maquiavelo era un hombre...
Cristo, desde luego, es alguien totalmente opuesto a los dioses mencionados. Tanta es la diferencia, de hecho, que casi da vergüenza considerarlo una divinidad. Los dioses antiguos hacían temblar la tierra en cuanto alguien los desobedecía o dudaba de su palabra y Cristo, al contrario, abraza con fuerza a quienes se burlan de él. Los perdona y decide no juzgarlos para que comprendan la lección del amor por sí mismos.
Leer cualquiera de los versículos de El Nuevo Testamento es todavía un chorro de luz en medio de las tormentas cotidianas. Un chute de humildad y sabiduría que serena. Cristo es probablemente el dios que más ha hecho por unir Oriente y Occidente. El que mayores dardos ha lanzado contra el materialismo y más esfuerzos ha realizado por explicar la importancia del dar y el compartir. No es alguien que -como equivocadamente creen muchos- se posicione contra la carne y los disfrutes sexuales. Es más bien una voz suave y firme que nos recuerda que el sexo sin amor carece de sentido. Antes o después, se disolverá entre las ramas de lo olvidable porque, en esencia, no está destinado a perdurar.
Cristo, sí, es el dios que enlazó ética y moral como nadie antes en Occidente. Dando sentido a la existencia y concretando muchas de las visiones proféticas que había previas a su aparición. Y gracias a que su voz se hizo escuchar y ha sido conservada en los libros, este mundo es todavía habitable. A pesar de las constantes guerras y hambrunas, aún no ha sido destruido.
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