Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La primera tiene que ver con los años durante los que residí en México. Allá, el 80 por ciento de las persona que conocí, decían haber visto a un extraterrestre, un espíritu o tener experiencias paranormales con relativa asiduidad. Cocineras, estudiantes de filosofía, jubiladas, jardineros, camareros y deportistas contaban anécdotas sobre el más allá con una naturalidad desbordante. Esas mismas personas hubieran sido calificadas de locas en España pero en aquel entorno agreste convivían con absoluta normalidad con el resto. Y durante un tiempo, mientras relataban sus anécdotas con lo desconocido, gozaban de la atención de sus congéneres. Finalmente, llegué a la conclusión de que -sin poner en duda su veracidad- la abundancia de estos testimonios es más probable que se produzca en sociedades con problemas económicos, golpeadas por conflictos bélicos recientes o traumatizadas por la falta de referentes históricos que en sociedades organizadas y cohesionadas en torno a unos símbolos poderosos donde predomina cierta estabilidad. Aunque cierto es que en los años durante los que estuve en una Argentina inmersa en el marasmo económico de principios del siglo XXI no recuerdo que nadie me hablara de extraterrestes. Algo tan habitual en el país azteca que finalmente, me pareció banal y casi que me empezó a disgustar y resultar chocante. Hasta el punto de que cuando alguien deseaba narrarme su experiencia, no podía evitar yo fruncir el ceño reflejando mi disgusto.
En cualquier caso, no he podido evitar volver a sentirme fascinado con la incógnita Ovni debido a la mención que Pablo realiza del clásico Comunión de Whitley Strieber. Una obra de referencia de la ufología publicada recientemente por el sello marciano Reediciones anómalas cuya icónica portada realizada por Ted Seth Jacobs considero una absoluta maravilla. De hecho, su misteriosa concisión sirvió para que fuera considerada durante un tiempo (y todavía hoy) casi una fotografía del rostro de los habitantes de lo desconocido. Un modelo al que volver a la hora de describir los posibles rasgos y más que probable fisionomía de unos seres que han poblado el inconsciente de la cultura popular del siglo XX y parte del XXI. Y nos han dejado inolvidables imágenes y escenas cinematográficas como las que cierran Encuentros en la tercera fase o las que se desarrollan en la cocina de una casa de campo en Señales; el filme de Shyamalan
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