Samba romana
Existe un acontecimiento deportivo que marcó la infancia de toda una generación. Me refiero, claro, al Italia-Brasil del Mundial 82. Uno de los...
No obstante, Romario no fue célebre tan sólo por su inverosímil manera de jugar sino también por la de divertirse. Como muchos de los grandes genios, necesitaba gozar, disfrutar de los placeres mundanos, sentirse feliz en definitiva, para dar lo mejor de sí mismo. Tenía muy claro que no rendía correctamente siendo sometido a una disciplina constante y además, teniendo en cuenta que su fútbol no era físico y le bastaba con tocar cinco veces el balón en un partido para marcar dos goles, sabía perfectamente que no debía estar hecho un portento para darle a sus equipos lo que le solicitaban. Algo que, obviamente, en el ordenado y cada vez más mecánico fútbol contemporáneo era totalmente anti-cultural y, sobre todo, al final de su carrera, provocó que tuviera un sinfín de conflictos con sus entrenadores. Por más que, eso sí, sus dotes como delantero eran tan particulares que, en los años previos a su ocaso, irreverentes genios como Johann Cruyff hicieron el esfuerzo de comprenderlo, aceptar sus idas y venidas, consiguiendo sacar lo mejor de él, desafiándolo con todo tipo de retos y apuestas. Al fin y al cabo, Romario no era Ronaldinho. Ronnie necesitaba estar en una excelente forma física para dar lo mejor de sí mismo, realizar sus inacabables slaloms de gacela, sus regates extraterrestres o sus demoledores remates. Pero a Romario le bastaba una simple aparición en un partido para revolucionarlo completamente. Convertir un emocionante thriller en una enorme fiesta. Un jolgorio inacabable.
Cabe decir que, a pesar de su tendencia a la dispersión, Romario fue muy inteligente y maduro cuando tuvo que serlo. No tengo la certeza pero estoy convencido de que durante el Mundial del 94 supo regular sus salidas con el fin de levantar el más grande trofeo existente. Estuve muy atento a su participación en aquel torneo y realmente, nunca lo vi tan fino. No sé si se tomaba un cubata cada noche pero en el terreno de juego desde luego no se percibía. Parecía llevar una vida espartana y haber realizado sus entrenamientos correctamente.
Muchas de las jugadas realizadas por Romario a lo largo de su vida, desde luego, parecen haber brotado de un sueño platónico. Haber sido inventadas por un dios o un guionista de cómics exaltado y frenético. Pues ciertamente, este mago del balón era un señor humano, demasiado humano, en la vida cotidiana, pero, sin dudas, en un campo de fútbol se encontraba tocado por las deidades. Y estoy convencido que si en vez de ser músico, Mozart hubiera sido futbolista, no hubiera sido capaz de marcar (y tal vez ni tan siquiera de imaginar) los increíbles goles que este portento logró. Goles que son un reflejo de los que todos los niños han soñado durante su infancia y probablemente, también, un gran número de adultos. Porque, más allá de su disoluta vida privada, Romario logró algo que muy pocos jugadores a lo largo de la historia han alcanzado: hacer dichosos a todos los que lo contemplaban jugar. Convertir los campos de fútbol, en un territorio de absoluta y total felicidad y cada balón que tocaba en una caipiriña. Shalam
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