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La naranja

Abr 21, 2026 | 0 Comentarios

Tengo la impresión de que, como sucede con los auténticos genios, la influencia de Johan Cruyff no solo no ha disminuido tras su muerte, sino que ha ido en aumento. Muchas de sus frases se han transformado en parte de nuestra cultura popular, y la mayoría de sus lúcidas intuiciones siguen cumpliéndose año tras año. Cruyff, sin duda, estaba por delante de su época: era un adelantado y, quizás por eso, con el paso del tiempo, sus mensajes futbolísticos resultan cada vez más comprensibles para una multitud que tal vez no lograba vislumbrar su alcance mientras él vivía.

Estos días he estado revisando algunas partes de su biografía y, obviamente, las palabras que dedica a la Holanda de los 70 han captado rápidamente toda mi atención. Hoy en día, incluso sabiendo de sobra el impacto que causó en el fútbol, me asombra volver a ver los resúmenes del Mundial del 74. Todavía hoy continúo sintiendo que me encuentro ante algo trascendente cuando observo jugar a aquel equipo, parecido a una compañía de ballet. Su forma de desplegarse por el campo me recordaba la deliciosa gelidez estética de las escenas de los filmes de Kubrick: era pura música clásica, la perfección total.

Esa Holanda parecía, por momentos, un ejército de militares perfectamente adiestrado y, al mismo tiempo, un grupo de artistas completamente ensamblados. Eran los ejecutantes de una obra maestra colectiva, en la que cada toque y cada movimiento tenía un sentido profundo, como los violines o el piano en una sinfonía de Beethoven. Frente a esa Holanda, casi todos los demás equipos del Mundial parecían o bien amateurs o bien rugosos conjuntos de barrio: orquestas sin brillo ni, por supuesto, hondura.

Más allá del resultado, esa Holanda despertaba en cada jugada, en cada lance y partido, la impresión de que se había tocado algún secreto técnico, artístico y espiritual del juego. Una mezcla entre estética, efectividad y belleza que convertía el fútbol en ajedrez y esgrima, sin restarle ni un solo ápice de su aura lúdica, épica y divertida. Nadie, ningún equipo, fue tan moderno mientras jugaba ni tan clásico cuando tocaba el balón.

La naranja mecánica era una máquina, sí, pero también un animal salvaje. Nada estaba tan coreografiado y tan vivo a la vez. Cada desplazamiento de los laterales y centrocampistas era vanguardia, un cuadro de Kandiski o Mondrian, y cada repliegue, un ejercicio de nostalgia por un fútbol que, con los años, Arrigo Sacchi, Pep Guardiola, Luis Enrique o Hansi Flick se encargaron de imitar, desarrollar, estudiar, atesorar y conducir a otra dimensión.

La naranja mecánica de Cruyff no fue solo un equipo ni una manera de jugar: fue una revolución silenciosa que contagió tanto a rivales como a los propios compañeros. El fútbol total, la creatividad sin miedo, la obsesión por tomar la iniciativa y transformar el error en lección, el pase en filosofía. Casi todo lo mejor del fútbol moderno se encontraba ahí aunque, en determinados momentos (sobre todo en la década de los 80, con el triunfo del catenaccio y el bilardismo), llegó a verse casi como una locura o excentricidad neerlandesa. Algo que el Cruyff entrenador y la revolución contracultural que imprimió en el F. C. Barcelona se encargó de contrarrestar y negar. No, la naranja mecánica no era una utopía futbolística, sino una realidad Total. Era la semilla de todo: del espacio, del toque, de la superioridad técnica, pero también del valor de ser distinto, del goce del riesgo, de la belleza como victoria en sí misma. En cada dribling de Cruyff, por ejemplo, latía el eco de una civilización ordenada, disciplinada, entrenada maquinalmente y, a la vez, el capricho genial de un adolescente que todavía parecía jugar en la calle, sin miedo y sin límite.

En fin. Creo que lo mejor será que me calle y que permita al lector que vaya a internet a contemplar cualquier resumen del Mundial del 74. Pocos espectáculos artísticos (casi más que futbolísticos) mejores que ese. La selección neerlandesa desarmaba los esquemas. Todos los jugadores parecían moverse un segundo por delante del resto, como si supieran de antemano lo que los otros pretendían. Incluso la cámara, casi temerosa, parecía retroceder medio paso, incapaz de abarcar de una sola vez el sistema que fabricaban esos hombres vestidos de naranja. La cámara, como el rival, solo podía admirar, perseguir, resignarse al asombro que producían unos jugadores que convertían cada pase y control en pura geometría, casi un teorema filosófico.

En cualquier caso, como Avería es un blog escrito, pienso que tal vez, en este caso, lo adecuado, más que colocar un vídeo, sea transcribir algunas de las palabras que le dedica el mismo Cruyff a esa Holanda en su biografía. Pura magia.

«Con la llegada de Rinus Michels se cumplieron todas las condiciones para poder realizar lo que pasó a ser conocido durante el campeonato como Fútbol Total. El Fútbol Total requiere jugadores con talento bajo una disciplina de grupo. Alguien que se queja o que no escucha es un problema para el resto, y se necesita un jefe como Michels para cortar eso de raíz. Aparte de la calidad de los jugadores, el Fútbol Total es, sobre todo, cuestión de distancia y posicionamiento. Esa es la base de todo el pensamiento táctico. Si aciertas con la distancia y la posición, todo encaja. También requiere mucha disciplina. Nadie puede ir por su cuenta. Eso no funciona. Si alguien empieza a presionar a un contrario, el equipo entero tiene que unírsele.

Un ejemplo. Cuando yo presionaba a un jugador cuya pierna buena era la derecha, yo le perseguía esa pierna. Con ello se veía obligado a pasar con la pierna mala, la izquierda. Mientras tanto, llegaba Johan Neeskens desde el medio campo a su izquierda, y el adversario se veía obligado a pasar la pelota rápido con su pierna mala. Lo que empeoraba sus problemas. Para hacerlo, Neeskens tenía que dejar suelto a su hombre. De modo que su adversario quedaba libre, pero no podía seguir a Neeskens porque nuestro defensa Wim Suurbier se había desplazado a la posición de Neeskens. Así se creaba enseguida una efectiva situación de tres contra dos. En resumen: yo presionaba la pierna buena del contrincante, Neeskens hacía lo mismo con su pierna mala y Suurbier se encargaba de que el marcador de Neeskens se viera obligado a permanecer en su posición. Eso sucedía en un radio de cinco a diez metros.

En realidad, esa ha sido siempre la esencia del Fútbol Total, hacer siempre lo que ves. Y nunca lo que no ves. En otras palabras, siempre debes tener visión global y siempre debes poder ver el balón. Pensemos en el rugby. Los jugadores tienen que lanzar la pelota hacia atrás para poder correr hacia delante. Así tienen una mejor visión de lo que sucede ante ellos. Lo mismo se puede aplicar al fútbol, pero hay mucha gente que no lo entiende. Creen que tienen que jugar el balón hacia delante, cuando en realidad deberían pasárselo al que viene de atrás. Es cierto que su posición está más atrasada, pero su perspectiva es mucho mejor. El Fútbol Total, en cualquier caso, es cuestión de distancias en el terreno y entre las líneas. Si juegas así, incluso el portero tiene que entenderse como una línea. Como el portero no puede coger el balón con las manos si se lo pasan, él también tiene que ser capaz de jugarlo. Tiene que asegurarse de que los defensas reciben el balón en el momento exacto. A menudo tiene que quedarse en el borde del área de penalti, para convertirse en una opción para sus compañeros de más adelante. En nuestro estilo de juego en el Mundial de Alemania, no había sitio para un portero que no saliera nunca de debajo de los palos.

Por eso se eligió como portero a Jan Jongbloed en lugar de a Jan van Beveren, que era nuestra primera opción. Lo bonito era que, de joven, Jongbloed había sido atacante. Como portero, no solo le gustaba jugar el balón, sino que sabía hacerlo estupendamente, y muchas veces conseguía evitar goles porque era capaz de pensar como un delantero. Delante de Jongbloed estaba la defensa, con un único defensa auténtico, Wim Rijsbergen. Arie Haan era centrocampista, y los defensas Ruud Krol y Wim Suurbier eran originalmente laterales. Casi todos, jugadores capaces de pensar en el conjunto. Eran posicionalmente buenos y técnicamente incluso mejores.

Por otra parte, convertir a un centrocampista o a un delantero en defensa surge de la filosofía de Michels en el Ajax. Allí se partía de que si alguien ha jugado siempre de los ocho a los dieciocho como lateral derecho tiene que ser capaz de predecir mentalmente lo que hay que hacer y siempre intentará avanzar en el campo para llegar a gol lo más a menudo posible, aunque juegue más atrás. Esto implica que prefiere no retroceder y la ventaja es que el campo se le hace pequeño. Además, en general, los centrocampistas y los delanteros tienen mejor técnica de balón que el defensa clásico. Eso también es una ventaja a la hora de cambiarlos de posición». Shalam

إن تقبّل الموت أصعب من تحمّله.

La muerte es más dura asumirla que padecerla

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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