Proyecto niño
Resulta habitual comentar películas, discos o libros, pero no tanto lienzos. Y menos aún, escribir algo inspirado en ellos. Las explicaciones sobre...
Las performances surgen como respuesta ante la manipulación. Como un grito de asfixia ante la contaminación de mensajes y dogmas cotidianos. El carrousel de propaganda habitual. Son una piedra lanzada contra un muro de hormigón sin esperanza alguna de hacer un boquete en la pared. Pues brotan del convencimiento de que, teniendo en cuenta el alto y refinado grado de manipulación alcanzado por el poder, es muy difícil que el arte transforme la realidad, posea un sentido o cambie la vida de nadie. Sí tal vez en el plano vocacional pero no, en ningún caso, en el terreno del activismo social. Al fin y al cabo, ese suicida en potencia y acto que es un performer, ese ciudadano ansioso por incinerarse junto a la realidad, está ya de vuelta de muchas cosas. Y es de suponer que es lo suficientemente lúcido como para comprender que incluso si su acto performativo consiguiera que una institución política variase su comportamiento respecto a una problemática, no serviría de mucho, dado que no combatiría ni intentaría solucionar el problema de raíz. De hecho, en los casos más afortunados, la autoridad se conformaría con realizar mínimas reformas al asunto y una foto pública con la que contrarrestar la de los denunciantes o artistas para obtener de nuevo, en la medida de lo posible, el apoyo de la «masa» de votantes y el consenso popular. Prueba de por qué es bueno y sano que el performer no tenga esperanzas. Que se contente con realizar un acto inservible e inútil y desaparecer sin pedir ni esperar nada a cambio.
El performer, sí, es un loco, un fracasado que utiliza el arte para contrarrestar el terrorismo de estado. Una paloma desguarnecida con conciencia de que actualmente todo es fake. Y acaso únicamente la publicidad -dado su nivel de perversidad- sea verdad. Ser performer es, en cierto modo, una condena. No creo que ninguno soñara con serlo durante su infancia. La mayoría de ellos se convirtieron en artistas contra su voluntad. Obligados por las circunstancias. La necesidad de rasgar con una uña rota un vidrio irrompible. Romper con una educación llena de tabúes. Y por ello, sus constantes movimientos corporales, sangrías y saltos no son más que una muestra y señal de la propia esclavitud a la que el performer constantemente alude. El encadenamiento diario lingüístico y orgánico. Esa sinrazón emotiva e intelectual que, por ejemplo, no permite pensar al ser humano más allá de la economía ni romper fronteras. Estructuras abstractas, complejas, omnímodas frente a las que el performer actúa, ofrendando con amor sus acciones a esa sociedad que no oye ni escucha y a la que pretende retratar y derribar, volviendo a caer derrotado una y otra vez.
0 comentarios