Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los romanos estaban obsesionados, es bien sabido, con Grecia. Y la mayoría de sus emperadores con Alejandro Magno. ¿Por qué? De Alejandro lógicamente amaban sus proverbiales hazañas, su descomunal fuerza e inteligencia así como el gran Imperio construido por el macedonio, pero no dejaban de percibir con temor la imposibilidad que había tenido de mantenerlo. Lo frugales y breves que fueron sus victorias. Y por ello, conforme su propio Imperio se fue extendiendo más y más hasta prácticamente superar al de su admirado héroe, su principal preocupación comenzó a ser no tanto de qué manera seguir ampliándolo -que también- sino cómo defenderlo. Cómo construir un entramado militar lo suficientemente poderoso para que no pudiera ser derrotado de ninguna de las formas y mantuviera el nombre de Roma en lo más alto del bastión histórico. Una prueba y manfestación, sí, de poderío y belleza como de grandeza y fortaleza. Y lógicamente, esa mentalidad se fue extendiendo a lo largo de los siglos hasta calar en todas las manifestaciones de la vida como es el caso del deporte.
Exactamente, si incluso habilidosos delanteros italianos como Del Piero o Paolo Rossi poseen amplios conceptos tácticos propios de un lateral o un central y saben de la importancia tanto del desmarque o el regate como de seguir la marca, es probablemente porque cada ciudadano de la Italia es, en esencia, un defensor. Un defensor de la belleza, del arte, del triunfo y la majestuosidad. Un defensor de su cultura, la más universal del mundo, que tiene una misión que cumplir importantísima. Tanto que desde luego no creo que a los italianos en su conjunto les importe demasiado que los aficionados al fútbol de distintas nacionalidades no puedan entender su afán por cortar espacios, cubrir en zona o al hombre o la satisfacción que encuentran en mantener su portería a cero. Acaso mucho mayor que la obtenida al rebasar varias veces al portero del equipo contrario teniendo en cuenta la herencia de siglos recibida. Una herencia que únicamente se puede mantener en las trincheras, con las espadas y los ejércitos. Aristotélicamente y no platónicamente. En ningún caso, platónicamente. Mirando de lejos o de cerca la luz y el infinito. Las aristas de las belleza. Ya que, como comprendieron los románticos, tantas miradas dirigidas a las musas podían cegar al ser humano. Y en este caso concreto, debilitarlo para combatir a esos enemigos que, como hicieron los visigodos, sarracenos, ostrogodos o normandos en anteriores siglos, pudieran volver a penetrar y saquear los palacios romanos.
Los españoles dicen no comprender la mentalidad de juego italiana. Y por ello la atacan y denigran en cuanta ocasión pueden. Pero creo que esta incomprensión procede también de la propia historia española. Los españoles no hemos sido tanto de conservar como de tirar hacia delante. Las consecuencias de la conquista de América, para bien o para mal, nos continúan influenciando de manera decisiva. Hernán Cortés se convierte en un héroe legendario cuando manda quemar las naves y conquistar la tierra incógnita o perecer para siempre. Don Quijote cabalga y cabalga buscando truhanes y gigantes dejando atrás una heredad y comodidad que muchos hubieran asesinado por poseer. Don Juan siempre se encuentra en busca de otra mujer. Al torero se le admira casi más cuando es herido por el toro que cuando hace inconmensurables faenas. Y en cualquier caso, se valora su riesgo, su deseo de ir hacia delante, no mirar atrás y jugarse la vida.
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