Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Fernando Martín era, en gran medida, un revolucionario. Un hombre sumamente competitivo que transmitía vigor y entrega pero a la vez estaba dotado de un espectacular físico y unas excelsas condiciones naturales para la practica del deporte (era campeón de natación infantil) que él se encargó de explotar logrando superar un gran número de condicionantes, prejuicios y límites como unos muy molestos problemas de espalda.
Fernando Martín, por tanto, destacó por su talante aventurero. Ser alérgico a los miedos y al fracaso. Pero más allá de todos estos condimentos, se convirtió en icono por la pasión que imprimía a cada acción. En cierto sentido, era un Rafa Nadal del baloncesto. Un deportista intenso y aguerrido. Un hombre que luchaba cada punto, mordía la cancha y la camiseta al entrar en ella y transformaba cada una de sus intervenciones en un concierto de rock and roll. Convertía un partido en trascendente con su mera presencia.
En fin. Fernando era una mezcla perfecta entre un plato de fabada, embutido y jamón serrano y una Coca-cola. Entre un caserío español, una tortilla de patatas y un automóvil de gama alta. Era un hombre campechano pero al mismo tiempo sofisticado. Pragmático e idealista. Y por eso mismo se ha ganado un trono en el recuerdo del deporte y la cultura. Porque era un don Quijote con alma de gobernador y conde. Alguien en cuya sangre latía el espíritu de los viejos navegantes españoles, aquellos locos que convirtieron sus sueños en un apéndice de la realidad, pero al mismo tiempo tenía los pies en el suelo. Preparados para despegar hacia los cielos y, en medio de un redoble de tambor torero, de un giro de media vuelta encestar una canasta. Shalam
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