Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Clemente nunca pasó desapercibido y desde luego, nunca se dejó pisar ni silenciar por los periodistas, las aficiones o los presidentes. A su manera, era un muro vasco. Un hombre muy fiel a sí mismo, con una alta autoestima que no parecía tener sangre sino cemento en las venas. Algo que no ayudó en absoluto a sus relaciones con los mass-media. Sus entrevistas y ruedas de prensa eran por momentos combates de boxeo. Clemente no hablaba sino que soltaba ganchos directos a la barbilla de los redactores y obviamente, las preguntas eran la mayoría de las veces puñetazos directos a su mentón. En muchos momentos, perdió las formas y aguantó ataques que hubieran hecho tambalearse a la mayoría pero, de alguna manera, siempre se mantuvo en pie y fiel a sí mismo, como si fuera una de esas rocas que pueblan las montañas vascas y cuenta la leyenda que hacen más resistentes a los jóvenes nacidos allí. De hecho, en vez de venirse abajo o amedentrarse con las críticas, solía venirse arriba. Engolfarse y atacar con virulencia. Con frontalidad absoluta. Pues entre sus defectos desde luego no estaba la hipocresía y parecían no hacerle efecto ni los elogios ni las críticas. Clemente era sincero, verdadero y esclavo de sus convicciones a veces hasta el exceso y si tenía que desearle a alguien la muerte, lo hacía con sobriedad absoluta. Con la contundencia y frialdad con la que el asesino a sueldo mata a sus víctimas. Sin pestañear ni dudar pero también con algo de esa rabia y furia salvaje característica de tantos de esos marineros vascos que convirtieron durante años a la feroz e inhóspita América en una colonia de su región. Un brebaje explosivo que acabó estallando en los momentos más incómodos y provocando todo tipo de conflictos que sin embargo, incrementaban la cohesión de los grupos de muchachos que dirigía. La mayoría de los cuales le guardaban fidelidad y respeto y se sentían protegidos tanto por su tendencia a ejercer de cuñado paternal con ellos como por la contundencia con la que se empleaba en sus apariciones públicas.
Como entrenador, Clemente era ante todo pragmático. Muy práctico. Estudiaba bien a los rivales pero sobre todo, a los suyos. Trabajaba para fortalecer sus debilidades, intentaba adaptar el estilo a las cualidades (y defectos) de sus jugadores y tenía desde luego muy claro que la meta era vencer antes que convencer. Que lo importante era ganar y que de nada servía el título de triunfador moral. Siempre se mantuvo en las antípodas por tanto del aficionado al fútbol enamorado de la Brasil del 82 y mantuvo más de un debate cerrado, a vida y a muerte, con los cruyffistas y guardiolistas. Lo que terminó de enterrarle entre la afición española tan enamorada del fútbol quijotesco y malacostumbrada a la belleza estética desde el Dream Team. Un hecho que no ha permitido valorar lo buen entrenador que llegó a ser en sus años de esplendor. Se formó en el filial del Athletic de Bilbao y no dudó en subir a 10 muchachos recién salidos de la adolescencia al primer equipo convirtiendo a San Mamés en un bastión inexpugnable.
Ciertamente, Clemente no es el alcohólico de barra que muchos han querido vender. Ese jubilado que haría mejor gastando sus horas en una playa de Benidorm o contemplando partidos de pelota vasca que opinando sobre fútbol. Su tiempo pasó, sí, pero mientras fue su tiempo, dejó huella y vigor. Ocurre que siempre fue más pasional que cerebral. Nunca fue un gran pedagogo y tal vez no explicó bien su concepción del fútbol. Pero en su momento, normalizó innovaciones tácticas como la presión en el campo del rival contrario. Y con España llegó a jugar con un 4-2-3-1 forzado por la falta de un 9 de garantías y la necesidad de proteger a Guardiola. Dos decisiones que dejan muy claro que era un hombre inteligente e instruido futbolísticamente. Un muy buen estratega que no obstante, eso sí, nunca llegó a la dimensión de un Arrigo Sacchi -un entrenador mucho más maquiavélico, complejo y sofisticado- ni a la de un Fabio Capello -un técnico con maneras de avasallador general romano- y desde luego, se encuentra en la vertiente opuesta de Cruyff. Pero es injusto no reconocerle sus méritos. La fuerza y rigor que imprimía a sus equipos que hicieron que muchos lo hermanaran con Bilardo, el fútbol de Estudiantes y la escuela italiana. Por más que, a pesar de la dureza con que se empleaban sus jugadores, no eran exactamente conservadores ni destructores. En sus equipos siempre predominó cierta nobleza y pureza. Un trazo de hombría minera que el maremoto moderno ha querido disgregar pero sospecho que, como ciertas esculturas de Oteiza, quedará para siempre grabado a fuego en la memoria colectiva del pueblo vasco y Sarría. Shalam
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