Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En este sentido, cambiar un mito ancestral (Adán y Eva bíblico) por otro cotidiano (el programa Adán y Eva) no representa más que otra vuelta de tuerca a los bailes y festejos cotidianos que la ideología y política zombi realiza sobre la tumba de la cultura. Se desea terminar con el amor definitivamente. Pero, sobre todo, con la intimidad. La esencia personal. Los valores y las más arraigadas creencias. Facebook no deja de ser un experimento sobre la posibilidad de que los ciudadanos únicamente tengan vida exterior. Y el programa Adán y Eva otro intento más por lograrlo. Un batallón más de un ejército que ha conocido increíbles luchadores como Gran Hermano, Supervivientes o Acorralados cuya finalidad era (des)ideologizar al individuo y anularlo. Mostrarle que su lucha y sentido de vida está condenado a fracasar. Porque, en realidad, más allá de su carga de sensacionalismo, el objetivo final del programa televisivo es ese: destruir el mundo. Acabar con todos los relatos y la memoria. Hacer rememorar al individuo la vida social como un objeto que fue o pudo ser pero ya no es. Intercambiar relatos entre el presente y el pasado evitando moraleja alguna para (des)moralizar al ciudadano.
Una prueba en definitiva, de que el mundo actual se ha convertido en tal antro de perversión que la libertad hemos de encontrarla en la sombra, en el fondo de la caverna y ya no en la luz. Y de que, antes o después, quien no consuma un mínimo de productos diariamente, será tachado como terrorista como de que la revolución sexual del 68 y las prácticas swingers promovidas por el capitalismo tardío no fueron sino medios de atenuar rebeldías y encauzarlas hacia el mundo del consumismo corporal y pornográfico plural teledirigido. Un ámbito del que Adán y Eva no es en definitiva más que un estertor, un nuevo resplandor entre tantos y tantos otros como, por ejemplo, los desahucios que al fin y al cabo no son más que maneras tan sólo un poco más violentas de despojar a las personas del templo de su intimidad (el hogar). Volvernos incapaces de formar una familia y por tanto dejarnos desnudos, tan indefensos como lo estuvieron Adán y Eva en el paraíso, ante el inmenso poder de Yahvé cuya maldición nos obligó a trabajar la tierra perennemente para honrar su nombre oculto. Shalam
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