Animales domesticos
La modernidad se ha empeñado en regular y racionalizar la sexualidad. Convertirla en materia de estudio educativa. Un tratado científico. Un hecho...
No es fácil en absoluto ubicarse en la mente de los monstruos y retratar la perspectiva a través de la que contemplan el mundo o el recinto cerrado en que habitan y Giger lo consigue al humanizarlos. Acentuar su parecido con nosotros. Algo que H. P. Lovecraft no terminaba de explotar del todo en sus relatos donde los Antiguos eran el horror hecho carne. El «Otro» con mayúsculas. Engendros cuya presencia producía escalofríos, repulsión e incomprensión absoluta a quien se los encontraba. Giger, al contrario, los retrata como si fueran una parte de nuestro ser que aunque no deseamos reconocer, nos pertenece y habita en nuestro interior. Proximidad y cercanía que termina por provocar fascinación. Convocar esa conversación entre muertos y vivos que es al fin y al cabo, el trasvase al que el Necronomicon invitaba.
Tienen tal belleza y empuje las siluetas y figuras retratadas por Giger que casi que da pena ponerles palabras o referirnos a ellas. Porque con unos pocos detalles es capaz de captar sus anhelos, deseos y miedos. Un hecho realmente excepcional que rompe con la mirada tradicional a los mundos oscuros que generalmente nos asustan. Al contrario, aquí el monstruo se encuentra tan aterrado como nosotros, respira el mismo aire y aspira a idéntica felicidad. Únicamente que por otros medios y maneras. A los monstruos de Giger tan sólo les resta hablar para traspasar el portal, esa cuarta pared que separa el lienzo de los ojos del espectador. Su furia y rabia, de hecho, resultan comprensibles. No son caprichosas sino que aluden a las circunstancias por las cuales nuestras propias almas se encolerizan.
0 comentarios