Alien: Covenant
Tanto Alien: Covenant como Prometheus son películas eclipsadas por una obra maestra absoluta: Alien el octavo pasajero. Pero esto no significa que...
Pero lamentablemente, la película es un tanto irregular. Es una space opera sui generis a la que su indefinición termina por perjudicarle. Pues funciona por partes más que por su conjunto. Destacan en ella, sin dudas, los diseños de Moebius, la representación surreal del planeta Perdide así como algunos de su inquietantes planteamientos pero en general, el ritmo narrativo se encuentra lastrado y no se ofrece una explicación válida y satisfactoria a la trama para quien no conozca el texto de Wul. Algo que tal vez tenga su explicación en que Laloux era un hombre culto y reflexivo que pensaba que sus seguidores también lo eran y evitaba por consiguiente, toda redundancia o explicación si esto era posible. Y por lo tanto, hubiera visto ridículo presentar al inicio del filme una serie de frases como las que George Lucas colocó en Star Wars para situar al espectador. Por más que esta gelidez autoimpuesta, no permite empatizar con la situación que se nos presenta.
Hay determinados episodios, secuencias en que Los náufragos alcanza cotas sublimes. Se siente que estamos ante una empresa magna, concebida para dejar huella y no es extraño que lo haya hecho. Pues nos adentra en una odisea que pudiera haber salido de un oscuro sueño de Carrol, entre paisajes que parecen diseñados por Marx Enst, Roland Topor o un surrealista febril. Los flirteos amorosos del protagonista humanizan la historia, muchos de los gags están muy conseguidos y el humor distante y absurdo de la historia contribuye a que nos introduzcamos en ella. Villanos como El Tapir o Leobart, el científico loco, poseen un alto grado de magnetismo y los diferentes mundos que se visitan son realmente atractivos pero, finalmente, el argumento acaba enredándose en sí mismo. Distrae nuestra atención y termina por perder gran parte de su interés. A lo que contribuye el carácter del héroe, Cristopher, demasiado hierático y poco expresivo, cuya relación con las mujeres que al principio lo humaniza bastante termina por resultar incomprensible.
Eso sí, las razones del bajón del cómic a partir de su quinto tomo (tendría diez finalmente) son bastantes sencillas: la ausencia de uno de sus dos creadores y mentores, Jean Claude Forest. Quien sabía manejar los puntos discordantes de la narración, haciéndonos viajar por mundos infinitos con una orientación clara. Algo que se echa notar en falta en los últimos episodios de la serie donde se siente uno a la deriva por un mar de planetas, seres y personajes más o menos reconocibles. Pues finalmente, Los náufragos del tiempo cae en uno de los errores más comunes de la ciencia-ficción: la orgía imaginativa. Ya que, dado que es un género donde todo tipo de fantasías y profusas invenciones se permiten, prácticamente no hay límites para su desarrollo. Lo que hace que resulte muy difícil poner el freno para estructurar el componente narrativo.
Creo que de las tres obras comentadas aquí, la de Balcarce es la más satisfactoria en cuanto entre lo que promete y lo que finalmente nos da, existe menos distancia. Inspirándose en el primer Terminator (al que supera) y probablemente en Mad Max, nos presenta un mundo cruel, oscuro, impiadoso surgido tras un holocausto personal, controlado por un ordenador artificial con capacidad de sentir y gozar llamado Nerón. Crónicas del tiempo medio es un relato ciberpunk, decadente y darwinista. Un cómic sin luces, de ciertas resonancias borgeanas, que genera adicción por la coherencia con que narra las luchas por la supervivencia, la dureza de los caracteres que nos presenta y su descripción del ocaso de una civilización en que la única certeza es la muerte. Una sociedad destruida en la que los seres humanos apenas cuentan y son arrojados a hornos crematorios por corrosivas máquinas al servicio de viciosos cerebros que se regodean y gozan con su sufrimiento.
En fin, resumiendo, la obra de Laloux encarnaba una forma de mirar la ciencia-ficción ya muerta. Era la mirada perdida del humanista hacia un género que durante un tiempo ofreció esperanza al hombre. Una última visión plena de nostalgia al progreso, al mundo moderno que nos prometía una mejora en nuestras condiciones de vida y, dada nuestra evolución, ha terminado, como muestra perfectamente el cómic de Barcarce, generando angustia. Preludiando las ruinas, la devastación y el apocalipsis de nuestra agotada civilización. Por contra, la creación de Forest y Gillon se situaría a medio camino de ambas perspectivas. Pues era una loa a los viajes espaciales, temporales que miraba con expectación el futuro, mantenía altas dosis de escepticismo sobre la condición humana y vislumbraba cataclismos y peligros por venir que únicamente a través de la conciencia y una consecuente actitud ética conseguiríamos sobrepasar. Tal y como podemos comprobar a día de hoy en que tan cerca estamos de un apocalipsis como de un renacer espiritual. Y dependiendo de si creemos más en uno u en otro, así será probablemente nuestro mundo dentro de unas décadas. Shalam
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