Proyecto niño
Resulta habitual comentar películas, discos o libros, pero no tanto lienzos. Y menos aún, escribir algo inspirado en ellos. Las explicaciones sobre...
Muchos de los personajes retratados por Giacometti parecen pedir auxilio. Si pudieran hablar, tal vez ni tan siquiera gritaran. Se sentarían en el suelo a esperar el fin con resignación. La mayoría parecen también oscuros personajes de las novelas de Samuel Beckett. Espectros innombrables derruidos y destruidos a los que ni tan siquiera les queda el lenguaje para salvarse. De hecho, creo para su correcta comprensión y visualización, alguien debería leer en voz alta pasajes de El innombrable o Malone Muere durante cualquiera aproximación a ellos. Aunque, desde luego, también veo muy viable que los textos leídos pertenecieran a El hombre sin atributos o El mito de Sísifo.
No caben muchas preguntas ante las esculturas de Giacometti porque, más bien, son ellas las que nos interrogan. Las que nos preguntan cómo hemos llegado hasta aquí. Son la viva imagen de la impotencia. Cualquier comisario de una exposición de su obra debería dar unas cuantas pastillas contra la depresión a los asistentes antes de acceder a las salas.
En realidad, no creo que Giacometti realizara retratos. Creo más bien que lo que sus manos intentaban plasmar eran pensamientos, reflexiones, aforismos. Que su obra fue uno de los últimos muros de resistencia intelectual en caer previos a que el palacio del arte fuera asaltado totalmente por los corsarios del consumo. Marchantes de negocios que, sin buscar necesariamente la excelencia, se encargarían de engordar artificialmente el mercado artístico para hacerse de oro. Algo desde luego a lo que las obras del artista suizo se muestran ajenas. Pues son la viva imagen de la mudez. El vivo retrato de seres en extinción que prosiguen su camino a la destrucción con admirable obstinación. Shalam
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