Indie game
Indie Game es una barbaridad. Un documental sobre varios creadores independientes de videojuegos -Jonathan Blow, Edmund McMillian, Tommy Refenes y...
Los primeros videojuegos nacieron debido a las continuas experimentaciones de la industria militar. Son en parte fruto del ocio y de la ambición bélica. Del deseo de llenar las horas libres y del de derrotar al enemigo. Proceden de la mente de unos ingenieros preparados para diseñar máquinas destructivas lo más ligeras y efectivas posibles, empeñados en idear sofisticados métodos y códigos de comunicación que despistaran a los contrarios. Y por eso se dividen por lo general en pasatiempos deportivos y juegos bélicos. Los ingenieros necesitaban relajarse de sus absorbentes trabajos y muchas veces, no tenían a mano un balón ni fuerzas para correr.
La evolución de los videojuegos no se encuentra muy lejana de la del lenguaje o el arte. Convierte un palo en una raqueta con jugador. Es decir, transforma las metáforas en nombres, a medida que los colores esparcidos por la cueva se van integrando en pantallas formando, en algunos casos, auténticas sinfonías hiperrealistas.
En fin, el videojuego ha conseguido transformar en muy pocas décadas un código simbólico, totémico, primitivo y al mismo tiempo, complejo, moderno y minimalista en un lenguaje universal. Un esperanto iconográfico muy parecido al cinematográfico que ha encontrado su medio ideal de difusión en tres artefactos: 1) la máquina recreativa que convierte los espacios públicos en lugares zombies llenos de jugadores absortos en su consumo lúdico. 2) la videoconsola que invadió lentamente los espacios privados, los hogares modernos durante la década de los 80, ayudando a construir nuevas pautas de ocio y nuevas subjetividades a medida que Margaret Tatcher y Ronald Reagan iban desmantelando el estado proteccionista y construyendo la sociedad neoliberal. La apoteosis del poder privado y empresarial opuesto al público. 3) El dispositivo móvil que transforma definitivamente la calle, el autobús, el centro de trabajo y el metro en un espacio de ocio. Transforma lo público en ámbito privado.
Y, en ese sentido, el ordenador personal (así como su hijo pródigo, el videojuego), puede ser considerado, como lo hace Justo Navarro en el final de su ensayo, en un buen funcionario del mundo neoliberal. Un jefe serio y disciplinado cuya misión es convertir a sus usuarios, a su vez, en higiénicos trabajadores. Pues, al fin y al cabo, la misión de un videojuego no es otra que obligar a que el jugador aprenda unas normas y pautas de comportamiento concretas. Convertirlo en un ciudadano obediente capaz de reiniciar la partida cuantas veces sea necesario para terminarla, según las reglas que los programadores previamente han impuesto. Transformando el mundo en un paraíso lleno de opositores que sólo levantarán la voz en caso de que una avería provoque la interrupción fortuita de la partida que llevan entre manos. Shalam

0 comentarios