Tenis y rock
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado en esta ocasión a un tenista que rompía raquetas con idéntica frecuencia que un guitarrista de...
En realidad, este playboy fiel a una sola mujer y club es la prueba de que hay soldados que pueden convertirse en generales y adiestrar con su ejemplo a nuevos gladiadores como Carles Puyol -tal vez el mejor defensa aparecido tras él- que, desde luego, aprendió muchísimo de Paolo Maldini y siempre lo tuvo como un referente indiscutible. Un logro que consiguió no tanto por su exuberancia técnica sino por su pasión por defender. Su capacidad de sacrificio que, unido a un imponente físico, le convertían en una barrera imposible de superar. Un muro en medio del área contraria al que tan sólo Ronaldo y Maradona consiguieron realmente inquietar. Poner un poco nervioso. Hacerlo apretar los dientes y preguntarse por unos instantes cómo detenerlos.
Estoy convencido de que Paolo Maldini es uno de los defensas que en mayor número de ocasiones ha conseguido fulminar el ego de futbolistas envalentonados. Mostrándoles que el fútbol es tanto desequilibrio y genialidad como orden y constancia. Seguramente, porque en su persona se reunían varias circunstancias muy favorables que consiguieron hacer de él uno de esos campeones que tanto se aman y respetan en Italia: mamó el fútbol de primer nivel desde pequeño en su hogar, se educó en el país que más importancia y sesudos estudios ha dedicado a comprender y analizar las estrategias defensivas y además, tuvo como compañero de batallas tanto en su club como en la selección italiana a otro baluarte inolvidable: Franco Baresi. Un visionario de su posición, central, que supo aconsejarlo, protegerlo y limar sus escasas carencias. Muy escasas, teniendo en cuenta que desde su debut, Maldini ya tenía talante y temple de veterano. Sabía instintivamente ocupar el lugar exacto en el campo para torpedear el avance enemigo, correr cuando era necesario o replegarse sin apenas dejar huecos vacíos y además, prácticamente no cometía faltas. No era un jugador sucio. Lo que si, repito, lo unimos a una vida muy ordenada de la que se desconocen escándalos además de un carácter plácido y respetuoso, explica su trascendencia y longevidad como jugador y su aparición en algunos de los mejores once de la historia del fútbol.
Por lo general, los astros del fútbol son los centrocampistas o delanteros. Y por ello no es habitual considerar a Maldini una figura. Pero, desde luego, es difícil negar que su carrera futbolística representa un momento trascendente de este deporte. Un referente a estudiar y valorar. Mucho, muchísimo más que por ejemplo la de Fabio Cannavaro. Porque fue capaz de destacar y hasta de impresionar y maravillar en medio de un territorio repleto de vallas y espinas. Un barco de esclavos condenados a remar hasta la muerte que el convirtió en un velero liberador. Consiguiendo algo que parecía imposible: demostrar que defender no es sólo cuestión de oficio sino que además, puede ser la faceta más divertida del juego. Un milagro de eficacia estratégica en medio de la mediocridad de saques de banda, largos despejes y pases mal dados en que se convierte tantas veces el denostado juego defensivo, que en los pies y cabeza de Paolo Maldini pasó de ser un vicio destructivo a convertirse en un fino menú de sibaritas. Pura destreza.
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