Un paraíso
Dejo a continuación un breve avería sobre La manga. El cual recomiendo leer escuchando la siguiente canción de Alaska: "Vacaciones infernales". Un...
Seguramente, a este hecho también se refería Vladimir Nabokov en el primer capítulo de su autobiografía, Habla memoria, cuando condensaba sus primeros recuerdos de la guerra entre Rusia y Japón en el puñado de cerillas colocadas por el general Kuropatin sobre una mesa de su casa de San Petersburgo el día exacto en el que le había sido concedido el mando supremo del Ejército Ruso en Extremo Oriente.
Creo obviamente que, de vivir actualmente, Nabokov se plantearía su autobiografía de manera muy distinta. Probablemente presentara un libro con todas sus páginas en blanco. Porque, en esencia, no hay mucho que merezca la pena ser recordado de nuestra época. Los objetos que nos identifican actualmente son computadores, televisiones y teléfonos móviles. De uno u otro modo, hemos ido desprendiendo de contenido simbólico a nuestros hogares. Nuestras casas son hoteles y nuestros hospitales y morgues son momentáneamente recintos deportivos y parkings llenos de residuos. De mesas y sillas plegables. De objetos que anuncian su desaparición desde que son estrenados. Puesto que no nacen para perdurar sino para ser fulminados. Y consecuentemente, su presencia invoca un vacío. La ausencia de historia. De pasado. Y también de futuro. La enfermedad total.
Occidente al completo es una novela gótica llena de fantasmas. Un relato de Antonio Tabucchi plagado de ausencias. Un lienzo de un campo de concentración lleno de presos celebrando su entierro u oprimidos por su soledad. Una característica que la pandemia no ha hecho más que extremar. España entera de hecho se ha convertido en un poema de Hijos de la ira y el mundo en una mezcla entre una novela de Stephen King y Juan Rulfo. Un haiku fúnebre lleno de redobles de tambor. Los vivos se han convertido en zombies y los muertos en espectros que revolotean alrededor nuestro porque no descansan. ¿Cómo van a hacerlo si no han podido despedirse con un abrazo de sus seres queridos y se los desea enterrar en ataúdes de cartón? Miles de personas han desaparecido como si nunca hubieran existido dejando un vacío tan grande en el recuerdo de sus familiares como el que suele extender el arte moderno en nuestras conciencia. Un refulgente flash que se consume inmediatamente al ritmo de las cientos de insustanciales polémicas que se suceden en esas redes sociales impalpables e intangibles en las cuales obviamente no hay ninguno de esos robustos muebles y vetustas máquinas de coser que ejercían de resistente hilo de Ariadna en los infiernos modernos. Signo de que, a día de hoy, estamos siendo condenados al olvido instantáneo y perpetuo y de que, posiblemente, dentro de unos meses, pocos en la opinión pública recordarán estos muertos por otros motivos que no sea intereses electorales. Es decir; para compararlos con los de otros países ya sea para minusvalorarlos o magnificarlos. Shalam
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