En un Avería reciente hablé de Málaga. Una ciudad que, a simple vista, ha mutado de rostro de un modo increíble en las últimas décadas y se ha convertido en una urbe moderna, atractiva, llena de vitalidad y una apabullante oferta cultural.
Málaga podría perfectamente desdecir a los enemigos del liberalismo y el globalismo. Es un ejemplo vivo de cómo, sin perder del todo su esencia, una ciudad puede modernizarse y convertirse en un bastión turístico y cultural sin complejos de ningún tipo.
En realidad, no tengo ninguna intención de volver a repetir lo dicho en aquella Avería. Si hoy he vuelto al mismo tema es más bien porque, al releerlo, no he podido evitar pensar en Pasolini. Concretamente, en su última entrevista, realizada un día antes de su asesinato. El cineasta estaba terminando su novela cumbre, Petróleo, y aceptó reunirse con un joven fotógrafo, Dino Pedriali (más tarde considerado el Caravaggio de la fotografía), enamorado de su obra y de su persona.
Del fotoreportaje que realizó, Pedriali se fijó especialmente en la profunda soledad que envolvía y desgarraba al artista. Aquel era un hombre abandonado a sí mismo.
En el puente de Sabaudia (Latina), Pasolini le confesó: «Ya ni siquiera hay sitio para mí, ya nadie me quiere». Una frase impactante que, obviamente, se puede entender como preludio de su muerte o, mismamente, como una profecía agónica de una nueva era que despreciaba todo lo que Pasolini representaba y auguraba.
¿Qué conexión hay entre esta nueva Málaga, bollante y efervescente, y el crepuscular Pasolini previo a su asesinato? ¡Mucho más de lo que parece!
Estoy convencido de que Pasolini no hubiera alabado precisamente el desarrollo de Málaga. Hubiera visualizado su nuevo rostro como un decorado globalista en el que se utiliza la cultura para encumbrar lo que verdaderamente importa: el poder del dinero, del dinero que fluctúa, que se mueve, que circula.
Pasearía compungido, buscando un signo de autenticidad: un pescador, una vieja red, una tela de artesano perdida, un granero antiguo. Para Pasolini, Málaga hoy sería una ciudad hermosa pero vacía, un decorado radiante bajo el que ya no queda refugio para los disidentes del globalismo, los huérfanos, los críticos, los huraños, los obreros (confundidos entre coches de gama media, partidos de Champions y clubs de alterne), o los desheredados.
Es más que probable que a Pasolini no le sedujeran las luces de la ciudad y que se preguntara por lo que queda fuera de esa luminosidad. ¿Puede una ciudad crecer tan rápido sin perder para siempre a los suyos -a los que no lucen, a quienes no encajan en la postal del éxito-, a los nietos y biznietos de quienes escribieron su historia con sangre, guerras, batallas, sudores, partos furtivos y golpes de riñón?

Pasolini fue de los primeros en advertir de los inmensos peligros del turismo y el consumismo. El nuevo fascismo, el que venía, ya no se movía a golpes de rifle, órdenes de mando y galones militares (ni con discursos falsos en contra de la emigración) sino con alas coloridas de avión, folleto turístico, piscina, museos de arte contemporáneo y continuo ocio y distracciones.
Él mismo vio y sufrió esa mutación en la ciudad eterna.
La Roma que amó, en la que luchó y quedó fuera mil veces, también pasó de circo cultural a circo turístico global, de calle de niños enraizados con una historia inmemorial a salón turístico desbordado de museos y expatriados en el que el café se paga a precio de oro.

Hoy en día, repito, el fascismo no es ya el de Mussolini. Esos discursos rancios y pasados de rosca. El fascismo es algo mucho más insidioso.
El fascismo es no poder vivir sin móvil,
sin conexión a internet,
sin visitar un nuevo país cada año,
sin Mundial,
sin Olimpiadas,
sin festivales de música,
sin camisetas de Zara,
sin libros con portada de diseño,
sin arte contemporáneo vacío y desprovisto de toda crítica,
sin ironía y, por supuesto, sin televisión.
A este respecto, Málaga, la Manga, Barcelona, Madrid, París, Zurich (prácticamente el primer mundo en su totalidad) se estaría convirtiendo desde hace décadas en un peligroso infierno fascista. No precisamente por los políticos que todos nombran sino por los usos y costumbres que todos tenemos. Por el consumismo. Las marcas, Amazon. Los envíos. Bizum. La indiferenciación de clases y de ciudades y culturas.
A este respecto, lo más peligroso de la Málaga actual radicaría en que, por momentos, uno cree estar en Barcelona, en otros en Londres e incluso en una ciudad francesa mediterránea. Tal vez incluso en Bilbao. ¿Quién sabe ya?

Yo diría más. Lo peligroso de Málaga es lo difícil que resulta aburrirse. Lo fácil que resulta salir encantado, divertido. Porque donde no hay espacio para el bostezo tampoco lo hay para el resuello de la vida cotidiana, los destellos de vida verdadera que anidan en medio de calles y ciudades que en ocasiones respiran (y sestean) como las personas.
¿Quién cojones va a criticar esto? ¿Quién va a estar en contra? Pasolini sí lo criticó. Pasolini sí estuvo en contra. Y por eso, entre otros motivos, fue asesinado. Terminó convertido en un hombre invisible, un poeta que caminaba a través de puentes y barrios antiguos sabiendo que ya no había sitio para él. Que ya nadie lo quería.
Al fin y al cabo, todos los ciudadanos vivían alborozados por la globalización y sus promesas. Vivían ajenos a la orfandad que deja cada foco nuevo y festival de un mundo que ha terminado convirtiéndose en ese divertido parque de atracciones que a Pasolini tanto hubiera entristecido. Su Roma, su querida Roma, por ejemplo, seguía deslumbrando a sus visitantes casuales pero ya no abrazaba con su espíritu a los que la habitaban. Era más un vampiro sibilino, una gárbola preparada para extraer dinero de sus visitantes que una enigmática silueta a descubrir llena de vida y libertad.
Precisamente ahí está el fascismo. No en el parlamento sino en el mercado, en la bolsa. En la incapacidad de disentir contra la diversión y el ocio. En la transformación de lonjas y zocos que olían a pescado, cocina, horno y camisa sudada, en museos donde ahora resplandece, bajo vitrinas custodiadas, una mierda de artista que no huele a nada más que a dinero. Shalam
ينبغي للمرء أن يخجل من ارتكاب الخطأ، لا من إصلاحه.
Hay que avergonzarse de cometer una falta, no de repararla






Gracias Alejandro, por esclarecer y recordarnos lo que Pasolini identifico, denuncio. Permitiendo que todavía sus reflexiones y palabras nos zarandeen.
Las grandes ciudades flotan sobre las cloacas que las terminarán devorando
Así es José Luis. Tal vez lo que ahora reluce como oro con el paso de los años o siglos demuestra ser una trampa. Ya se verá. No lo sabemos. En cualquier caso, es de agradecer siempre visiones tan descarnadas y lúcidas como la de Pasolini.
1imagen…estoy atento a lo que ocurra incluso con mi ombligo…
2imagen….escolar escribiendo (el muro del monasterio)…..(dispuesto para la foto)…..
3imagen…debajo del carro amarrado llevan al perro (porque no lo suben si hay sitio)..(viridiana-1961)…gran similitud de los animales.
4imagen…en marcha vespa club a calarreona…jajajj….
5imagen…cubi transparente…(material petrolifero)..el arte urbano necesita de la ciencia)….tambien entorno…..
6imagen…el gran simbolo del arte idea…(significado-materiales y lo que espectador aporte)…..
PD…a pasolini le hubiera gustado pensar en esto antes de morir en 1975…una verdadera merienda de negros…jajajjjj…la zorra chupeta…..uhmmmmmm….
https://www.youtube.com/watch?v=jJvjWh2Vhu4&list=RDjJvjWh2Vhu4&start_radio=1
1) Soy más ser humano que filósofo pero nadie lo sabe. No me quieren. 2) No se nota que estoy posando para una fotografía. 3) Tarantino te hace un western con esta escena. Suena…»Malagueña»…jajajaj 4) Milana bonita. Por ahí aparece de repente Paco Rabal echándole un piropo a la señora Ana. 5) Cubo de Rubik. Antes el arte era exclusivo de los nobles. Ahora lo es de los pijos..jajajaj. 6) Lata de atún disecado que huele mal. Como el dinero..jajaj. PD: Pasolini lo mismo los metía en algún momento de su Orestiada africana como extras..jajaj