Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En realidad, resulta muy claro que José Mourinho es un campeón. Hasta hace muy poco tiempo, ha sido un excelente técnico y motivador. Un top. Alguien que parecía tener una varita mágica, conocer perfectamente los secretos de los vestuarios y el campo, la manera de debilitar psicológicamente a sus rivales, acabar con los insanos privilegios y caprichos de sus jugadores e intimidar a los árbitros hasta el punto de haber logrado convertir al Oporto y al Inter en reyes de Europa. Aunque probablemente no fueron esos equipos su gran obra maestra sino el Chelsea de Abramóvich. Una máquina rocosa que era dificilísima de vencer llena de talento, sí, pero en la que nadie regateaba un esfuerzo. Todos aportaban su grano de arena para cubrir el campo y asfixiar a sus rivales. Por si eso fuera poco, logró además que el Madrid resistiera el envite -no importa que fuera con faltas, malos modos, pésimas declaraciones y comportamiento o llevando al límite el reglamento- contra el mejor Barcelona de la historia. Y volvió a insuflar el espíritu inconformista y extremadamente ambicioso en el Bernabeu. Tanto es así que algunos piensan -con bastante razón en mi opinión- que él es el responsable en la sombra de las cuatro Champions que el club de la Castellana ha logrado durante esta década.
Sin embargo, lo que llama la atención de Mourinho es que no parece tener a sus espaldas todos esos títulos y galones. Y lo que transmite por lo general es ansiedad. Inconformismo. Opresión. Angustia por no ser el mejor en todo y en todo momento. Hasta el punto de que me atrevería a bautizarlo como el Antonio Salieri del fútbol moderno. No porque lo sea realmente sino porque, de algún modo, lleva a sus espaldas una sensación hostigante de fracaso. Parece un millonario revenido. Un ególatra de manual. Un maníaco hospitalizable. Pues inconscientemente busca siempre compararse con alguien más vistoso y superior de tal modo que si ganara un Mundial con Portugal estoy seguro de que, en vez de celebrar alegre y emocionado en el vestuario y agradecer a dios esa maravillosa oportunidad, inmediatamente lanzaría monsergas egocéntricas, mandaría mensajes envenenados a diestro y a siniestro y empezaría a calibrar si levantar por segunda vez el trofeo lo convertiría en el mejor técnico de la historia. Aunque estoy asimismo convencido de que si ganara cinco tampoco se encontraría satisfecho pues miraría a los cielos y se daría cuenta de que no es dios. Y no sería por tanto extraño que inmediatamente emprendiera una cruzada para o bien negarlo o bien desafiarlo y vencerlo.
Creo que por esto José Mourinho es una buena metáfora de algunos de los cánceres que recorren las vias del capitalismo moderno. De esas sociedades que necesitan tan desesperadamente triunfadores que al final terminan por convertir a todos sus integrantes en perdedores. Puesto que ni respetan los ritmos de maduración y crecimientos normales ni les interesa entenderlos y no se conforman con nada. Han extirpado el amor de cuajo del centro de su vida social y siempre quieren más. Lo que sea. No importa. Pero siempre algo más. Algo más.
Un calificativo que creía tener al alcance de la mano a su llegada al Real Madrid pero se le escapó para siempre con ese torbellino inolvidable que fue el 5 a 0 que recibió en el Camp Nou hace prácticamente una década. Una de esas derrotas trascendentes que escuecen por años que lo hizo transformarse en alguien tan temible como Darth Vader pero que todos sabíamos que en el fondo, era un juguete de Florentino Pérez (el Emperador) y que, a pesar de ponerlo en aprietos, se vio obligado que hincar la rodilla ante Pep Guardiola y los suyos (las fuerzas de la resistencia). Pero al contrario que el villano de Star Wars no hizo propósito de enmienda y siguió en lo suyo. Tal vez porque ha mezclado con tanta eficiencia persona y personaje que ya ni él mismo sabe distinguirlos. Probablemente porque es muy consciente de que la vida privada es un asunto y otro el fútbol. Una actividad que hace demasiado tiempo dejó de ser un deporte y se entiende tal vez mejor con un libro de Sun Tzu en las manos que revisando partido tras partido de manera obsesiva en la intimidad de un vestuario. Shalam.
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