Sergio Chejfec o las grietas
El año pasado tuve la suerte de realizar una entrevista al escritor argentino Sergio Chejfec para la revista El coloquio de los perros. La dejo a...
Frente a los hombres solitarios, angustiados retratados por Elias Canetti, Robert Musil, Jean Paul Sartre o Albert Camus, Cabrera Infante aparecía como una especie de prestidigitador, mago sin chistera, que sin necesidad de pertenecer a grupo surrealista alguno, decía una única verdad: no hay ni puede haber vida que merezca la pena ser vivida o literatura que merezca ser leída si éstas no son capaces de hacernos bailar junto a las sirenas de la felicidad y el placer. Si no consiguen extraernos una sonrisa que rompa el tedio habitual en el que nos hallamos sumergidos. Y es por estas razones por las que me resultan tan ajenas las voces agoreras que aluden a su muerte o testimonian haberlo visto encerrado en un oscuro ataúd, y aún hoy quisiera imaginarlo como algún noctámbulo personaje de Poe, clavando sus uñas en la tumba para escribir un epitafio humorístico en su propio honor.
Ciertamente, referirse a la obra literaria de Cabrera Infante, significa hacerlo de textos compuestos para leer tomando un ron. Escritos que consiguen que las matemáticas y la lógica desborden fantasía, traspasen el otro lado del espejo, 1 y 1 sumen 5 y los teoremas y las fórmulas químicas se pongan a bailar sobre las teclas de un piano. Novelas en las que la voz de Bola de Nieve derretía los poros de las páginas, los saxofones se convertían en escaleras de múltiples colores y las sílabas se plegaban sobre sí mismas como mariposas. Libros que se disolvían en torno a conversaciones, risas, frenéticas danzas. Y es por ello que aún resulta, repito, tan difícil concebir la muerte del escritor cubano. Casi inconcebible, teniendo en cuenta que lo único que él necesitaba para sentirse vivo eran unos cuantos aforismos de Harpo Marx y una película de Charlie Chaplin o de Quentin Tarantino.
¿Qué habría sido de Cabrera Infante sin el cine? No lo sabemos. Porque para él, el cine era la vida. Un motivo por el que no morir y saltar de alegría como muestran los puntillosos, originales textos que dedicara a decenas de películas. Una prueba de que para él la película deseada siempre estaba por llegar. Esta tarde. Mañana. Hoy. A la noche. Sobre todo, a las horas de la madrugada: cuando Jacques Tati nos mira directamente y nos guiña el ojo o Drácula asoma entre las sábanas donde dormimos, clavándonos sus colmillos.
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