Un Camino. Día 26.
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé del día 26. ¡Ahí voy! Un...
Realmente, el punto de partida de la obra es impresionante. Como consecuencia de esa merienda extraterrestre, en muchas de las ciudades donde se instalaron algunas personas que estuvieron en las zonas «prohibidas» suceden imprevistamente determinados accidentes y catástrofes naturales jamás registrados allí antes. Y aparecen determinados objetos -los vacíos llenos, la Bola Dorada, las lámparas de la muerte- imposibles de definir cabalmente. Contribuyendo a crear un ambiente entre mágico y decadente que da fuerza a un texto lleno de posibilidades y sugerencias que si he de ser sincero, me parece que los hermanos Strugatsky no consiguieron terminar de desarrollar del todo y hubiera deseado que exprimieran con mayor amplitud pues en verdad, se podría haber realizado toda una saga de la dimensión del Señor de los anillos o Juego de tronos con este punto de partida.
No hay duda de que la idea de que Picnic extratarrestre daba para mucho. De la cuarta parte de la obra de los hermanos Stragutsky y de un recomendable guión (modificado en gran parte) que realizaron exclusivamente para él, Tarkovsky extrajo los fundamentos de una obra que, sin dejar de lado el fondo de ciencia-ficción, rastrea la esencia divina, el amor universal, entre parajes desoladores, recónditos e inescrutables repletos de arcanos secretos. Una obra que aboga por el al amor frente al pensamiento lógico y técnico, como refleja en su escena final (homenajeada por R.E.M. en su vídeo) donde consigue hacernos sentir -sin necesidad de razonamiento lógico alguno- que la relación de una madre con su hijo o la inocente mirada de un niño son fenómenos tan milagrosos como cualquiera de los que ocurren en la Zona.
Tarkovsky consiguió ir más allá de la novela de los Strugatsky, dotando de un carácter místico e introvertido, con ciertos rasgos de santón, al stalker Redrick Schuhart. Logrando extraer, a su vez, poesía a borbotones del intenso recorrido por la Zona. Un «lugar sagrado» cuya alma percibimos similar a la de un ser vivo. De hecho, ella sabe quién merece cruzarla y acceder a algunos de sus secretos o no. La Zona escucha. Es un organismo muy atento. Posee una esencia inmutable, aun moldeable, casi divina que entiende y conoce intuitivamente qué es lo que necesitan nuestros corazones o lo que realmente deseamos. Un muchacho puede entrar en La habitación de los deseos pidiendo volver con su antigua novia y al regresar a su hogar, encontrarse con decenas de mujeres esperándolo. Una muchacha tal vez solicite tener un reconocimiento profesional y días después, sus rasgos faciales cambien y se haya convertido en una mujer muy bella y deseada. Y puede que un hombre acuda a este lugar suplicando la sanación de un familiar enfermo y que el ser desvalido muera, dejándole una considerable herencia. Revelaciones todas ellas del poder de la Zona que si bien, en principio, deberían provocar una gran expectación e interés por el desarrollo de la acción dado que no sabemos qué sucederá con los deseos que soliciten el científico y el escritor que acompañan al stalker durante todo el filme, finalmente no es así. Porque, en el fondo, lo decisivo para Tarkovsky, es la transformación que sus personajes sufren en el transcurso de este fascinante viaje al «corazón de las tinieblas y luces» del ser humano. Una odisea cinematográfica que sin mencionarlo directamente, refleja la podredumbre moral a la que nos ha conducido el capitalismo -el sistema que promete que todos nuestros deseos se cumplirán- y dónde hemos de encontrar la esencia de nuestra vida: en nuestros corazones. En la conciencia que se rinde ante los dictados del amor y sabe ser compasiva, paciente y resistir, guiarse por dictados éticos, a pesar de que las circunstancias estén en contra.
Tarkovsky parece sugerirnos que no hay amor sin conciencia, es difícil agrandar esta última sin sufrimiento y que necesariamente, el cambio espiritual que requiere el mundo, llegará cuando experimentemos en lo más hondo tanto nuestro dolor como el de los demás. Algo que, desde luego, la sociedad de consumo y sus legiones de psiquiatras que aturden y drogan a miles de personas con todo tipo de pastillas, se niegan a que ocurra.
Hoy he pensado por ejemplo, qué es lo que sucedería si entrara en la Habitación de los deseos. Probablemente pediría conseguir ser, antes o después, un escritor reconocido. Creo que es el deseo latente que tengo a flor de piel desde siempre pero entiendo que es realmente accesorio. Por lo que estoy convencido de que, de tener valor para introducirme en la Habitación, volvería a escuchar a Michael Stipe recitar los primeros versos de ese poema eterno que es «Losing my religion» y que al regresar a mi casa, este deseo no me habría sido concedido. Continuaría escribiendo regularmente en averíadepollos y terminando de corregir El jardinero sin mayores alteraciones. Sin embargo, algo habría cambiado. Habría signos de vida en mi casa. El humo de un cigarrillo. Un olor diferente. Una tos. Una rebeca en un sillón. Y entonces observaría, sí, atravesando la frontera que separa a los vivos y los muertos, a mi padre caminando hasta fundirse en un abrazo eterno conmigo, como únicamente él y yo sabemos que necesitaríamos y podríamos darnos. Un abrazo directo al corazón al igual que ese Libro del padre (o Libro de la conciencia) que confío un día terminar dado que entiendo que si logro escribirlo, todos, absolutamente todos mis deseos se cumplirán. Pero los de verdad. Los auténticos. Los que merecen la pena. Aquellos que me harán crecer a mí (y al resto de mis semejantes) como pienso ahora que acaso únicamente podría hacerlo ese abrazo (imaginario) con mi padre que un día, gracias al poder sanador y milagroso del arte, será real para siempre y jamás. Shalam
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