Para bien o para mal, Mercury Rev es un grupo vinculado a dos discos aparentemente insuperables. Dos hitos. Dos fantasías cósmicas de esas que dejan sin aliento a los oyentes y convierten inmediatamente a un grupo compuesto por personas de carne y hueso en un mito. Personajes de leyenda más propensos a convertirse en dibujos animados y aparecer en las viñetas de un cómic de rock psicodélico que en músicos comunes dispuestos a ser entrevistados para presentar sus creaciones.
El par de obras a las que me refiero, claro está, son Yerself Is Steam (1991) y Deserter’s Songs (1998). En este avería me ocuparé de la primera. ¡Ahí voy!
Un flipazo

Yerself Is Steam, el primer disco de Mercury Rev, era un flipazo. Un diabólico rompeoídos. Una incendiaria locura que convertía los más imprevisibles cambios de ritmo en rutina y transformaba a las guitarras eléctricas en salvajes llamaradas que lo mismo servían para describir la mente de un esquizofrénico que un viaje de LSD en medio de un sótano lleno de agua.
Yerself era, sí, una puta locura. Una locura con mayúsculas. En Yerself, Mercury Rev no cambiaban el rock (ni falta que hacía), pero sí le daban una vuelta de tuerca más. Lo estrujaban, lo convertían en dibujo animado, en lisérgico carnaval donde todo era posible. Su disco era bello por extraño y extraño por imprevisible. Resultaba casi más difícil aprenderse sus canciones que el listín telefónico.
Casi me atrevería a decir que quienes penetraban en Yerself no lo disfrutábamos, sino que sobrevivíamos a él. En cierto sentido, Yerself era parecido a una inquietante atracción de feria. Nunca satisfacía nuestras expectativas. A veces transmitía calma, otras vértigo, casi siempre nos hacía alucinar, muchas veces parecía desafiarnos, otras nos hacía volar; en ocasiones nos golpeaba y casi siempre nos mantenía a la expectativa, sin saber lo que iba a venir después.
Al choque de estímulos y vuelos contrarios y caóticos contribuía, desde luego, que fueran dos los vocalistas por aquel entonces de la banda. David Baker (el Syd Barrett de Mercury Rev) cantaba como si estuviera afónico o lo hiciera en una grabadora defectuosa. A veces destilaba euforia y otras, una nostalgia crónica que convertía su voz en desalentadora. A veces gritaba como un loco en un manicomio y otras transmitía la lúcida serenidad de quien viene de experimentar un viaje inolvidable de drogas. Y, por otra parte, Jonathan Donahue (el Roger Waters de la banda) cantaba al modo de un crooner ahumado, pasado de tabaco y copas, lleno de nostalgia y timidez, y de un lirismo bucólico. Cuando sus voces chocaban, era como ver dos bandas completamente opuestas coexistiendo en la misma habitación; como si las canciones se interpretaran al mismo tiempo en una guardería y en medio de una iglesia negra llena de acólitos del diablo.

En cualquier caso, creo que para comprender mejor de dónde procedía todo ese maravilloso caos inconexo es necesario contextualizar varios hechos. La banda se había formado en Buffalo en los 80, una ciudad por entonces barrida por la recesión, incendios e inviernos interminables que forzaban la mente y el espíritu de sus habitantes al límite. La psique de cualquiera podía desintegrarse allí. Más, si no tenía un medio de vida ordenada o se dedicaba al arte.
Los miembros clave de la banda tampoco tuvieron la típica educación rockera. Existe un muy esclarecedor (realmente soberbio) artículo en Pitchfork realizado por Stuart Berman que explica la formación de los componentes de Mercury: por ejemplo, «Donahue estudió con Robert Creeley, el célebre poeta posmoderno cuya obra minimalista y evocadora a menudo adoptaba la lógica no lineal del jazz. Mackowiak estudió con el cineasta vanguardista Paul Sharits y el compositor Tony Conrad, cuyas exploraciones de drone a principios de los 60 sentarían las bases de The Velvet Underground, y cuyas enseñanzas en clase inculcaron a Mercury Rev nuevas perspectivas sobre la creación artística. (…) Les obligaba, sin ir más lejos, a escribir críticas positivas de una obra que odiaban y negativas de una que amaban». Baker, por su parte, ni siquiera pensaba en términos musicales. “Nos influyen más las emociones que la música”, le diría al LA Times en 1993. “Una influencia podría ser un petardeo de coche, el chocolate, el sexo o la privación de sexo”.
Se trataba de perder el miedo a la pregunta: ¿qué es el arte, qué es la basura, qué es pop, qué es un clásico? Y luego, directamente, mandar a paseo la respuesta.

A esto hay que añadir que Jonathan Donahue había sido miembro de otra banda de lunáticos experimentales, como The Flaming Lips. Así que estaba bien entrenado para desbarrar y llevar su mente e ideas musicales a otra dimensión. No cabe duda, por tanto, de que todas esas circunstancias contribuyeron a que Mercury Rev jugara desde el principio en una liga diferente a la mayoría de músicos de la época. Muchos de aquellos artistas parecen un tanto afectados superficialmente. Buena parte de las experimentaciones no suenan peligrosas, sino casi como una frívola provocación, una manera sutil (y fácil) de ganar los favores de la crítica y el público.
Pero ese no era el caso de Mercury Rev. Su liga era la de los artistas lunáticos y perdidos. Su experimentación no surgía tanto de una voluntad de epatar como de necesidades existenciales y espirituales o, mismamente, de la carestía económica. De hecho, el escaso dinero y su limitado uso de la tecnología obligó a la banda a ser creativa hasta el absurdo. La limitación de recursos les obligaba a crear mundos con cuatro cables y un contestador automático. Donahue enchufaba la guitarra a un altavoz de tele reciclada y grababa maquetas en cassettes que no sobrevivirían un invierno más; de las que nacía, casi por azar objetivo y caótico, el vapor melódico, el error, el milagro sónico. Todas esas melodías sin rumbo alguno que merodean como espíritus tambaleantes en Yerself.
A su vez, es también importante entender otro detalle. La banda no se formó para tocar en clubs o estadios. Su intención no era dar conciertos, sino convertirse en compositores de bandas sonoras cinematográficas. Soñaban con ganarse la vida componiendo para películas. Más marcianos, por tanto, no podían ser. De hecho, Yerself nació en principio como banda sonora para cortometrajes realizados por estudiantes universitarios que se proyectaban en pases nocturnos en galerías locales y para documentales de naturaleza que veían en la televisión. Una puta locura que uno casi puede entender que terminara con los miembros de la banda rompiendo los instrumentos, la tele o el reproductor y mandando a tomar por culo a los patos, a los conejos y a los ciervos.
En fin, en cuanto Yerself apareció, dejó flipados a muchos. Convirtió inmediatamente a Sonic Youth en un grupo mainstream. Un grupo rutinario de oficina. Marcó una frontera de locura y ruido sin orden con My Bloody Valentine y, por momentos, debido a su desquicie, transformó en música clásica al rock psicodélico anterior.
Ese era el tremendo alcance de una obra parecida a un agujero negro que no parecía compuesta por seres de carne y hueso, sino por Tom y Jerry de parranda o por cualquiera de los personajes de Looney Tunes en una verbena onírica.

En verdad, el disco era tan agresivo y fuera de onda que no me hubiera extrañado saber que cualquiera de los músicos había perdido la cabeza mientras lo grababan y había tenido que ser internado en un sanatorio. Hubiera sido lo más lógico, teniendo en cuenta lo que se escuchaba en sus surcos: chispas ácidas, lianas melódicas, metáforas imposibles de descifrar. Pura nitroglicerina ruidosa. Una mezcla fuera de toda lógica, llena de libertad, fiereza y sensibilidad entre el shoegaze y la psicodelia lowcore. Lógicamente, el videoclip que la banda grabó para promocionar el disco, “Chasing a Bee”, se filmó en un hospital abandonado de enfermedades infecciosas donde estuvo ingresada Mary Mallon, la primera persona en Estados Unidos a la que se identificó como portador asintomático de los patógenos asociados con la fiebre tifoidea.
¿Podía ser de otro modo?
Yerself era un disco anti mensaje, pura disidencia, en el que no había ningún contenido social que descifrar. Los mensajes que aparecían de repente parecían tan trascendentes como los pensamientos que se suelen tener durante los cuelgues ácidos, pero se disolvían con idéntica facilidad. La esencia del disco era revoltosa. Si acaso había que hacer algo al escucharlo, era comer setas o soltar unos cuantos eructos en medio de un camping. No era, por tanto, un álbum para entender, sino para sentir. Era un túnel de espejos rotos, donde las melodías aparecían y desaparecían como sombras, los instrumentos hablaban en morse y los ritmos se retorcían en síncopas que parecían risas de payasos en medio de parques abandonados.
Yerself era una tormenta de chillidos, ideas inconexas y estampidos disruptivos. Un disco que se encontraba en una esquiva frontera donde genialidad y alienación se cruzaban furtivamente. Más que un viaje, el disco era un accidente. Un naufragio azaroso. Más que canciones, el disco tenía ocurrencias. Cada tema era una puerta a un sótano de colores, en ocasiones chillones y en otros negros y angustiosos. A veces, parecía que Mercury Rev se reía de la música incidental, otras que redimensionaban el legado de The Beach Boys y, a veces, que homenajeaban a Neil Young haciendo sonar sus más clásicas composiciones en una batidora o un tubo de cristal. De Yerself, de hecho, se puede decir que él solito casi inventó a una banda tan expansiva y colgada como Animal Collective o incluso que resucitó el espíritu de Canterbury sin quererlo. Más fruto de la casualidad que por algún tipo de intención artística.

Más que un disco, por tanto, Yerself era un suicidio. Una aventura salvaje. Una obra insólita, con vocación de locura y anonimato, que invocaba de manera alucinada a todos los fantasmas y espíritus del rock. Era un sueño en el que los oyentes pasaban por un sinfín de estados de ánimo (de la frustración al éxtasis) y que terminaba sin dejar una mísera pista del lugar en el que habíamos estado. Era, en realidad, casi más un juego en la arena de un país inexistente que música. Porque, sobre todo, era ruido, sí, pero ruido de ese que solo se crea cuando los niños y adultos olvidan todas las reglas. Shalam
يلوم الثعلبُ الفخَّ، لا نفسَه
El zorro condena a la trampa, no a sí mismo.





1imagen…portada de «yerself is steam» 1991 babas de verano en bañador (los pezones de venus)…….el vapor de «el extranjero»1967 luchino visconti….(espejismo)…
2imagen…»velvet underground» en 1991….demasiado….
3imagen…algunas veces el conocimiento no es suficiente para hacer arte……
4imagen…la diferencia la pone el instrumento voz….
5imagen….espejismo sudoso del outsider…..
6imagen…llenalo («el cartero siempre llama dos veces» 1946….)
7imagen…cuatro nueves…cuatro jotas….bangggg,banggggg….
8imagen…aun asi quien no quiere ser mainstreet musical…
PD…syd barrett-pink floyd…1967…see emily play….dibujos animados….
https://www.youtube.com/watch?v=7c0EDM-Yu9o&list=RD7c0EDM-Yu9o&start_radio=1
PD2…pink floyd…arnold layne…1967…caleidoscopio de aceite..lenceria femenina….jajajjjj
https://www.youtube.com/watch?v=H3DGpINHX5Q&list=RD7c0EDM-Yu9o&index=2
PD3…the beatles…hey bulldog…1967….magnifica….jajajjj
https://www.youtube.com/watch?v=M4vbJQ-MrKo&list=RD7c0EDM-Yu9o&index=4
1) Niña de las calzas largas. Flamenco y psicodelia. 2) Los Marañones tocando a Velvet Underground..jaja 3) Fotografía de una serie de televisión centrada en jóvenes atractivos y un poco disfuncionales. último año universitario. 4) Estoy más colgado que el LSD 5) Freaks en blanco y negro. El mercurio sube y sube como la droga. 6) ¿Quién se marcará el primer farol? 7) Un tripi que sube y sube y lo hace en color sepia..jajjaaj PD: 1) maravilloso vídeo que desconocía. Dejando a lo lejos a The Who. 2) Las caretas recuerdan a Eyes Wide Shut. Continuación del otro vídeo. Más locura. La playa como lugar mágico. Pink Floyd pareciéndose a The Beatles. jajaj. 3) En este caso, los beatles (en comparación) parecen niños, más bien niñitos, aplicados. Progresan adecuadamente en su liderazgo pop.