Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé de los días 39 y 40. ¡Ahí voy!
Un Camino. Días 39 y 40
Sábado, 23 de agosto y domingo, 24 de agosto
Resulta, por supuesto, un placer desayunar en la ermita de San Nicolás. Los muchachos italianos partieron varias horas antes, siguiendo el rumbo de la luna negra, como si fueran guiados por una fuerza turbia y natural aún más poderosa que el Camino. Así que sólo somos cinco peregrinos los que compartimos el primer café, ante la mirada imperturbable de los iconos cristianos y de las piedras antiguas. Antes de partir, y conforme empaqueto la mochila, María, la hospitalera, me regala un suculento bombón italiano por haber fregado los platos ayer. Lo había olvidado por completo. En el Camino, cada uno aporta lo que puede: a veces es aliento, compañía, un oído que escucha; otras veces se cocina o se friega. Hay días incluso en que uno se permite el lujo de no hacer nada. No importa. Lo importante es compartir y dar lo poco o lo mucho que cada uno lleva dentro. Importa ser y estar. Gran parte de los valores desterrados por la sociedad de consumo, en la que todo tiene un precio.

Como suele ser habitual, hoy salgo tarde. En principio, apenas presto atención al paisaje, ya que ayer, mientras esperaba que la ermita abriera, ya recorrí los primeros kilómetros de la etapa. Atravieso, por ejemplo, el puente Fitero como si fuera un viejo conocido. Aunque el motivo de mi aparente desinterés por la ruta es otro. Hoy llevo una tarea en la mochila más pesada todavía que el saco real. Debo escribir, como estaba previsto, un texto para la exposición de apertura de la Galería Efímera en Murcia. Debería entregarlo el lunes o, como máximo, el martes. Durante esta semana he ido dejando pasar los días, pero ahora ya no puedo estirar el plazo. Un artículo así no se escribe en unas horas: requiere un día entero. Así que, mientras camino, tengo claro que esta etapa la terminaré en Carrión de los Condes, donde pasaré el domingo escribiendo. Obviamente, no puedo hacerlo en un albergue; tiene que ser en un lugar privado, como un hotel.
Comienzo a llamar, pero la ciudad se encuentra en fiestas y las plazas de los hostales y hoteles (cuyo precio me parece razonable) están reservadas. Tras varias llamadas más, desisto. El Camino proveerá. Ya buscaré un lugar cuando llegue. En la ermita, el tiempo parecía no transcurrir, parecíamos estar en otro siglo. Ahora las fiestas, las prisas y las reservas me devuelven a la realidad. En España, a pesar del auge de internet, el pueblo en general no perdona una celebración. Puedo sentir a lo lejos el aliento de un inmenso jolgorio que, en este caso, no disfrutaré. El deber me llama.

Me dirijo ahora hacia Boadilla del Camino. En un pequeño muro contemplo unos versos del célebre poema de Antonio Machado, «Caminante, no hay camino» (popularizado por Joan Manuel Serrat), que me obligan a reflexionar sobre el mismo. En realidad, he evitado hasta hoy hablar del célebre poema porque me parecía demasiado evidente hacerlo. El Camino (sobre todo, a su paso por la Meseta) remite, lo queramos o no, a esta icónica cumbre de la lírica española que Machado incluyó dentro de la serie «Proverbios y Cantares» en su célebre Campos de Castilla (1912).
Cualquier persona que haya vivido o recorrido la ruta jacobea tiene por fuerza que hacer suya esta expresión: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.” Más que nada porque, aunque la vía esté trazada y todos sepamos hacia dónde lleva, su magia radica en ser distinta cada vez que la recorremos. El guion de cada vida (y Camino) es distinto, por más que sepamos que comienza en la infancia (Sevilla, Almería, Tours, Roncesvalles) y finaliza en la vejez (Compostela o Finisterre). Aunque también puede acabar por accidente en el momento más imprevisto. El poema de Machado es, por eso mismo, un poema del «aquí y el ahora». Es un poema del asombro. Hay cientos de miles, millones de peregrinos que han recorrido esta ruta, pero nadie lo ha hecho del mismo modo. La vía se regenera constantemente. A nadie le dice lo mismo. Cada camino se reinventa en cada cuerpo, en cada día, en cada ánimo.

Eso es precisamente lo que siento cuando llego a Boadilla del Camino y me doy de bruces con la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Un templo considerado Monumento Histórico Artístico en el que, de nuevo, lo sagrado y legendario se confunden. Su retablo dorado y hasta el aire enrarecido que vibra en su nave parecen guardar secretos de órdenes caballerescas, pactos mudos y plegarias olvidadas perdidas en medio del polvo y la tierra del Camino y antiguos mantos virginales.
¡Cuántos ojos habrán visto esta iglesia y habrán sido vistos por ella! ¡Todos diferentes! ¡Todos habrán captado un matiz distinto! ¿Qué habrá pensado al verla, por ejemplo, Antoine, (el peregrino francés que ayer conocí, que venía caminando desde París)? Yo mismo, por equivocación, la confundí al principio con una iglesia templaria. Bajo la mirada del templo no solo convierto en recuerdo la imaginación, sino lo jamás vivido.
Sigo caminando en dirección ahora hacia Frómista. Pienso de nuevo en el poema de Machado. Concretamente, en estos versos: «y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar». Pienso ahora en tantos caminos perdidos, decisiones erradas o acertadas que me fueron apartando de rostros y almas con las que probablemente ya no me cruce. De hacerlo, de hecho, esas personas serían otras muy distintas de las que conocí, tal y como yo lo sería para ellos. Pienso ahora concretamente en este Camino, en todos los compañeros que se han distanciado a su propio ritmo, por todos los parajes ya cruzados cuya memoria se va diluyendo igual que la sombra al declinar el sol. Recuerdo afectos perdidos, instantes de alegría breve o de pura angustia, todo aquello que ya no es más que surco borrado por el tiempo. Puede sonar a tópico, pero el caminante camina desnudo o no camina. Y, para eso, debe —en mi humilde opinión— hacerlo solo.

A los pocos kilómetros, llego a Frómista, donde me doy de bruces con el Canal de Castilla. Una obra de ingeniería concebida por el Marqués de la Ensenada y construida entre 1753 y 1849 con la idea de transportar el cereal castellano hasta el Cantábrico por medio de barcas. Allí compro varios plátanos y manzanas en una tienda de alimentación y prosigo mi ruta. Hace, por cierto, un calor inmenso y casi no veo peregrinos. Me siento solo, un tanto perdido, pero bien. El bochorno hace, de todas formas, que no me detenga a contemplar una iglesia que deseaba visitar: la iglesia de San Martín de Tours, un templo románico del que se cuentan maravillas. Me llama la atención, cuando la contemplo a lo lejos, saber que no hace demasiado (a finales del siglo XIX), estuviera casi en ruinas. Hubo varios desprendimientos en las bóvedas y paredes y fue declarada inadecuada para el culto. Hoy, sin embargo, luce impenitente. Un reflejo que nos muestra que nada está escrito. Toda alma puede reconstruirse desde las cenizas.
Sigo en la ruta, mascullando de nuevo los versos de Machado. Un poema que pide al viajero que se deje sorprender. Un posible antídoto contra la rutina de la España de su época. En realidad, aunque el que se incrustó en la conciencia popular fue el ya mentado, Machado escribió varios poemas sobre caminantes. Tal vez el que más se ajuste a la razón de fondo por la que comencé esta ruta en concreto sea «Caminos». Un poema en el que el paisaje castellano y los senderos se cruzan mientras el poeta medita sobre el dolor y la imposibilidad de caminar junto a su amada, que se cierra con un sentido lamento: «¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!». Pero probablemente, los versos que mejor se ajusten a lo que he ido experimentando a lo largo de la ruta, sean aquellos con los que se abre «Yo voy soñando caminos».
«Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…»

En fin. Durante los siguientes kilómetros me pierdo en mis propios pensamientos. Atravieso un merendero y un bosque y continúo hacia delante sin saber muy bien ni por qué ni para qué. Guiado por la costumbre y esa inocente fe interior que caracteriza a los peregrinos.
Los lugares que recorro son agradables, pero ninguno llama especialmente mi atención hasta llegar a Villarmentero de Campos, donde hago un descanso en el albergue Amanecer. Un espacio bastante agradable, en el que destacan dos estatuas que confundo con Adán y Eva (no llego a saber lo que representan) y se dan clases de reiki, meditaciones y otro tipo de prácticas similares.

Los encargados escuchan un disco antiguo de U2 y me saludan y hablan brevemente conmigo como si me conocieran de toda la vida. Me queda claro que Amanecer es un lugar en sintonía con la Nueva Era. Hay también ocas en el recinto y algún burro. Un fino aroma surrealista que me resulta, obviamente, llamativo. De hecho de no ser porque tengo que escribir el texto de Efímera, me quedaría a dormir en una de sus cabañas o incluso en una hamaca. Probablemente encontraría allí a uno de esos lunáticos tan típicos del Camino que me dejaría asombrado con sus experiencias o, al menos, disfrutaría de alguna conversación excéntrica. ¿Quién sabe? ¡Será en otro momento!
Cuatro kilómetros después, ya un poco exhausto, decido detenerme en Villalcázar de Sirga para contemplar su impresionante iglesia templaria. ¿Conoceríamos estos lugares, los visitaríamos con cierta frecuencia si no es por el Camino? El templo es fascinante. Misterioso, oculto, antiguo y lleno de iconos que remiten a una espiritualidad perdida, un recogimiento oscuro y secreto, pero lleno de sacra santidad que resplandece con una profunda luz ocre frente a los frívolos vaivenes de la sociedad contemporánea.

Al salir, encuentro al alemán enamorado del Románico con el que hablé ayer. Me comenta que ha decidido pernoctar en un hotel con vistas a este templo. ¡Qué buena idea! Aprovecho para tomar un café con él y una pareja: un inglés y una española que se queja de la mala salubridad que hay en el Camino. Los peregrinos hacen sus necesidades por aquí y por allá, convirtiendo las rutas por las que pasan en auténticos estercoleros. Habla rápido en inglés (está indignada) y no termino de comprenderla del todo. Pero asegura que en Francia hay aseos de plástico por toda la ruta que son limpiados con cierta regularidad. No tiene nada en contra del Camino, pero no soporta, obviamente, el olor a orines ni otros desperdicios. Se pregunta por qué las autoridades no colocan papeleras y aseos, siendo tan importante la ruta.
Yo la escucho en silencio. Estoy tan cansado, que no sé qué responder. Razón no le falta. Pero no se me ocurre qué se podría hacer. Hay ciertos temas que son irresolubles. Colocar aseos en esos terrenos pedestres les haría perder encanto. No sé qué filósofo decía que los problemas de los hombres son infinitos porque no hay soluciones completas. El refranero tiene una frase que tal vez no sea la mejor, pero sí se ajusta bastante bien a la diatriba: «Nunca llueve a gusto de todos.» Bastaría, supongo, con el sentido común o la responsabilidad interior de cada viajero. ¿Es demasiado pedir?

Finalmente, tras varios kilómetros más (que se me hacen eternos), llego a Carrión de los Condes. Una ciudad monumental que transmite elegancia y armonía, pero que, debido a las fiestas, se encuentra completamente alborotada. Recorrerla se me hace difícil. Debo atravesar multitudes, escuchar ruidos continuos, sortear vasos de cerveza de plástico tirados. En principio, no sé bien dónde dirigirme. Los albergues clásicos donde se alojan los peregrinos (el parroquial de Santa María y el Espíritu Santo) están en pleno centro. Eso hará difícil dormir y casi imposible que pueda concentrarme para escribir mañana.
Un lugareño me indica que hay un convento de monjas (Santa Clara) situado lejos de la algarabía, donde también se albergan peregrinos. Así que hacia allí me dirijo. Una voluntariosa hermana me atiende. Percibo al momento que es una buena mujer. Así que no dudo en comentarle que necesito escribir un artículo y debo encontrar un lugar tranquilo. ¡Albricias! Para mi sorpresa, la hermana me indica que allí mismo puedo tenerlo. Resulta que en este convento hay una zona donde se encuentran habitaciones sencillas compartidas por dos o tres peregrinos (en una de ellas me alojaré este sábado) y otra zona en la que se puede disponer de habitaciones individuales a mayor precio. Inmediatamente, suspiro de alivio, reservo y pago. ¿Dónde estar más tranquilo para escribir que en un convento de hermanas religiosas?

Tras ducharme, salgo a cenar algo por Carrión pero no me siento demasiado bien. La soledad y búsqueda del peregrino contrasta con el jolgorio que hay a mi alrededor. Así que decido volver pronto al albergue. Antes, me siento en un banco a reposar un poco. Es justo en ese momento cuando mi móvil suena. Recibo una llamada. Pero algo me sorprende en ella. Es una videollamada realizada por Pasquale. Pero Pasquale es ciego. ¿Qué ocurre? Descuelgo y mi sorpresa es total. Pasquale y David (el gran compañero de mi Camino) me saludan desde un restaurante. Debido a su lesión, el boloñés ha realizado partes del Camino en bus. Decidió visitar León y en el albergue encontró a David. Ambos me hablan con cariño y siento al momento una punzada en el estómago. Ganas de llorar. Pero lo que viene después termina por precipitar mis lágrimas. Me comentan que Karim (aquel jovial árabe nacido en Suiza) tuvo un accidente que le obligó a volver a casa. Sufrió un derrame cerebral y perdió la vista en un ojo atravesando Belorado.
El triste suceso ocurrió concretamente el 18 de agosto. Karim se sentía pleno, dichoso, todo marchaba en su vida cuando, de repente, sintió un destello blanco, como un brillo. Vio su mano pixelarse y luego desaparecer gradualmente. Lo condujeron al hospital Universitario de Burgos pero no lograron salvarle el ojo. Se vio, lógicamente, obligado a regresar a Francia urgentemente por si necesitaba ser hospitalizado. Allí le comunicaron que tenía hipertensión sin tratar y que tendría que tomar medicación de por vida.
En fin. Tras escuchar esto, veo de nuevo a David saludándome y de repente siento un nudo en el estómago. Menciona, de repente, la canción «Alejandro el peregrino» y utiliza el adjetivo inolvidable, eterno. Yo estoy a punto de romperme, pero me contengo.

Me despido como puedo de ambos y, cuando cuelgan, me desgarro completamente. Me siento solo, completamente solo, encerrado en medio de un lugar desconocido, obligado a escribir, apartado del Camino y del flujo vital. Recuerdo el primer día que me separé de David. Aquellos llantos que no entendía. Hoy se vuelven a repetir. Tal vez sea por la desgracia de Karim, tal vez por el milagro de haber conectado con dos seres humanos, David y Pasquale. Algo cada vez más difícil. ¿Quién lo sabe? De repente, lloro y lloro y me desangro durante diez minutos junto a una iglesia apartada del tumulto, de una ciudad de fiesta a la que me siento ajeno.
Anocheciendo ya, regreso al convento. Entro allí como un preso. Para mí, la escritura ha sido siempre libertad. En este caso, es prisión. La vida sigue, en cualquier caso. Me sorprende encontrar en mi habitación al peregrino norteamericano, Kelvin, que conocí brevemente en Cardeñuelas Riopico. En este caso, apenas hablamos. Él se muestra respetuoso y me dice que hará lo posible por no hacer ruido al dormir. Yo prometo lo mismo, pero obviamente no sé si roncaré. ¿Qué más da? Intento ser lo más contenido posible, pero me siento triste. Mi compañero, obviamente, no lo percibe, pero me acuesto con el rostro descompuesto.
Al día siguiente, cuando me despierto, Kelvin ya se ha ido. Yo quisiera seguir caminando. No hay mejor terapia para las penas, pero debo escribir el texto. Así que, tras el desayuno, paso a la zona donde me espera, al fin, una habitación individual y una monja me conduce a un pequeño salón en el que me asegura que no entrará nadie y podré concentrarme para escribir. Se nota que las hermanas se toman en serio mi necesidad.

A decir verdad, aún siento angustia. Realmente, me cuesta concentrarme. Pero de nada sirve lamentarse. Lo sé por experiencia. La niñez quedó atrás hace muchísimo. Así que, lentamente, voy hilando ideas, conectándolas y, poco a poco, doy forma al artículo. El silencio que me rodea es abrumador. Me hunde pero también me ayuda. Y finalmente, tras siete u ocho horas, tengo un texto que me parece al menos decente. No estoy demasiado satisfecho, pero tampoco es un artículo que me parezca menor. Es una reflexión sobre el arte sagrado y el contemporáneo.
Estoy seguro de que, de no haberme cruzado con tantas iglesias en el Camino, el artículo habría sido muy diferente. Pero la inmersión profunda en arte románico y gótico ha hecho necesariamente que intente dotar de un sentido sacro a mi texto sobre cuatro artistas contemporáneos de Murcia. Como no podía ser de otro modo, el artículo se titula «El arte de lo efímero. Gotas de eternidad».
Poco más puedo decir de este domingo. Logré mi objetivo pero estoy sumamente triste. Me paseo por Carrión percibiendo por una vez las iglesias y monumentos como sombras sin sentido. Recuerdo a Pasquale, a David y a Karim. Echo de menos andar, el contacto silencioso y visual con otros peregrinos.

Las monjas se portan conmigo de maravilla. Les estoy sumamente agradecido, pero quiero partir del convento cuanto antes. En cualquier caso, poco a poco voy consolándome. Logré el objetivo y mañana volveré a caminar. La aventura sigue. Aunque hoy no estoy seguro de ello. Pareciera que mi vida acaba aquí. Me acuesto solo en la habitación, entre sábanas limpias y un intenso olor a sagrario, pero no me llega ningún eco vital. Hoy me siento vacío. El Camino no está en esta pulcra habitación sino entre el barro y en medio de las dificultades, en la lluvia y el calor. Quiero volver a la vida cuanto antes. Quiero sentir de nuevo mis piernas cansadas y mis músculos destrozados. Quiero degustar de nuevo el sabor de las cerezas. Hoy me duermo y parezco estar muerto. Santiago de Compostela no es ya un lejano ideal sino el sueño roto de un moribundo. Mi habitación es acogedora, sí, pero a mí me parece estar dentro de un ataúd. ¿Me levantaré al día siguiente? Shalam
الألم رعبٌ يثير الفضول
El dolor es un horror que fascina.




1imagen…y ahora a navegar (se acabo la tierra)….el septimo sello bergman parece otro compostela la via lactea…..
2imagen….puente vacilon (menos alto que el de la rambla cartagena la conciliacion….jajajjj)…
3imagen…casposo y casquivano……
4imagen…el badajo de la campana es la cabeza de don lope con corbata, jajajjj…
5imagen…todos los obreros que se vieron obligados por las ordenes del marques sentados en lo alto de la obra….
6imagen…parece una emborronada obra de arte (twin peaks)… trapo con la sangre de laura palmer)…
7imagen…calma, tranquilidad (todos descansareis en el albergue)….
8imagen….cuantos ceti (literas) cabrian en estas alturas de muros….
9imagen….lo que si sabe la inglesa es que los condes tambien son los dueños de las zonas de descanso de las autopistas…(viva el bisssnesss del turismo)….
10imagen…prohibido el paso….rodeo el edificio como es dispuesto
11imagen….idolillos en psi , en phi……lombrices enredadas en los tbo (revistas)…..
12imagen…se acabo la tierra y ahora al via lactea……
13imagen….monjitas precolombinas (bien guapas) vendiendo los dulces de san antonio o las tartas de cerezas de twin peaks.jajajjj….
PD…help i am a rock…1966..freak out…the mother of invention…. se dio la vuelta miro atras y se convirtio en piedra…..
https://www.youtube.com/watch?v=dsEnCu4PEzo&list=RDdsEnCu4PEzo&start_radio=1
1) Estatua de peregrino caído en combate. 2) Libro filosófico que se abre con esta fotografía y este horrible título: puentes culturales hacia el siglo XXI. jajajaj 3) Personaje que aparece en una pesadilla en medio de una nueva recreación de «El perro andaluz». 4) La iglesia se reblandece hasta convertirse en plastilina y moldearse aún más en una película de dibujos animados. 5) ¿Cómo sería esta obra si la hubieran realizado los romanos? 6) La confusión de la vista. Alguien mira un paisaje, lo cree expresionista, y se da cuenta que va perdiendo poco a poco la vista. 7) Dos gigantes que podrían aparecer en la tercera parte de Twin PEaks. Homenaje a la habitación roja. 8) Tendrían que hacer literas infinitas en una catedral que llegaran hasta las campanas. Poner ahí a los peregrinos y luego fotografiar mientras alguien hace un concierto. Performance. 9) La contaminación que hay en el cerebro. Pensamientos posmodernos apareciendo en la mente de un peregrino. jaja 10) Preparados para lavar nuestra alma como quien lava la ropa en un cubo de agua llena de jabón de lavanda. 11) La fuerza del Camino. Toro y lucha. 12) Un dos, tres. Responda usted otra vez. Imágenes bordadas por zulueta para sintonías televisivas.13) El espíritu santo convertido en azúcar. La pasión en dulce castellano. PD: ritmo atípico. Así se escucha una marabunta de insectos caminar a ras de tierra. Espasmos nerviosos. Medicina natural. El rock no es sanación sino enfermedad.