Dejo a continuación un nuevo Avería sobre el Camino de Santiago realizado el pasado verano (2025). En esta ocasión, me ocuparé de la segunda parte del día 46, en la que recorrí la distancia entre San Martín del Camino y Astorga.
Ocurre que, debido a la naturaleza y a la extensión de las reflexiones, he optado por dividir el Avería en tres partes. En esta ocasión hablaré de lo que ocurrió desde San Martín del Camino hasta mi llegada a Hospital de Órbigo.
¡Ahí voy!
Un Camino. Día 46 (Segunda parte)
Sábado, 30 de agosto.

No hay mucho tiempo que perder. Salgo de San Martín del Camino y vuelvo a la ruta. Realmente, hoy no tengo un ánimo demasiado místico. Menos aún, tras comparar mi estampa, con la del peregrino polaco y la del escocés. Tampoco ayuda mucho este tramo de la ruta demasiado prosaico. Así que hoy, de momento, camino como si me encontrara en la vida normal. Sin heroicidades ni demasiados pesares. A eso contribuye, y de forma decisiva, el hecho de que reciba varios mensajes de WhatsApp en mi teléfono al ponerme en marcha de nuevo: Una chica me pide que le ayude con el resumen de un guion de un corto que quiere presentar a festivales de cine. Otro me envía un meme y un comentario irónico sobre cierto político español. Alguien más me pregunta cómo voy, si ya llegué a Compostela y cuándo volveré a La Manga.
El número de mensajes no es muy grande. Pero el de la chica es apremiante, necesita mi ayuda ya. Así que me detengo. Estoy en un páramo sin nada a mi alrededor. Ni sé por dónde empezar. Necesito, en parte, despacharla para poder caminar tranquilo. Así que decido no continuar. Retrocedo un kilómetro al bar de San Martín del que acabo de salir, pido otro café y, en la terraza, me pongo a contestar.
El problema es que, aunque le comento a la chica del guion que estoy en el Camino y tal vez no pueda ejecutar la labor con la precisión adecuada, ella no escucha mis palabras y me envía un audio larguísimo diciéndome cuánto me valora y respeta y pidiéndome por favor que le ayude. Ni una sola palabra sobre el Camino. Ya me invitará a un café. ¡Ja! La típica manipulación débil.
El comentario del político lo despacho rápido. Respondo con un emoticon (la verdad, no sé ni qué decir), aunque probablemente debería quedarme en silencio. Siento que estoy dispersando mi energía. Al chico que me pregunta si estoy ya en Compostela, le contesto que me quedan casi 300 kilómetros y que a La Manga llegaré cuando Dios quiera. Inmediatamente, me responde que, con lo a gusto que se está en la playa, debería dejarme de caminatas y volver al zoco barrial. Ahí ya me quedo mudo.

Realmente estoy llegando al límite de mi paciencia. Pienso incluso en mandar encima del árbol a esta chica. Pero, finalmente, saco mi tablet y, en media hora, despacho el resumen del guión cinematográfico. Eso sí, el mal cuerpo se me queda. ¿No es esto una falta de respeto a mis tiempos? ¿No es esto una intromisión en este viaje mío ante Dios, en este viaje de redención?
Espero pacientemente a que la chica me diga si ha recibido el mail que le he enviado. Mi whatts ni lo lee. Pasan veinte minutos y el mutismo continúa. Ya me conozco esta historia. Dentro de varias horas, me dirá que tenía mucho trabajo, me enviará un corazón y a otra cosa. Tal vez incluso, si lo recuerda, me de fuerzas para continuar en el Camino. ¡Ja! ¡La verdad es que esto es intolerable! Pero, en el fondo, ella no tiene la culpa. Soy yo el que está tolerando esto.
Mi frustración es tan grande que, de repente, tengo una iluminación. Siento una necesidad incontenible de rezar, prometer. Así que me dirijo a la Iglesia Parroquial de San Martín. un templo construido en el siglo XX edificado en piedra y ladrillo. Precisamente, el que no ofrezca un gran interés artístico ni cultural, me permite concentrarme totalmente en mi rezo y mi juramento. Aquí no hay piedras históricas.
Me digo a mí mismo que no puedo permitir que las voces de los demás me interrumpan a cada momento. Estoy en un viaje sagrado. Mis libros son sagrados. Mi escritura es sagrada. Ok. No para el vulgo. Pero sí para mí. Bajo ningún concepto, ya no más, puedo permitir que cualquiera que me conozca, en un solo minuto, acceda a mi templo. Los autores célebres tienen secretarios que responden por ellos los mensajes comunes y amistosos. Yo no soy célebre. Así que no puedo permitírmelo. Pero lo que sí puedo gestionar es mejor mi tiempo.
Juro ante Dios en ese momento que ya no responderé más mensajes al instante. Una cosa es el cáncer de un gran amigo, una urgencia real, y otra muy distinta responder a memes, peticiones ansiosas, preguntas cotidianas o típicos comentarios sin fuste sobre fútbol y política. ¡He llegado al límite! De hoy en adelante, me digo, dedicaré treinta o cuarenta minutos al día a los mensajes privados o en redes sociales y no contestaré más hasta el día siguiente o cuando vuelva a publicar un nuevo texto. He venido al Camino a ser libre. Y una de las mayores esclavitudes actuales son las redes sociales, las aplicaciones. Lo siento pero quien no pueda esperar es que, o bien no respeta mi viaje ni mi Camino, o bien no entiende que las cosas importantes requieren modo y tiempo. Responderé, claro, a todos pero a mi tiempo. Eso es, de hecho, lo que me dice el Camino. Eso es lo que siento en este mismo momento la Ruta: “Tu tiempo es sagrado, Alejandro. Tu Camino es solo tuyo. Responde primero ante Dios y luego ante el resto de personas.”
El Camino siempre da lecciones. Tal vez por eso apareció en mi vida la hospitalera de Villadangos del Páramos. Eso es lo que deseaba decirme la historia de aquella mujer. El santón polaco y el caballero medieval escocés eran el Camino, la vía sagrada. Ella el mundo cotidiano, las voces de los demás, deshaciendo el yunque, el pacto de los peregrinos con Dios, enterrándonos en la lona de su mediocridad. El chándal, el rumor, las críticas. El día a día de medio mundo en la sociedad actual.
Salgo de la iglesia y miro el móvil. Como lo había predicho, mi amiga me manda unos corazones. Un te quiero o qué sé yo. Pero ¿de qué me sirven esas niñerías? ¿Somo aún adolescentes? No ha respetado mi tiempo. ¿De qué me sirven las personas que me absorben por fuera, pero no saben escuchar ni preguntar (y no digo ya respetar) el viaje esencial?
Tal vez esa sea una nueva lección del Camino. Recuerdo los años en los que vivía Susana. Ella se encargaba de leer los comentarios que me llegaban, filtraba los malintencionados, los amigos, los sinceros y luego, cuando ya teníamos claro quién era quién y lo que latía en el fondo, me dejaba responderlos. Pero tras su muerte, lógicamente fui yo quien comencé a realizar este trabajo. Algo para lo que necesito tiempo. Y mi tiempo debería estar dedicado a la escritura y a Dios. También al descanso. La lectura de los grandes libros. No a los corazones digitales.

En gran medida, emprendí el Camino para lograr continuar mi aventura literaria por mí mismo. Sin Susana. Hoy el Camino aquí, en una localidad sin mucho lustre, en un recodo medio anónimo, me está dando otra gran lección. Me está diciendo que debo eliminar las voces del zoco, las cotidianas, y aprender cómo hacerlo. No se contesta a nadie, a no ser que sea cuestión de vida o muerte, en un plazo menor de 24 horas. Así tendré tiempo para hacer mi trabajo, asearme espiritualmente y procesar qué hay en el fondo de cada mensaje. Pues los escritores sabemos que lo que se escribe no es lo importante, sino qué hay detrás de lo que se escribe, (el subtexto). Qué se quiere decir o no.
Tal vez me cueste implantar esta disciplina. Estoy seguro de que a veces flaquearé. Pero sé que es la disciplina adecuada para mi alma y que, conforme continúe mi ruta, la adaptaré. Para eso vine al Camino: para recibir respuestas. Para implantar métodos de conducta. El hierro y el yunque.
El árbol maduro, el libro duradero, se forjan en el sufrimiento, en el silencio, ante Dios, no ante los demás. Se ofrece y comparte a los otros, sí, pero tras la batalla personal, mística. ¿La vamos a echar a perder por unos corazoncitos? ¡Anda ya!
Con esos mimbres, tras estas reflexiones, después del juramento, vuelvo a caminar. Y esta vez sí lo hago con fuerza. Ahora vuelvo a ser un peregrino. Un peregrino moderno, eso sí. Eso debo reconocerlo. El hombre es contradictorio. No he arrojado mi móvil a los acantilados como sí que hizo años atrás, David, mi gran compañero de este Camino. Pero hay una verdad en esa contradicción. Nunca podemos ser puros del todo. Sé que antes o después romperé mi juramento, por ejemplo. Pero la idea es tener unas normas de conducta. No dejarse llevar por el ruido y el zoco.

En fin. Vuelvo a encender el móvil pero en esta ocasión no para leer mensajes, (¡Basta de corazoncitos!) sino para pinchar música. En esta ocasión, dejo a un lado a Franco Battiato. Escojo por intuición, casi por sensibilidad mística, a Robert Wyatt. Un músico original, un creador personal con una voz profunda, transparente, una mezcla entre la de un pez y un bufalo
Me basta escuchar durante unos minutos su voz para sentirme en una cuna. Es un placer escuchar al elfo de Bristol. Su música es ideal para caminar porque no nos impone nada. Nos invita a compartir, a aceptar, a mirar el dolor sin caer en la autocompasión ni en el cinismo. Su música es suave, profunda. En el fondo, es un un río. No un río cristalino sino un río lleno de hojas secas, insectos, restos de madera. Siempre que lo escucho siento que crezco, no que soy más libre, sino que comprendo la vida con mucha mayor facilidad. Sobre todo, con sencillez.
La atmósfera de los temas de Wyatt es envolvente. Es una burbuja dulce y herida. Hay algo infantil, pero no inocente, en cada de una de sus temas. Muchas de sus composiciones parecen haber sido compuestas flotando en el agua. Wyatt no es épico. Es poético. Crea arte a partir de la ternura. Sus discos son habitaciones llena de ecos, juguetes tristes, baladas revolucionarias, residuos del jazz, experimentos electrónicos lo-fi y folk lunar. Y la mayoría de sus canciones son plegarias débiles, entre el suspiro y el balbuceo, envueltas en muchos casos por teclados densos, corales oníricas y percusión de aire.
En realidad, Wyatt no es sólo alguien al que únicamente admiro por las cualidades alquímicas de su música sino también por su vida. Su alma es la de un roble. Su espíritu el de un resistente.

A principios de los 70, Robert Wyatt era un célebre integrante de la escena de Canterbury. Un músico joven, sano, con múltiples posibilidades. Venía de hacer historia en el rock progresivo y la vanguardia con Soft Machine hasta que las clásicas diferencias artísticas le llevaron a abandonarlos y crear su propio proyecto, Matching Mole. En ambos grupos se encargaba tanto de la batería como de las voces. También a veces de los teclados. Algo realmente inusual. Wyatt era por aquel entonces un pájaro inmaculado que volaba muy lejos. Libre y joven lo tenía todo para continuar surcando los océanos. Sin embargo, cuando estaba preparando el tercer disco de Matching, ocurrió algo que lo cambiaría todo para siempre. Durante una fiesta en Londres en casa de la artista Ladi June, bebió más de la cuenta, y cayó de un tercer piso a la calle, sufriendo una lesión medular que lo dejó dejó parapléjico de cintura para abajo, viéndose obligado a usar silla de ruedas para el resto de su vida.
Lo más lógico hubiera sido que, en ese momento, su trayectoria artística hubiera finalizado para siempre. Pero Wyatt era una gaviota amarilla, un animal libre, y no se rindió. Obviamente, se vio obligado a poner fin a su etapa como batería pero se reinventó como vocalista y tecladista y, tras batallar, durante su convalecencia en el hospital, con una serie de composiciones depresivas que finalmente desechó, rescató unos temas en los que había trabajado antes de su accidente, y con la ayuda vital de su pareja Alfreda Benge, parió un nuevo álbum de una belleza inusal. Árido, dulce, profético, monstruoso: Rock Bottom (1974), una obra maestra en la que colaboraron músicos del cariz de Mike Oldfield, Fred Frith, Ivor Cutler o Nick Manson (batería de Pink Floyd). Todos ellos fascinados por el talento de Wyatt y conmovidos por su ejemplo vital.
La portada era un dibujo pintado por Alfreda, (luego se publico también con otro dibujo suyo) con la que se casaría simbólicamente justo el mismo día de la publicación del álbum. Certificando el amor es un encuentro de almas, no de cuerpos. Que el amor va más allá de cualquier limitación. Que cuando dos corazones se rozan, lo restante deja de importar para siempre.

La enfermedad, por tanto, no fue el final, el triste epílogo de la vida artística de este gigante del rock dadaísta y espacial sino un mero límite que traspasó con una voluntad gigantesca. La silla de ruedas fue no más que una grieta donde maduró una voz mucho más personal y extrema. De hecho, el Wyatt post-caída se volvió todavía más radical —más irónico, más extraño, más vulnerable, más humano— y llevó al extremo la poética del sobreviviente. Ya era más que un ser humano, un mito hondo y sensible capaz de convertir la vulnerabilidad en desbordante creatividad.
En fin, la vida de Robert Wyatt me hace rememorar al que, junto con David, ha sido mi otro gran compañero de este Camino, Pasquale, el ciego italiano.
No resulta extraño. Ambos, Pasquale y Robert sufrieron grandes problemas físicos que hubieran destrozado a espíritus más débiles pero no se quedaron en la lona. Le pegaron un puñetazo frontal al conformismo y a la queja. Pasquale tiene un trabajo bien reputado, varios diplomados, una licenciatura, juega al fútbol y es capaz de agarrar un avión por sí mismo y plantarse en Pamplona a caminar. Solo. Totalmente solo. Ciego. Totalmente ciego. ¿Comprenderá eso mi amiga, la de los corazoncitos? ¿Comprenderá eso mi amigo, el de los memes de política? ¿Y el otro, el del chándal que me espera en el bar de La Manga? ¿Comprenderán el corazón y el alma que hay tras la empresa de un Wyatt y de un Pasquale? ¡Ja! Lo dudo mucho.

Curiosamente, ni Wyatt ni Pasquale se quejan. Wyatt transmite más trascendencia y ternura e imaginación en cada disco y Pasquale sigue intentando mejorar, viajando por media Europa, estudiando español y otras materias para ampliar sus conocimientos, buscando nuevos modos de avanzar en la vida y el trabajo. Ambos lo deben haber pasado mal. Muy mal. Pero es más fácil verlos sonreír en las fotografías que con un rostro caído y perdido. Obviamente, tendrán sus momentos de desanimo pero su alma es infatigable. A Pasquale y a Wyatt sólo les tumba Dios.
Pasquale por cierto me recuerda a uno de mis mejores amigos. A una persona que amo y con la que compartí grandes momentos en mi infancia, adolescencia y juventud. Desafortunadamente, existe un contraste enorme entre ambos. Mi amigo nació con un problema en las piernas que le imposibilita caminar de una manera normal. Puede hacerlo pero arrastrando un poco los pies. El problema vino porque su familia tenía mucho dinero y él optó por no trabajar, Ni trabajar ni estudiar. Salía por las noches con buenos tajos de billetes que robaba a sus padres. Y, desde luego, no le faltaba de nada. Comían día sí y día también en restaurantes. Podían permitirse muchos caprichos. Durante varios años todo fue bien y, a pesar de que cada vez mostraba más carencias emocionales, mi amigo pudo camuflarlas tras la opulencia familiar. La dolce vita. Pero con la crisis de 2007, los negocios del padre estallaron por los aires y, desde entonces, viven en un mar de deudas, conflictos, traumas, peleas, divorcios. Una locura.
El núcleo central radica en que mi amigo, ni aun así, viéndose totalmente desahuciado hace autocrítica. La culpa es siempre de los demás. Los culpables son los otros. En fin. ¡Qué pena! Precisamente, el Camino nos enseña a ser responsables de lo que nos ocurre. De lo bueno y de lo malo. Caminar sea como sea.

Enfrascado en esos pensamientos, llego a Hospital de Órbigo. Otra de esas localidades míticas del Camino.
Cuando, a lo lejos, veo el mítico puente, pienso en David. Los pueblos con aroma medieval me recuerdan a él. Tengo el presentimiento de que tal vez lo encuentre en Compostela, la ciudad que no existe. ¿Quién sabe? De momento, lo único que sé es que sigo vivo, camino solo, y no pienso contestar el nuevo mensaje estúpido que ha llegado a mi Whattsapp hasta que pasen 24 horas. ¡Es un juramento! ¡Y los juramentos se respetan ante Dios! Shalam
من خشب البشرية الملتوي، لم يُصنع قط شيءٌ مستقيم.
De la torcida madera de la humanidad, no se ha hecho ninguna cosa recta





1imagen…esta imagen es lo mejor que he visto desde el fotografo de dresde (referentes; muro de piedra seca, puerta de la casa povera, iglu mario merz, enjalbegar para el sol, enjalbegar los pinos…)…extraordinaria…
2imagen…el rayo vallecano aunque pierda….
3imagen…el nido quedo sin nada (la huesped cineasta cayo al suelo)…arbol y banco muy buen dueto (madera y piedra de joseph beuys, pensamiento)…
4imagen…dentro hay un meson en el que don antonio salieri competidor de mozart jura dedicar toda su obra al cristo si le concede que su padre se muera y lo hace con la raspa de un pescado…gracias señore, gracias…..concedido…sonrisa…
5imagen…el cuarteto del demonio (piedras rodantes)
6imagen…la voz mas triste del rock….
7imagen…vuelvo al ombligo…la camiseta mas dibujos animados soy robert wyatt….
8imagen…al principio pense en el jardin de las delicias (tan naif como con 4 años de edad)….
9imagen…joy division…love will tear us apart… pasquale por el arco del triunfo…
10imagen…todas las lineas que podrias desear incluso la arena…
PD: explicacion completa del Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band
https://www.youtube.com/watch?v=lUmhSln_xk8&list=RDlUmhSln_xk8&start_radio=1
1) Es una piedra contra el zoco contemporáneo. Las prisas de las redes sociales. Es la piedra povera, fenicia e ibera. 2) Ruiz Mateos se encargó de colocar esta señal aquí..jajaj 3) Huele un poco a Sacrifico de Tarkovski, ¿no? 4) Me ha encantado la historia de Salieri. Señoría. No tengo más que añadir. 5) Las faltas de los peregrinos, sus miedos. Piedras a las que les gustaría tener la potencia de los minerales. 6) También la voz más esperanzadora. Un búfalo sensible. /) Me lo paso también haciendo música que me olvido de lo que me ha ocurrido. Para mí hacer música es como ver Tom y Jerry. 8) jueguecitos en los bosques de Canterbury. Maravillas elfas. 9) La estampa de la piedra y de la guerra. 10) Por ahí imagino pasando con su silueta de don Quijote a David. Lleva una botella de vino en la mano. PD: Exacto. No sólo lo explica sino que lo amplía, supera, expande y hace brotar de las delicias de la campiña elfa inglesa. LSD