Dejo a continuación un nuevo Avería sobre el Camino de Santiago realizado el pasado verano (2025). En esta ocasión, me ocuparé del día 46, en el que recorrí la distancia entre Villadangos del Páramo y Astorga. Aunque, debido a su extensión, dividiré este texto en dos partes.
Aquí la primera, donde narro lo sucedido desde mi despertar en Villadangos hasta la llegada a San Martín del Camino. ¡Ahí voy!
Un Camino. Día 46. (Primera parte)
Sábado, 30 de agosto.

Me levanto bien temprano, tranquilo, y comienzo a desayunar con el resto de peregrinos. Los silencios que se producen a esas horas comunican mucho más que cualquier palabra. Me da la impresión de que podríamos adivinar lo que piensa el vecino sin mediar conversación alguna. Existe un diálogo sordo entre todos nosotros que respetamos como si hubiéramos firmado un acuerdo tácito antes de dormir. Se percibe con mucha claridad al alba. Durante esos instantes, todo se intuye y se dice, todo se comprende con meros gestos, con la sola presencia. Nos pasamos la mantequilla, las galletas o el pan casi como si fuéramos militares. En realidad, lo somos. Pero nuestras balas son espirituales.
En esta ocasión, no obstante, el silencio no termina de expandirse del todo porque, pronto, la hospitalera comienza a dar su clase maestra. Como mencioné en el Avería anterior, la mujer es amable pero posee un excesivo afán de protagonismo. Es una auténtica veterana, (incluso hizo pequeñas crónicas del Camino para una radio nacional durante una temporada), pero sus múltiples experiencias no la han vuelto más sencilla ni discreta, ni más humilde, sino que probablemente la han hecho más orgullosa. Sus años trabajando como hospitalera parecen, para ella, más una medalla que desea mostrarnos que una cicatriz bien suturada, de esas que sanan heridas profundas. Se muestra, en realidad, intrusiva. Por momentos, un tanto altiva. Es evidente que quiere llevar la voz cantante, y eso provoca ciertas tensiones. Porque, aunque ella no lo sepa, los peregrinos no son sus hijos. Ella no es la madre de nadie, sino una mujer que, en teoría, está allí para ayudar a quienes van a Compostela —la ciudad que no existe—, no para juzgarlos. Nadie es mejor que nadie ni en el Camino ni en la vida y, si lo es, debe demostrarlo. Luchar por ganarse esa honra.
Frente a mí hay un muchacho polaco cuya historia es absolutamente poética, abrasiva, es fuego puro. Él sí me imprime respeto y admiración. Salió hace más de un año de Varsovia, llegó caminando a Roma y, desde la capital italiana, se desplazó hasta Santiago. Ahora está volviendo, pero no piensa parar ahí. Confiesa haber tenido una iluminación: conforme caminaba, sentía la presencia de Dios, la llamada, una voz que le hablaba directo al corazón, y piensa continuar hacia Jerusalén. Desea rezar en el muro de las lamentaciones. Pasear por aquellos caminos en los que, según está escrito, Jesucristo se introdujo en la ciudad sacra. En este caso, montado en un pollino. Un gesto profundamente simbólico porque el burro era el animal de la humildad y la paz frente al caballo, símbolo imperial y militar. Jesús, por tanto, eligió un burro para marcar que su reinado es espiritual, no de poder mundano.

Mientras el muchacho polaco, delgado hasta los huesos, cuenta su historia, no puedo evitar pensar en los grandes santones y místicos de siglos pasados. La llama sagrada. El fuego perpetuo. Ante mí tengo a un poeta, un ebrio monje errante que ha traspasado varios límites y fronteras, celestes y terrestres. Se emociona casi hasta las lágrimas —alzando la voz— al narrar su llegada a Compostela. En la ciudad que no existe, no durmió en ningún albergue. Pasó todo un día y una noche sentado, contemplando la gran catedral y el pórtico santo, durmiendo entre mantas callejeras, acunado por estrellas salvajes, admirando la obra de Dios.
Su relato, no obstante, es interrumpido por la hospitalera:
—¿Qué Dios has visto tú, hijo mío? —le pregunta—. ¿Tú no sabes que no existe? ¿Que son pamplinas para crédulos?
Miro con compasión al muchacho polaco. Debe estar en la treintena. Parece un monje moderno. Tal vez esta prueba (por absurda y cínica) sea una de las más duras de su peregrinaje. El cuestionamiento de su fe, de su pulsión divina, de la inmensa y absorbente aventura que este hombre de hierro está surcando. Por momentos, su espíritu se tambalea; se le saltan las lágrimas. Prefiero no mirar. La hospitalera, por cierto, insiste en que la hazaña de la vía hacia Jerusalén no es tan épica: hay una muchacha haciendo la misma ruta y relatando todo en Instagram desde hace años. Sólo le falta decir que eso de caminar desde Compostela a la ciudad santa está muy visto. ¡Ja!
La verdad es que no sé qué decir. El hospitalero italiano, a su lado, resopla y mira hacia el suelo. Intenta guardar las formas, pero, obviamente, se siente incómodo. Todos lo estamos un poco. También percibo cierta intranquilidad en el peregrino al que alumbré anoche con la linterna de mi teléfono. Este muchacho viene caminando desde Escocia. Tiene la estampa de un verdadero peregrino medieval, parece un hombre errante surgido de la herrumbre de los siglos. Un caballero antiguo. Uno de esos que uno puede imaginar en las historias centenarias de migraciones y luchas contra la naturaleza. Me comenta con tranquilidad su periplo escarpado desde las islas británicas. Asegura que ya no se cansa. Puede caminar treinta, cuarenta kilómetros, da igual: él, sus pies y los caminos son uno solo. Se ha convertido en un hombre y unas piernas. Sus piernas son ahora su boca. Se mueven al compás que él marca sin causarle fatiga. No obstante, la hospitalera lo riñe también. Le comenta que debe alimentarse mejor o alguna otra nimiedad, y se produce un nuevo rifirrafe absurdo que no conduce a nada.

No acaba ahí la cosa. A una rubia y joven norteamericana, de esas que parecen salidas de una universidad privada del Medio Oeste, se le ocurre comentar que decidió realizar el Camino tras ver The Way, la película dirigida por Emilio Estevez y protagonizada por su padre, el gran, impagable Martin Sheen. ¡En buena hora se le ocurrió realizar esta afirmación! Obviamente, la hospitalera la desacredita: “Una película comercial, sin fuste. ¿A quién se le ocurre verla? «Una obra muy lejos del espíritu del Camino». Al escucharla decir esto, no puedo evitar preguntarme: ¿Pero cuál es el espíritu del Camino?.
Yo desconocía el filme hasta ese momento, aunque sí había visto ciertos carteles a lo largo de la ruta jacobea que aludían al mismo. No llegaba a entender su sentido. Pensaba que podían referirse a una ruta mística norteamericana o a un albergue exclusivo consagrado a los foráneos de aquel país. Pero ahora sí tengo claro a qué hacían referencia. Me digo a mí mismo que tengo que verlo. No tiene que ser tan malo cuando, por lo que veo, ha logrado que miles de personas agarren un avión y se pongan a caminar para encontrar un sentido a sus vidas. ¿No es eso un logro?
En fin, considerando estos mimbres, prefiero no preguntarle a la señora ciertas dudas que tengo. Tal vez podría resolverlas, pero, visto lo visto, más vale comenzar a andar. A eso venimos: a caminar. Aunque caminar sea solo la excusa para sanar, el esfuerzo que es necesario realizar para abrir el corazón. Aunque duela. De hecho, ese es el gran maestro que nos enseña a amar esta peregrinación: el dolor. No, no es masoquismo —como podría sospechar una conciencia superficial, una sombra de esas con chándal, espejo de la globalización y de la barbarie de los tiempos, como diría Pasolini—. Ocurre que sin ese dolor nadie podría buscar la herida olvidada, sepultada por el peso de los años y la costumbre, y sanarla.
El Camino de Santiago no es una ruta cuyos kilómetros importen demasiado. Es un camino de conocimiento y sanación espiritual. No de acumulación. El despojo espiritual es consecuencia del agotamiento físico. Por lo demás, la ruta es una fuente de reconciliación. Une a jóvenes y viejos, mujeres y hombres, niños y adultos en torno a un fuego sagrado. Es por ese motivo, por lo que queda de la llama, de la aurora boreal del despertar humano, que la comercialización actual de ciertos tramos de la ruta crea tanto desasosiego en algunos seres humanos plantados, como robles, a las veredas del Camino.

Lo compruebo, al detenerme en un notorio bar y albergue de San Martín del Camino. Allí intento entablar conversación con el dueño, alguien amable, pero que parece realmente abatido, un tanto desnortado. Nuestro diálogo se convierte pronto en un monólogo y en una loa al recuerdo. Un recuerdo al viejo Camino al de finales de los 80 y al de los 90. Aquellos peregrinos, no más conocerse, se abrazaban y se convertían en familia y todo lo compartían. Aquellas noches en las que todos compartían anécdotas y se trataban como hermanos.
Está muy desencantado. Casi frustrado. Echa pestes del peregrino actual. Del viajero pegado al móvil. Asegura que los peregrinos ahora vienen, cenan solos, no hablan entre ellos, exigen. Agradecen poco. Es difícil encontrar aquella camaradería elfa de raza antigua. En fin. Dibuja con tanta oscuridad los tiempos actuales que no puedo evitar sentir que algo grave está ocurriendo bajo el fondo de este lugar. No tardo en dibujarme un mapa. Entre los incendios y el auge de otros Caminos, la ruta francesa se está vaciando. Cada vez hay menos peregrinos. La masificación ha terminado por degenerar en dispersión. Ya no hay ni los beneficios económicos de antaño ni aquel espíritu comunitario intachable.
Me comenta este señor que su centro abrió en 1997. Por entonces, en los albergues para peregrinos todas las habitaciones eran colectivas. Según me cuenta, (no sé si el dato será cierto), ellos fueron los primeros en introducir habitaciones individuales. Hubo quienes les dijeron que esa idea no tenía sentido. Pero ellos pensaron que era natural que viajeros fatigados desearan en ciertos momentos disponer de un espacio privado. La idea cuajó. Les aportó beneficios y se fue extendiendo.
Detecto, sin embargo, una contradicción en este razonamiento. Por un lado, este señor se queja con razón del rumbo del Camino en los tiempos actuales. Pero por otro, si es verdad lo que dice, él mismo contribuyó al actual individualismo y consumismo al abrir habitaciones privadas. El mismo es el paciente cero de esa epidemia. Al comercializar el aislamiento y cambiar el fuego sagrado colectivo por el placebo blando del confort privado para rascar beneficios (de eso, claro, no habla), destruyó el útero sagrado del Camino. Comenzó sin saberlo a trazar el Camino globalizado. En fin. No se puede estar en misa repicando.

Por otro lado, entiendo la crítica actual a la ruta. Pero yo estoy haciéndola en pleno 2025 y la estoy disfrutando muchísimo. Ha habido días que he caminado con los ojos llorosos, emocionado. Y precisamente, en el 1995 no experimenté una gran emoción. Pues no estaba yo lo suficientemente maduro para entender muchos de sus secretos y mensajes. Debía crecer y, sobre todo, caminar solo. No existe una Edad de Oro. Los ancianos siempre miran a su juventud con añoranza. Nuestra generación lo hace a los años 80. Pero ni aquellas épocas fueron tan buenas ni éstas tan malas. Son simplemente diferentes. Hay además, épocas para todo. Hay épocas de vacas flacas y también de vacas gordas. Las unas son en gran medida responsables y consecuencia de las otras.
No pierdo la pista del Alejandro de 1995. Intento recordar dónde dormí tras salir de León. Me gustaría averiguarlo para completar un hueco. Siempre pensé que fue aquí, en san Martín del Camino. Pero este señor me asegura que el primer albergue que se abrió en esta localidad fue el suyo. Tal vez lo haga por orgullo pero puede ser que tenga razón. Insiste tanto y mi memoria es tan leve que prefiero no preguntar más. Me acuerdo de haber dormido en un centro situado a orillas de la carretera sin ningún interés. Mi novia, mi amigo y yo dormimos solos. No había más peregrinos. En fin. Me encuentro un tanto desorientado. He perdido por un instante el hilo con mi pasado. ¡Tampoco es tan importante!
No obstante, no me rindo. Escribo al muchacho con el que caminé varias décadas atrás. Me responde mientras sigo tomando café en San Martín. Creía tener anotado en un cuaderno el lugar donde pernoctamos, pero desafortunadamente no posee el dato. Ahí sí que capitulo.
El señor, mientras tanto, continúa despotricando del Camino actual. Se ha convertido a mis ojos en un espectro del pasado. Un fantasma que se encuentra aquí, conmigo, pero ya es más un alma de otros tiempos que de éste. En un intento desesperado, llamo al albergue, contacto con la hospitalera y le pregunto mi duda. ¡Mala idea! Me trata con condescendencia. Ella está convencida de que yo dormí en Hospital de Órbigo. De nuevo, parece saber mejor que yo aquello que hice.

En realidad, el problema de este tramo del Camino (con la amenaza de Sarria al fondo) no es tanto que haya muchas personas. Cuando existe armonía y todos tenemos un objetivo en común, no importa que seamos miles los que caminemos. Las aves también emigran en manadas a otras tierras. Tampoco importan demasiado el idioma que se habla, la procedencia o la edad. El problema es que ahora, por momentos, cada peregrino posee una frecuencia de radio diferente y todas juntas terminan por saturar el alma. Confundirnos. Agotarnos tanto o más que los kilómetros recorridos.
En realidad, el idioma del Camino es el silencio. Se habla para volver al silencio. Pero para comprender el silencio, para escucharlo, es necesario que las palabras pesen. Ahora son ligeras. No dejan mucho poso. Son parecidas a los estados de facebook o instagram en las redes sociales. En eso, desde luego, este señor sí me ha convencido. Además, su terca obstinación con el pasado le perjudica más a él que a mí. Me gusta su cabezonería porque al menos tiene peso. Da enjundia. A mí no me importa estar o no de acuerdo con la gente. Me gusta que sean auténticos, verdaderos. La frivolidad y la superficialidad tanto en el Camino como en la vida son en apariencia flechas pasajeras y olvidadizas pero, en realidad, son peligrosas. Distraen, dispersan y restan poso a las experiencias. Sustancia.
El problema que percibo es que ahora mismo no existe ni una total trascendencia ni tampoco una absoluta frivolización. Los peregrinos del Camino discurren entre dos aguas. Pero eso también es un desafío. Aprender a ser equilibrista. Shalam
كل قناعة هي سجن.
Toda convicción es una cárcel




1imagen…peregrino convertido en estatua de sal…..
2imagen…arbol recien plantado…arbol muerte seco calavera… ….sacrificio…tarskovsky..1983…
3imagen…pasillo a la exposicion…(por cierto ayer (4-9-26) a las 19:30h fue la inaguracion por parte de jose l.ytak(zztop) en san javier de la exposicion goya ,,,guapo mucha gente , pregunto por ti paco vivo el curador en esta ocasion subido a la escalera…yo le dije que andabas por morrocco, jajajj…
4imagen…emilio stevez y su papa montan una gasolinera llamada energia schell….
5imagen,,,pequeño descansero al salir de sodoma y gomorra….
6imagen…bar la puerta del bosque (lo se por la ventana derecha)…
7imagen….si existe el campo de las estrellas lo veo con claridad..(cuerda de peregrinos)…….
PD: esta musica parece bastante orientalizante, bastante hamman, jajajj….zappa overtura 1990……..zappa (1940-1993)
https://www.youtube.com/watch?v=7Uepi9Ch3WE&list=RD7Uepi9Ch3WE&start_radio=1
1) La destrucción del cuerpo y los templos. La iglesia es la tierra. La vida, el Camino. 2) Andrei Rublev camino hacia senderos infinitos y sagrados, casi crísticos. Viejos santones. Bizancio. ·3) Un polaco llega en burro a Jerusalén. Al momento está muerto por fusiles. No crucificado.jajjaj.. maravillosa la exposición. Ya hablaremos sobre ello. Iré allá y haré un avería. 4) jjajaj.. Creo que es el mejor comentario que jamás he leído. Ante eso, no tengo pólvora. Viva las gasolineras energéticas..jajj 5) Un maniquí que expulsa a los demonios y a los falsos santos. 6) En la ventana se refleja un árbol que asegura que esta Ruta sigue viva pese a todo. Podría ser un barrio situado en México. 7)Barroco. Parece una pintura holandesa. El Medievo continúa habitando en el Barroco. Bendita antigüedad. PD: No sé si es más oriental que lo que hacía Battiato pero es genial.jajajaj.. por cierto que no me pasas zappa.. sino Nino Rota… jajajaj