Dejo a continuación un nuevo avería sobre el Camino de Santiago realizado el verano pasado. En esta ocasión, me ocuparé del día 44, en el que apenas caminé. De hecho, sólo recorrí la distancia entre León y la Virgen del Camino. Es decir, apenas 8 kilómetros. Una balsa de aceite que necesitaba para descansar y reponerme física y psicológicamente.
Un Camino. Día 44.
Jueves 28 de agosto
Despierto en León totalmente confundido. Rodeado de gente, abrumado. Vuelvo a cerrar los ojos. Son las 7. ¡Estoy vivo! ¡Dios me ha dado un día más! Pero estoy triturado física y psicológicamente. Hay todavía muchos peregrinos en el albergue. A mi lado, se escucha un continuo ruido de mochilas, conversaciones en voz baja, pasos, tropezones. En fin. Lo habitual en los albergues colectivos. Más en aquellos que son tan concurridos como este, el de las Carvajalas.
He tenido la suerte desde Puente la Reina de evitar este tipo de recintos. Pero aquí, en León, un gran burgo, sólo hubiera podido hacerlo a base de dinero. Si no lo he hecho es porque cuando salí de Barcelona me propuse hacer el Camino de la forma más espartana posible. En ningún caso, pagar por una habitación privada. Esto no es turismo. Es una prueba espiritual. Ya tendré tiempo en otros viajes, en otros momentos de mi vida, de buscar comodidad. Al Camino se viene a crecer.

Paso una hora más sin casi moverme, deseando que comiencen a desfilar el resto de personas que me rodean para ducharme con calma. Tengo accesos neuróticos y tapo mis oídos con los dedos. ¡Déjenme en paz! Nadie, por supuesto, lo hace. De hecho, los hospitaleros se acercan para comunicarme que hay que desalojar el albergue en breve. Aquí sí hay hora de salida. No recuerdo cuál era. Tal vez las 9 o las 10. En mi actual estado, eso es casi madrugar. ¡Ja! Mi confusión y cansancio mental del día anterior no se han ido.
En fin. Hay que ponerse en pie. El Camino es también una escuela de disciplina. Debido a los accesos estomacales de ayer, tengo mucha ropa sucia en mi mochila, bien guardada y protegida. Pero cuando me acerco, el olor no es desde luego el mejor. Así que ayer por la noche decidí guardarla en un locker. Pero debido a mi entumecimiento mental no logro encontrar la llave. Soy ya casi el último peregrino. Pienso que tal vez la han cogido por descuido los últimos que hubo aquí. Salgo corriendo y alcanzo a ver un grupo portando unas mochilas doblando una calle. Me da vergüenza pararlos y preguntarles por la llave del candado. ¿Qué conseguiría? Estoy desnortado. Perdido. Ahora soy una gaviota desorientada. Una gaviota sin rumbo. Soy una gaviota a la que cuesta volar y que confunde las migas de pan que hay en el suelo con papelitos de plástico. Soy una rata que ha caído atrapada en la jaula del Camino. León es una prisión. Es una fortaleza donde estoy atrapado.
Los hospitaleros me tranquilizan. Con un movimiento maestro, uno de ellos abre el locker: yo retiro la mochila y al fin puedo ducharme. Hasta los presos espirituales tienen privilegios. Antes de partir, pregunto si sería posible quedarme un día más. Estoy exhausto. Soy un pájaro confuso. Pero no puedo hacerlo. Me explican que para ello tendría que presentar algún parte médico indicando una dolencia física. ¡Es comprensible! De no ser así, la picaresca se extendería por todas partes. ¿Cómo saber quién desea dormir una noche más porque se encuentra completamente fatigado o porque simplemente quiere aprovecharse de los albergues de donativo? ¡Al final, siempre hay que poner reglas, límites! Eso sí, ¿alguien pone reglas y límites a los que controlan y manejan estos lugares a veces en silencio, desde el anonimato feroz?
Camino con torpeza por esa jaula en la que se ha convertido León. Al poco, me siento en un café. Necesito un buen americano. Cuando voy a pagarlo, echo mi mano al bolsillo del chubasquero y allí encuentro la llave del locker. ¡Uff! La tuve a mano todo el tiempo. Eso me confirma lo expresado anteriormente. Necesito descansar más. Parar. Así que finalmente, decido pasearme varias horas por León. Y dormir en La Virgen del Camino donde hay otro albergue de donativo. Así que hoy caminaré no más de 8 kilómetros. Lo ideal para mi psique y para mi cuerpo. Es seguro, de hecho, que en este desconocido recodo de la ruta jacobea podré dormir sin apenas peregrinos a mi lado y renovar fuerzas.

Paso la mañana relajado paseando por León. Me fascina, por ejemplo, la sepulcral fachada románica de la basílica de San Isidoro. Paseo con tranquilidad hasta que en un bar encuentro a un señor alto y delgado, de perfil circunspecto y un tanto nervioso, que me intenta vender varios libros. Le compro uno de Bécquer (luego lo dejaré en algún albergue) por hacerle un favor y hablamos. El hizo el Camino varias décadas atrás. Cuando no se había comercializado. Un divorcio y la pérdida de su trabajo lo dejaron en la lona y caminar le ayudó, al menos, a no quitarse de en medio. Sorprendentemente, cuando le hablo de mi fascinación por el arte románico, frunce el ceño. Su rostro no engaña. Lleva años sin pisar una iglesia. No me deja hablar. Me abruma. Se refiere a un escándalo clerical de raigambre sexual acaecido en esta ciudad que desconocía, el de Leandro, (pseudónimo de una víctima lo bastante valiente como para intentar romper el silencio confesional, pero lo bastante ingenua como para pensar que la mecánica de la vergüenza y el poder puede desmontarse desde dentro). Aquí, en la ciudad, al parecer, fue bastante célebre. Al igual que otros acaecidos en el orfanato de San Cayetano. Ha habido unos cuantos representantes de Dios condenados judicialmente en los últimos años. Yo al menos desconocía estos casos en concreto. Pero no puedo decir que me sorprendan. De hecho, me pregunto cuántos de todos estos casos no conoceremos bien sea por el maquiavelismo de los culpables o la debilidad de las víctimas.
Obviamente, ya que estoy en el Camino, no puedo tampoco evitar preguntarme qué habrá detrás realmente de muchas organizaciones y albergues de la ruta jacobea. Muchas veces los peregrinos tan sólo vemos la fachada de muchos lugares y personas. Compartimos una cena, apenas unas horas, y creemos conocerlos. Pero, obviamente, no es tiempo suficiente para formarse un juicio exacto ni de una organización ni de una figura en concreto. En fin. Me despido como puedo de este señor y pongo rumbo a la Catedral.
Sus palabras me han dejado pensando. A decir verdad, mi conversación con él me ha convertido en una gaviota que vuela hacia atrás. Despacio, lento, pero hacia atrás. Concretamente, miro ahora al Alejandro joven, aquel muchacho que apareció por las calles de esta ciudad en el año 1994 para realizar a pie la ruta León-Santiago.
Como dije en el anterior Avería, aquel veinteañero no creía en Dios. Sólo en la literatura. Yo creía en Dostoievsky y en Joseph Conrad antes que en Dios. También, claro, en Franz Kafka. Mi templo era mi biblioteca. También mi colección de discos. Iggy Pop era mi profeta y David Bowie, el lagarto que marcaba el camino al templo de la Alianza. No es extraño. Me eduqué en varios colegios religiosos de distintas zonas de España, y pronto aprendí cómo funcionan las estructuras rígidas. Fue el continuo contacto con padres, curas, hermanos, supuestos hombres santos, lo que me hizo, desde muy temprano, desconfiar de Dios. Mirar sus estatuas con ojos violentos.
Algunos hermanos o padres, justo es reconocerlo, eran realmente hombres buenos. O al menos lo parecían. Hombres honrados. Tal vez eran maestros del disimulo pero si eran hipócritas al menos sabían serlo de un modo profesional. Otros, eso sí, eran directamente peligrosos. Sádicos disfrazados de santos. Se refugiaban en Dios, en las altas estructuras religiosas y el poder que aún éstas poseen para cometer auténticas tropelías. Muchos de estos hombres, incapaces de aceptar y canalizar su propia libido, traumatizados sexualmente, se convertían en bestias de pasillo. Se sospechaba de algunos, se intuía el trasfondo, pero el silencio era la ley por temor a su venganza, a sus fauces endemoniadas.
Recuerdo perfectamente lo que viví cuando tenía 12 años. Insulté levemente a un compañero (no más que una niñería) porque no me había pasado el balón en un campo de fútbol y un representante de Dios me exigió mantenerme quieto, como una estatua, castigado, en un jardín. Pero yo era un niño y me movía. Y él no podía soportar mi libertad. Así que me golpeó impunemente varias veces. Ahí supe cuán peligrosos son algunos santos. Más que santos, eran demonios. Aliados del diablo. Los representantes de la oscuridad en la tierra. Los encargados de que las almas tiernas e inocentes se apartaran de Dios.
No me extraña, por eso mismo, que Arkasha Stevenson, la directora de la precuela de la saga Omen, La primera profecía (First Omen), filmara y, posteriormente, estrenara durante el 2024 en los cines de medio mundo una película que sostiene una idea que a muchos les resultará retorcida pero que a mí al menos me parece bastante certera teniendo en cuenta mis complejas experiencias en círculos religiosos. El núcleo central de la película clava el bisturí en una paradoja más real de lo que parece a primera vista: es la propia cúpula de la Iglesia la que decide engendrar artificialmente al demonio en sus cloacas. Ante el pánico de haber perdido el control sobre la juventud, anulados al contemplar los bancos vacíos de los templos, la organización prefiere extender el terror absoluto antes que perder su andamio de poder. Los párrocos necesitan al diablo vivo para que la gente busque su amparo. No les importa inocular la oscuridad con tal de poseer y vender el monopolio de la luz.

En fin. Un calco exacto de la ingeniería del miedo que sufrí en tantos lugares durante mi infancia. Aquellas cofradías, aquellos refugios, aquellas instituciones, aquellas convivencias en lugares dejados de la mano de Dios. Alemania, Francia, Alicante, Dinamarca. Lo peor, no obstante, no eran los mandos mayores sino sus sumisos soldados. Cuando algún niño amenazaba con contar ciertas perversidades a sus padres o a las autoridades, surgían de los lugares más inesperados, guerreros infectados advirtiendo a los pobres inocentes lo que les podría ocurrir si hablaran. Por supuesto, estos hijos de la peste eran más sutiles. Aludían a la importancia de los padres redentores, los sacerdotes del amor y a un orden inalterable ante Dios para someter a los díscolos y rebeldes. Lo triste del caso es que estas ovejas defendían lo indefendible y en vez de acusar a sus superiores por sus retorcidas aventuras, los defendían casi por puro reflejo beato y dócil. En realidad, aquellos muchachos estaban vacíos. Disimulaban su escasa personalidad caminando tras la sombra de los Padres. Pero si el poder hubiera cambiado de cetro y lugar, no hubieran dudado en adorar a nuevos becerros porque tenían miedo a la intemperie. A la soledad. A la hombría. A la luz que hay lejos de las cavernas. En los bosques salvajes.
Recuerdo perfectamente a uno de aquellos hombres tibios. Tenía un enorme perro blanco, más blanco que la nieve. El sobrino de uno de aquellos representantes golpeaba de tanto en tanto al animal con saña, con un palo, a veces a patadas, y él contemplaba aquella violencia en silencio, casi con impotencia, incapaz de reñir o detener el brazo ejecutor del familiar del representante. Y, sin embargo, bastó que yo me acercara y acariciara suavemente a su enorme perro blanco, de un blanco más profundo que la nieve, para que me advirtiera con su mano alzada sobre mi comportamiento.
Fui, por supuesto, expulsado varias veces de aquellos colegios. Una y mil veces. Cientos de veces. Una y otra vez. Vivía de expulsión en expulsión. Cada expulsión era una medalla. Me denominaban el expulsado. En toda España y ciertas zonas de Europa me conocían así. Cuando me presentaba y saludaba, me denominaba a mí mismo el expulsado. ¡He aquí el expulsado! A veces, ocurría que entraba al colegio, veía a un hermano, y como al instante sabía que aquel hombre era un mendigo de Dios, una ofensa viva al amor de Dios, le tiraba una piedra esperando que su impacto lo doblegase de por vida. Obviamente, al momento estaba yo fuera de aquel nuevo antro infernal, aquella roja caverna.

Fui tantas veces expulsado, (infinitas, millones de veces, mi cabeza de hecho era una expulsión y mi cuerpo era la viva imagen de la expulsión) que finalmente aprendí bien el modo de combatir, hacer daño real a los representantes. Yo, sí, aprendí a obedecer en todo a los representantes. Yo aprendí a ser sumiso de los representantes. Yo permití que los representantes me subestimaran, que confundieran mi sensibilidad con debilidad. Y mientras, ellos, los representantes creían controlarme, yo tomaba nota de todo lo que ellos estaban tramando. Lo hacía en silencio, con ojos caídos. Como otra oveja. Como un muchacho inocente. Dejando constancia de cada detalle en mis cuadernos, en mis habitaciones, y compartiendo todo ese material con las personas escogidas, guardándolo con llave en rincones remotos. Aguardando su ataque repleto de escudos de hierro y espadas bien afiladas. Preparado para la guerra fría o el silencio total. Mientras tanto, bajaba la cabeza y simulaba obedecer, alabar a Dios y, por supuesto, sellaba mi boca porque no quería provocar ni un solo problema. Quería, de hecho, aparentemente, ser el favorito. El hijo pródigo. El elegido. El ejemplo del templo. ¡Ja! ¡Menuda mierda! ¡Qué enorme basura!
Amo las iglesias. Cualquiera que haya leído este Diario sabrá lo que disfruto en los templos. Pero no nos vamos a engañar. ¡No me extraña que haya quien, abrumado por su dolor, harto de los abusos de los representantes, haya reaccionado con violencia y prendido fuego a un altar! No lo justifico, pero después de ver cómo hombres heridos, perdidos (viviendo tremendos duelos por sus seres queridos) o huérfanos de padre y madre sin techo se refugiaban en esas instituciones buscando auxilio y consuelo y, finalmente, acababan succionados por ellas, mordidos por los colmillos de los representantes y sacrificados en rituales sádicos en honor a los chivos, comprendo mucho mejor a aquellos viejos anarquistas y comunistas que deseaban destruir templos. Hacerlos saltar por los aires. Repito. No lo justifico pero puedo comprenderlo porque todo tiene un límite. La historia de los Papas, por ejemplo, es de una crueldad sin igual. Maquiavelo trazó El príncipe mirando, sí, con un costado a los condados, estados transalpinos pero también a la oscura y difusa historia del Vaticano. La iglesia siempre fue más una cuestión de poder que de Dios. Más una cuestión de control que de fe.

En fin. El problema que tenía yo cuando llegué a León en 1994 es el que observo que actualmente tienen muchos hombres. Confundía a Dios con sus (supuestos) representantes en la Tierra. Muchos de ellos demonios implacables. Pero, en verdad, Dios está por encima de todos ellos. Yo, por eso, nunca, jamás me vengo de aquellos que hacen mal y disfrutan con el dolor ajeno. Nunca alzo mi mano contra los representantes. De hecho, suelo rezar por ellos. Cada día, por la mañana y por la noche, y también por la tarde, acostumbro a rezar por por los sumisos del demonio y por los sádicos religiosos. Día y noche rezo por ellos. A veces sin descanso. Me levanto y rezo y por la noche, ejecuto también el mismo ritual. Me levanto y rezo. De hecho, dicen de mí que nací rezando. A las pocas horas de haber nacido, cuenta mi madre que me levanté por mí mismo y, de rodillas, tras gatear por el suelo, me puse a rezar en el altar del hospital. Rezando por las almas de los representantes. Ahora mismo he hecho una pausa en la escritura y me he puesto a rezar por su alma. Porque será Dios ante el que respondan los representantes. No ante mí. Probablemente no ante la justicia, sino ante aquellos que lincharon y ante tantos y tantos indefensos a los que hicieron sufrir.
Yo, por mi parte, no les guardo rencor. Tan sólo agradecimiento. Porque sus continuas vejaciones, su talante venenoso me hicieron más fuerte. Me hicieron ser quien soy ahora. Peregrino preparado para la soledad, para las batallas heroicas. Es gracias a ellos que aprendí a ser fuerte, a desconfiar de quienes ocupan cargos oficiales y un prestigio vacío ganado a base de favores y, por contra, agradecer a la vida, a Dios, el disfrute de las flores, los parques, los ríos, los mares revueltos y, claro que sí, los templos.
En realidad, yo no soy más que un burro que escribe. No más que un toro místico. Una gaviota desorientada que vuela atrás. No más que un caminante fatigado con su mochila llena de ropa sucia. Un burro que necesita descanso. Pero no soy Dios. Es a El a quien tienen los representantes tienen que temer. Es El con quien pronto se van a encontrar. Es El de quien se tienen que esconder. Porque Dios sabe bien lo que tiene que hacer. El sí que lo sabe. Dios lo ha visto todo. Y El no se equivoca porque lo hace todo con amor. Así que, mientras tanto, rezo, día y noche y día y noche, por sus representantes. Porque, antes o después, sí, van a contemplar el rostro de Dios y, como sea similar al suyo, no les va gustar lo más mínimo aquello que estarán forzados a mirar fijamente hasta la eternidad.

Pienso en lo agradecido que estoy a los vigilantes mientras camino por los pasillos de la imponente catedral de León. Hoy miro estas estructuras embelesado. Fascinado por lo que los hombres podían hacer, siglos atrás, por amor a Dios. Pero también preocupado por lo que puede esconderse en algunas de estas salas. ¿Quién lo sabe? Yo no. Tal vez sólo santos. Tal vez algún demonio. ¿Quién lo sabe? Yo hoy sólo agradezco. Les agradezco. Os agradezco.
En fin. Llegados a un límite, entiendo que necesito desconectar. Siento las garras de los representantes persiguiéndome. Observándome, mirándome. No puedo evitar pensar que más que en una ciudad, he estado en una jaula. León es una ciudad señorial, viva. Pero mi cansancio y mis recuerdos la han contaminado. Antes de comer, parto hacia la Virgen del Camino. Aunque sólo son 8 kilómetros se me hacen eternos. Me paro varias veces a comprar comida. Me compro un cinturón para sostener los pantalones que se me caen. También un nuevo cargador eléctrico. Soy un burro fatigado que necesita lavar a fondo la ropa de su mochila.

He dado en la diana. El albergue de Virgen del Camino es amplio, tiene incluso una buena biblioteca y es muy limpio. Supongo que serviría de apoyo en aquellos años (no tan lejanos) en los que el Camino francés se convirtió en una moda tan furiosa que era necesario reubicar, como fuera posible, a los viajeros en los más diversos aquí. Hoy sólo somos siete peregrinos y, por tanto, podemos dormir lejos los unos de los otros. Los hospitaleros son una pareja de alemanes. Muy serios, centrados, pero también amables. Cocinan para nosotros. Se niegan a que los ayudemos. Nos piden por favor que descansemos. Me ayudan a tender la ropa. Apenas hablamos entre nosotros pero hay una comunicación pura. Respeto. Tengo la impresión de que son almas humildes. Respetan de verdad su labor y a los peregrinos. Por supuesto, me puedo equivocar. Suelo estudiar una y otra vez, una y otra vez, sin descanso, a las personas que tengo delante, observando sus mínimos gestos, sus palabras, lo que quieren ocultar, lo que verdaderamente desean decir, y no acostumbro a pronunciarme sobre ellas hasta encontrar patrones de conducta claros. Descifrar lapsus inconscientes.
Somos, repito, muy pocos peregrinos. Cenamos pasta. Sopa de legumbres. Todo delicioso. Comentamos de dónde venimos, qué esperamos del Camino. Surgen breves conversaciones. Estamos perdidos en una pedanía que yo desconocía totalmente hasta hace unas horas. Pero percibo que hay luz aquí. Cierta comunión. El Camino no son sólo los míticos albergues de pata negra. Los que han convertido la ruta en leyenda. También son los pequeños y humildes, los desconocidos. Los discretos.

Antes de la cena, he charlado con una alemana un poco hippy. Siempre me ha ido bien con este tipo de chicas. Las viajeras y yo siempre nos hemos entendido. Creo que ellas descansan en mí y yo en ellas. No nos exigimos nada. No nos juzgamos. Nos basta escuchar un tema de Janis Joplin o hablar sobre cualquier viaje para entender que estamos con un colega en el tiempo. Al momento, percibo esa buena conexión entre esta mujer y yo. Pero no deseo encariñarme. El Camino te separa constantemente de las personas queridas. Así que me mantengo discreto pero abierto. También charlo educadamente con Claude, un francés entrado en años que no sabe ni hablar en inglés ni en español. Yo soy el único con cierto dominio de la lengua francesa. Así que dirijo a él con amabilidad para que al menos pueda expresarse y encuentre compañía en medio de esta travesía. Está tan nervioso que no se atreve a hablar cuando le llega el turno en la cena. Me ofrezco a traducir sus palabras y se relaja un poco más. Acabamos de firmar, sin él y yo saberlo, un pacto entre caballeros.
Me acuesto muy temprano en el fondo de la habitación. Somos cinco peregrinos para treinta o cuarenta camas. Hoy somos príncipes, reyes. Nadie nos molesta y a nadie molestamos. Me acuesto con la convicción de que al fin voy a descansar y recuperarme de aquella jornada en la que decidí caminar de noche y acabé convirtiéndome en un burro desorientado que llegaba a León más por inercia y cabezonería que por convicción. Hoy, sí, la noche no es una fauce. Hoy la noche es el alimento del peregrino. El agua de mi descanso. La noche vuelve a ser mi aliada y no mi enemiga. Shalam
الصمت هو الصديق الوحيد الذي لا يخون أبداً.
El silencio es el único amigo que jamás traiciona





1imagen…me has matado con bacalao….(yo soy el poder absoluto)..
2imagen…fachada sin balcones (estilo de epoca)…..
3imagen…tanto edificio como tanto violento poder….
4imagen…hombre con una oreja de vampiro (el proceso)….
5imagen…contra la naturaleza no se puede ir…ni hoy ni en el siglo XX….bocadillo antinatural de humano y velas….
6imagen…»los comulgantes» bergman 1963….
7imagen…yo lo quiero todo hasta la muerte….
8imagen…muchos edificios mucho poder….
9imagen…cruceiro cerca de galicia (a santa compaña)…
10imagen…he quedado en el parque con el demonio (guapa chica pintada de verde)…jajajjj
PD…cuando las romanicas descubran sus necropolis apareceran
la invencion y la magia…
https://www.youtube.com/watch?v=KHiclrHm-ig&list=RDKHiclrHm-ig&start_radio=1
1) El gótico lo inventaron los papas..jajajaj 2) Sin imaginación. Todo a la clausura. Todo al rezo. Imaginación mística. 3) ¿Qué se esconde en las alturas? ¿Qué hay más allá del cielo? Intento de saberlo. 4) He sido el más animal de los escritores y el más escritor de los animales. 5) Típico fotograma de filme de terror. Moda italiana. Ahora, como diría Fellini, se llevan los velos largos. 6) No puedo vivir sin dar misa. 7) Un papa muerto controla el mundo. Cisne negro. Un reino oscuro. 8) Dinero, oro. Maradona se lo dice al Papa. ¿Por qué no repartís un poco? 9) Golpes Bajos. Santa compaña. 10) Berín. Ruta ciclista. Suena un disco de Moby. PD: Cacao maravillao. Los zombis bailan el cha cha chá.