Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago en el que narro mi despertar en medio de un descampado y la llegada posterior a León.
¡Ahí voy!
Un Camino. Día 43.
Miércoles, 27 de agosto
Realmente, me despierto molesto. Apenas he dormido dos horas. Varias moscas se pegan a mi rostro. En un momento dado, me tuve que levantar a orinar, no veía bien y tuve que hacerlo cerca y ahora, el viento me trae, casi como una venganza natural, el aroma a desperdicio. En pocos minutos me pongo en pie y, con la mochila ordenada, miro a mi alrededor. Lentamente, va filtrándose el sol.
Echo de menos el acostumbrado desayuno con el resto de peregrinos. Perfectamente podría estar compartiendo con mis hermanos de ruta, bromeando, charlando sobre los asuntos más variados.
Soy consciente de que no sirve de nada lamentarse. Así que me pongo a caminar, intentando dejar mi malestar de lado. Miro el móvil. Ayer hice aproximadamente 10 kilómetros. Así que el pueblo más cercano es ahora Reliegos. Debo estar a 4 kilómetros. Obviamente, hoy no tengo ningún interés cultural. ¿Qué más me da lo que haya en Reliegos? Ni aunque hubiera un tesoro, lo visitaría. Deseo ducharme o al menos llegar cuanto antes a un bar donde cambiarme. En fin. Mi mente se encuentra tan ofuscada que no tengo ni ganas de escuchar música. Battiato puede esperar para otro momento.
Me cuesta caminar y pensar. Comparo mis sensaciones de pesadez con las de alegría cuando duermo en un albergue. No tienen comparación. ¡Cuánto desgaste, qué oquedad! ¿Soy un ser humano o un cuerpo que anda? ¡Qué desgracia debe ser vivir como un vagabundo! Centenares de despertares así, sin techo, sin el abrazo de una cama, el desprecio de nuestros semejantes y la incertidumbre de la comida. ¡Oh Dios! ¿Es que no vemos cuán afortunados somos? ¿Por qué nos consumen el rencor, el desprecio y el odio? ¿Por qué ese deseo de hacer daño a los otros? ¡Al menos en eso sí tienen suerte (aunque no lo sepan) los parias de la vida! ¡Librarse del teatro social! ¡Qué fortuna!
Poco antes de entrar a Reliegos, me detengo en un bar. La verdad es que tengo el estómago un poco revuelto. Vomito un poco por sorpresa y luego paso casi diez minutos limpiando el baño porque, por si fuera poco, una diarrea me ha comenzado a asaltar minutos antes de llegar. Mi ropa da asco. Yo doy asco. ¡Qué puta mierda es esta! Se supone que estaba en el Camino. En fin.
Hago lo que puedo para dejar el baño lo más limpio posible. Disimulo. En un momento dado, para que la señora del bar no se preocupe, salgo y le digo que tengo un pequeño problema de salud. Ella, en su mundo, me responde riendo mientras prepara un desayuno. ¡Uff! Tengo que cambiar toda mi ropa. Lavo como puedo lo sucio en el lavabo. Me cambio de ropa interior. Luego busco lejía, jabón. ¡Estoy siendo decoroso por respeto a los lectores de Avería! Siento asco. Pero, finalmente, puedo sentarme a tomar el café tranquilo.

Disimulo mi intranquilidad como puedo. Sonrío. Me mantengo en silencio. Parece que he vuelto a tener el control de mi cuerpo. Pero tengo que continuar caminando y estoy cansado. Apenas he dormido. En fin. ¡Los burros muchas veces andan a base de golpes! Yo lo hago ahora como un enfermo obtuso. A base de obstinación. Porque tengo que hacerlo. Porque no me queda otra opción. Porque cada paso me acerca a Santiago, esa ciudad que dicen todos que existe aunque yo estoy seguro de que no, de que es no más que una invención fatua. Porque he venido aquí a caminar, a terminar, porque he venido aquí a sanar y sanar cuesta, es duro, difícil. No por casualidad los filósofos dicen que vivimos en una sociedad enferma. No por casualidad. Porque es una realidad y si alguien tiene una duda, solo tiene que hacer el Camino para corroborarlo. Una prueba bella y dura que enseña a madurar, a crecer, a sanar, sí. A pesar, pero también gracias a los llantos y vómitos, a todas esas ampollas que tanto dicen de nuestra alma.
La ruta continúa hacia Mansilla de las Mulas (su nombre se debe a su célebre Feria de Ganado de más de seis siglos de historia). La gaviota negra está herida, cansada, abatida. Aunque tal vez no sea yo ya un pájaro oscuro sino en realidad un burro. A lo mejor soy otra más de esas mulas que se venden en la Feria cada año. A lo mejor llevo sobre mis hombros a un labriego. En cualquier caso, no puedo más. ¿Por qué? No lo sé. Tampoco caminé mucho días atrás. Pero el desgaste mental comienza a ser grande.
Si algo tengo claro es que estoy recibiendo una lección del Camino. «La noche es para descansar», decía José Luis en el albergue de Tosantos. Yo elijo la libertad aunque duela. La noche oscura del alma. Justo lo que decía San Juan y que tal vez solo se comprende en medio de la meseta, en medio de una soledad elegida. La necesidad de atravesar un desierto de vacío, crisis y purga para vislumbrar la luz, los rayos de luz.

Dejemos la claridad por un momento de lado. Lo primero que hago en Mansilla es comer desordenadamente (plátanos, salchichón, chocolate) y beber agua como si no hubiera un mañana. No me mido, no controlo. Parezco un loco. Un obeso. Tal vez una gaviota negra enloquecida. Así que, justo cuando decido caminar, vuelven los retortijones. No puedo contenerme. Juro que lo intento. Corro hacia un bar. Pero otra vez está aquí la diarrea. Entro corriendo al bar para que no se vean las manchas, parezco un miembro de la Pandilla Basura. Pido un café. Grito que enseguida lo pago. Y me veo obligado a repetir la misma operación que en Reliegos. Diez minutos en el baño. Limpiando mi ropa, echando jabón. Buscando lejía.
Lamentablemente, el pantalón corto que había usado y lavado en Reliegos no se ha secado. Pero no tengo otro para poner debajo de los vaqueros cortos con los que camino. Mi ropa interior da asco. Esto es un puto desastre. Así que salgo y enseguida me doy cuenta de que mis pantalones están completamente húmedos. Pareciera que me he orinado encima. Pero estoy tan confuso que lo olvido cuando dos parejas entradas en edad se ponen a bromear conmigo en el bar. Creen que me acabo de despertar o que salí ayer de fiesta. El más mayor se cree que tiene gracia pero no le sigo el juego. Me pregunta cuántas copas bebí ayer. Si es que no sé que debo levantarme antes de las 6 para conseguir sitio en los albergues. En fin. ¡Un puñetero despropósito!
Pido a Dios por su alma y me despido educadamente. No me doy cuenta y le muestro todo mi pantalón vaquero mojado. Ahí sí, las dos parejas se miran sin comprender nada. ¿Se habrá orinado este peregrino? No tengo tiempo para explicaciones estúpidas. Sigo mi camino. Desesperado por llegar a León. Desesperado. ¡Necesito una ducha, una puta ducha! ¡Necesito agua caliente, jabón! ¡Quiero estar en mi casa! ¡Quiero irme de aquí! ¿Quién ha dicho que el Camino es magia? ¿Quién coño ha dicho eso? ¡El Camino es un abismo oscuro, una roca destrozada! ¡El Camino es una gruta sin esperanza! ¡Quiero parar!

Obviamente, soy consciente de que he de seguir. Eso también es el Camino. No solo la magia y la paz. También el odio y la guerra. También la porquería y el hastío. Obviamente, hoy me importan dos leches el origen militar romano de Mansilla. Tampoco presto atención a las murallas de Fernando II, consideradas como la más valiosa fortificación medieval de tapial y piedra de todo León. Y, a decir verdad, hoy me da igual salir de la ciudad por su mítico puente de piedra. Hoy solo me importa sobrevivir, continuar.
Hay, eso sí, una leyenda medieval cifrada aquí con la que en parte me identifico, la del conde de Ponce de Minerva. El gobernador de Mansilla en el siglo XII. Un hombre poderoso e influyente. Dice la leyenda que fue capturado por los moros y encerrado en una mazmorra oscura, cargado de cadenas pesadas, sin ninguna esperanza de libertad. Pero hizo la promesa de construir un monasterio en esta localidad y, en mitad de la noche, milagrosamente, apareció en sus dominios. Ya libre, ordenó levantar el imponente Monasterio de Sandoval, que se encuentra a escasos kilómetros del pueblo.
En mi caso, la promesa es primero caminar a pie hasta Santiago (si es posible a Finisterre) y luego terminar de narrar este viaje en Averíadepollos. Dotar de nueva savia a las narraciones sobre el Camino de Santiago. Si es posible, urdir también un libro en el que los apáticos, los individualistas, los nihilistas y los egocéntricos comprendan lo que se esconde en esta ruta sagrada. Lo que significa compartir, andar, dormir y también sufrir por llegar a una ciudad que no existe más que en el alma de los peregrinos: Compostela. Supongo que, a medida que esta tarea se vaya cumpliendo, mis cadenas caerán y cuando el proceso alquímico finalice, estaré listo para amar. Convertir mis dudas en firmezas, mis grietas en fortaleza. Compartir mis días con una buena compañera. El verdadero Camino. La vida.

Reconozco que, conforme me voy alejando de Mansilla, me siento mejor. Pero no puedo engañarme. No estoy fino. Si hoy fuera un ciclista profesional en el Tour, perdería una minutada. La pájara no me permitiría competir. ¿Qué más da? No soy un deportista. Amo el deporte (no como el arte, claro) pero nunca disfruté de la competición. A lo largo de mi vida, muchos obtusos observadores confundieron mi autoexigencia y mis deseos de superarme a mí mismo con un ánimo competitivo. Pero, en realidad, yo no disfruto ganando. A veces, cuando era niño, buscaba rivales mucho más fuertes y completos para así estar obligado a superarme a mí mismo. Eso es precisamente lo que amo del Camino, de este Camino. También de la vida, de la escritura. Tener el desafío de superarme día a día. No a los demás. Por eso disfruté el día que dejé de jugar al fútbol. En mi caso, no sentí tristeza sino alivio. Si puedo, evito los deportes colectivos. Me gustan, pero los evito. Prefiero correr, nadar, escribir, caminar. Quiero ser mejor que quien era años atrás. No mejor que los demás. ¿Quién coño quiere ser mejor que los demás? Solo los enfermos. Y de esos está lleno este mundo, esta sociedad.
Ahora, lo repito, me he convertido en un burro. En una mula negra. No camino sino que tiro de mí. Tiro de mis obsesiones, de mis pecados, de mis vicios, de mis reflexiones, de mis libros. Lo que llevo sobre mis pies no es un cuerpo sino toda mi vida. Todas mis neurosis. Estoy transportando mi enfermedad, pero conforme camino —y es por eso por lo que sigo caminando— sé que las estoy sanando. Sé que mis neurosis se están disolviendo y mis obsesiones haciéndose más leves. Por eso no me detengo y continúo hasta León, aunque estoy confuso, tengo la vista nublada. Pero eso también es peregrinar. Llega un momento en que nuestro dolor de piernas, de alma, de músculos es tan grande que no puede ir a más. Así que si caminamos, hay que tener por seguro que nos volveremos más fuertes, creceremos, lo superamos.
Eso hago yo, con los ojos llorosos, porque no me rindo. Sigo caminando como un loco, como una mula de carga, la gaviota negra, atravesando pueblos y monumentos (Villamoros de Mansilla, el puente de Villarente o la Arcahueja) con mis botas parecidas a herraduras, a cicatrices, a heridas de burro.

En un momento dado, me animo. Ya estoy cerca del final. Pongo música pero no logro sintonizarme con ella hasta que suena «Alejandro el peregrino», la canción que me envió Perico. La escucho y comienzo a reír y también a llorar, y casi que me atraganto con mis pensamientos. Suena una y otra vez. La repito y no la quito hasta llegar al Alto del Portillo.
Allí, justo cuando comienzo esa corta pero empinada subida, me vuelvo a preocupar otra vez. Siento un pinchazo en el pie izquierdo. En el mismo lugar donde tuve el principio de tendinitis. Me paro, me toco. En principio, nada grave. Pero camino y siento un pequeño dolor. Me digo que no importa. Si me lesiono, pues a la enfermería y a casa. Solo quiero una ducha, una puta ducha, y llegar a León. Afortunadamente, conforme subo el alto, percibo que es solo una ligera contusión, más producto del cansancio y el constante rotar, que de algún golpe. Así que cuando llego a la cima y contemplo León, no me siento como un burro sino como un águila. Ante mis pies tengo la hermosa ciudad, llena de historia y vida, un burgo castellano en medio de la meseta cuya contemplación me sabe a gloria. Soy un águila. Tal vez un águila negra. Pero águila, al fin y al cabo.
Lamentablemente, antes de pasear por sus calles, debo atravesar el polígono industrial de Puente Castro. Un drama. Un pequeño charco de naves de metal, grises fábricas, asfalto recalentado y camiones empotrados haciendo rugir sus motores como signo y recordatorio de que no voy únicamente a entrar en una ciudad histórica sino también en la sociedad enferma. La de las modas, pastillas y la obsesión por el peso. Esa de la que afortunadamente se libran los vagabundos. Escaso consuelo.
Hace 21 años, llegué a León con mi novia de juventud. Esperábamos a un compañero. Era 1994. Fue mi primer Camino. O mejor dicho, mi primera experiencia de reconocimiento. Hoy lo hago solo. Como se ha de hacer el Camino. En la puta soledad. Sucio, oliendo mal, pero vivo. Aún vivo. Comparo al Alejandro de aquel entonces con el de ahora. El que llegó allí no creía en Dios. El que llega hoy solo cree en Dios. Lo demás ya no importa. Intento reconocer las calles por las que caminé pero me es imposible. La memoria no existe. El hombre es, sobre todo, olvido. Es porque he olvidado que hoy puedo seguir caminando. Mirando con asombro y agradecimiento las cúpulas moradas de las iglesias de León, sus monumentales edificios, la calzada romana, las históricas calles. El burro se ha convertido en águila y ahora vuelve a ser peregrino.

Llego al convento de las Carvajalas. Hace 21 años lo hice tarde. Creo que estaba cerrado. A partir de cierta hora no dejaban entrar. No importó. Vino un cura a recogernos, nos abrió una iglesia y nos dejó dormir en una capilla. Por entonces, no sabía yo que volvería hoy a pisar estas calles solo, convertido en una bestia maloliente, pero entero. Vivo.
Obviamente, el convento está lleno de peregrinos. Me toca una cama en lo alto de una litera, rodeado de gente. Tengo que ducharme rodeado de otros seres humanos. Pero no me quejo. Coño, ¡son seres humanos! Vivo todos estos ingredientes como parte del Camino. Quisiera una habitación solitaria. Pero no quiero pagar lo que costaría. Y, ¡qué cojones!, somos peregrinos. Venimos a estar juntos. A revolcarnos en el barro y, si es necesario, hasta el fondo. Venimos a morir y luego, si es posible, resucitar. Shalam
يعرف معنى أن يكون وحيداً؛ فخلف ظله، يتربص دائماً عدوّ ما.
Toda persona temerosa no sabe lo que es estar sola. Detrás de su sombra siempre hay un enemigo.





1imagen…»el azar de baltasar» 1966 robert bresson….de tres en tres (sacos)…jajajj
2imagen…de aqui para alla….
3imagen…todo cambia en la bifurcacion…..
4imagen…me sale el aura de monje franciscano porque mi cuerpo ha desaparecido…sonrisa…
5imagen….entrada anacronica….
6imagen…jardin guapo para monjes guapos….jardin abandonado para campesinos feos…
7imagen…el gallo, el zorro, el leon y la cerveza(cuento marroqui)
https://africaseptentrional.blogspot.com/2018/07/el-gallo-y-la-cerveza.html
8imagen…la plaza de la ducha y el descanso….
PD: otis redding dispuesto a amarlo todo…»try a little tenderness» live 1967…vaya temprera….a david lynch lo dejo kao….
https://www.youtube.com/watch?v=RqNc4XLBguI&list=RDRqNc4XLBguI&start_radio=1
su ultima perfomance…9-12-1967….cleveland…
1) Alejandro el Baltazar..jajaj 2) Caminos cansados, negros, oscuros. 3) Bifurcaciones cansadas, negras, oscuras, 4) Rezos oscuros del alma. 5) Viejos parajes. Todo huele a cansancio 6) Sueños medievales. Ideales realizados. 7) jajjjaja.. cuento alucinante. 8) el mundo medieval y el moderno se funden armónicamente PD: Maravilloso testimonio. Un día antes de los grandes fallecimientos..el alma volaba….