Dejo a continuación un nuevo Avería dedicado al Camino de Santiago realizado el verano pasado. En esta ocasión, me ocuparé del día 42.
¡Ahí voy!
Un Camino. Día 42.
Martes, 26 de agosto de 2025
Despierto en Sahagún agradecido por haber encontrado mi monedero el día anterior. El desayuno es austero, pero me sabe a gloria. Más aún cuando pienso en cómo habría sido mi día de haberme quedado sin documentos: llamadas, visitas a comisaría, explicaciones a la gente del albergue… Un día completo perdido en papeleos. Y, sin embargo, ahora me encuentro disfrutando de un buen vaso de leche y compartiendo sonrisas con algún que otro peregrino.
El día anterior tenía pensado visitar algunos de los templos principales de Sahagún. Pero después de tanta angustia solo pienso en continuar. Necesito un día tranquilo. Por eso mi idea es dormir en Bercianos del Real del Camino. Una etapa de no más de 11 kilómetros.
Mientras desayuno, me llama la atención un señor inglés: fuerte, musculado, calvo, de mirada profunda e inteligente—pero que transmite una frialdad y una dureza singulares. No mira a nadie, no saluda a nadie. Le pido si me puede pasar la mantequilla y ni siquiera responde. Tengo la impresión de que podría pertenecer a algún cuerpo de seguridad. Su aura es inquietante. Lo comento luego con un peregrino italiano, que me confirma la impresión.
Durante el desayuno también observo a una chica francesa leyendo un libro. Es una peregrina. Llego a ver el título: “Sal a la vida y experimenta” o algo similar. No aparta la vista del libro ni del móvil, salvo para agarrar unas galletas. No puedo evitar pensar qué ocurriría si alguien le quitara el libro y el teléfono y le dijera esa frase: “sal y experimenta”. Curiosamente, es peregrina, así que debe estar viviendo todo tipo de experiencias. ¿Quién sabe lo que hay en la mente de las personas? El Camino también enseña a no juzgar. Nunca lo sabré, igual que tampoco sabré si el inglés, tan serio e imponente, mira así porque sufrió alguna prueba muy dura, o tal vez perdió a su mujer hace poco tiempo. Nunca se sabe.

Parto de Sahagún un tanto inquieto. No puedo evitar pensar que tal vez ya nunca tenga oportunidad de visitar la iglesia de San Tirso o la de San Lorenzo. Pero no tengo hoy cuerpo para templos o monumentos. Me siento un poco perdido, en medio de ninguna parte. Algo que cambia en cuanto cruzo el célebre puente de piedra, el puente Canto, que se encuentra sobre el río Cea. Al poco, mientras camino entre chopos y un sinfín de zonas verdes (que anuncian que la Meseta va llegando a su fin), conecto la música y vuelvo a escuchar «Il mondo». De repente, siento que estoy unido a miles de personas que simplemente se despiertan, trabajan, caminan, intentan hacer lo mejor que pueden, amantes que vienen y se separan, un mundo entero que gira y gira y seguirá girando cuando ya no estemos y por eso lo amamos.
¿De qué habla «Il mondo»? Como todas las grandes canciones de todo y de nada. Habla de la vida y probablemente del amor, eso que no sabemos bien qué es y que no pide permiso, que no espera la perfección, pero tampoco pide explicaciones. Habla de lo que bulle en las calles de cualquier ciudad, de ese gigantesco remolino cotidiano que sigue su curso con indiferencia o con ternura, con o sin nosotros.

También, por supuesto, vuelvo a escuchar a Battiato. Siento que le he cedido mis piernas y él me ha cedido sus canciones para que ambos recorramos este largo e histórico Camino que, en realidad, no conduce a ninguna parte. Pues cada vez tengo más claro que Compostela no existe. Es un mito. Esa ciudad nunca fue construida. La catedral de la que hablan es una fantasía de cientos de miles de peregrinos a lo largo de los siglos. Compostela es, en realidad, un mar. Tal vez el desierto. Un volcán que se abre una y otra vez, absorbiendo sueños, vidas y sufrimientos. Sí, la ciudad no existe porque lo único que existe son las almas. Los hombres y mujeres que sufren y aman en el mundo saben que el corazón encontrará una nueva oportunidad, como sugiere Battiato en «La estación de los amores». Un himno que es mucho más que un himno. Es casi un proverbio sufí sobre las almas de los amantes, aquellos seres que se encuentran y se pierden en las rutas inesperadas del Camino. Judíos, árabes, cristianos, budistas. Todos en medio de vías abiertas que se bifurcan una y otra vez.
En Calzada del Coto, disfruto contemplando a lo lejos la ermita de San Roque. No me detengo. Continúo caminando hacia esa ciudad imaginaria de la que hablan los peregrinos. Eso es hoy lo único que importa. No la historia. No el arte. No tardo en llegar a Bercianos. Allí también se hallan los restos de otra ermita, la de la Virgen de Perales. Obviamente, disfruto contemplando la arquitectura de muchas de las casas del pueblo. Gran parte de ellas fueron construidas con adobe (ladrillos de barro y paja) y tapial, materiales típicos de la zona leonesa.

Restan aún varias horas para que abra el albergue parroquial Casa Rectoral (un edificio del siglo XVII). Así que me acerco a uno de los escasos bares del pueblo. Allí escucho una conversación entre dos pequeños empresarios de la zona. Hablan de gallinas, de cerdos, del precio de los huevos. También mencionan a varios personajes del pueblo. Lo cierto es que la conversación no puede ser más enjundiosa. En un momento dado, me imagino los rostros de los señores a los que se refieren. Hablan de tierras, de alquileres. Por supuesto, critican al Estado. Antes, los negocios eran más fáciles. Muchos se hacían con un apretón de manos. Los hombres se miraban a la cara y eso bastaba para cerrar un trato.
La verdad es que, aunque es obvio que les estoy escuchando, se sienten tan seguros en su pueblo, tienen tan claro que ese es su territorio, que les da igual que yo me entere de toda su conversación. Tampoco, al fin y al cabo, están hablando de crímenes. No son más que negocios. ¡Vil dinero!
He llegado a Bercianos tan pronto que aún no han abierto las puertas del albergue. Así que me paseo un poco por.esta localidad de origen medieval, poblada en su momento por gentes del Bierzo leonés (de ahí su nombre), que no se entiende sin el Camino. Prueba de ello es que, a pesar de ser muy pequeña, hay varios albergues en ella. Uno en concreto posee una historia detrás que resulta difícil no citar. Me refiero al de Santa Clara. Un refugio que nació de la fe, la fragilidad y la desesperación, de una experiencia límite.
Hay quienes cuentan la historia de un modo y otros de otro. Esta es la que más me gustó, aunque tal vez sea más leyenda que verdad. Según se comenta, Rosa María, hospitalera catalana del albergue Santa Clara, fue diagnosticada de cáncer mientras hacía el Camino. Dándose por perdida, siguió caminando con la simple esperanza de algún pequeño milagro. En el peor momento, un grupo de peregrinos italianos la apoyó y cuidó: no la dejaron sola, la acompañaron durante los días más difíciles, la llevaron a hospitales en el Camino y le dieron verdadera fuerza humana. Gracias a ese apoyo y al tratamiento recibido en España, consiguió salvarse. Sintiéndose marcada y agradecida por esa experiencia, junto a su marido abrió el albergue Santa Clara, devolviendo en acogida y cariño lo que había recibido como peregrina.

Se dice que aquello se transformó en un mito hospitalero, sobre todo entre los italianos, que lo convirtieron en sitio de referencia por el espíritu de fe y fraternidad que reinaba allí. Con el tiempo, los costes y la escasa generosidad de algunos peregrinos hicieron que Rosa tuviera que empezar a pedir una cantidad fija, lo que, según algunos, restó algo de la magia original; aunque otros aseguran que allí sigue respirándose ese aire de agradecimiento y hospitalidad sencilla. Al final, yo no puedo opinar con certeza. Hay múltiples versiones y cada cual defiende la suya. Pero ¿qué importa? La historia es bella, conmueve y da sentido al paso de muchos por Bercianos.
Yo, en cualquier caso, como ya dije antes, dormiré hoy en el albergue parroquial Casa Rectoral. Otro lugar que lleva el sello de José Ignacio, el cura de Grañón, y de José Luis, el franciscano de Tosantos. Este último sacrificó gran parte de su tiempo para reconstruir el edificio junto a peregrinos que se encargaron de convertir el refugio en otra referencia simbólica de la ruta jacobea, formando una «red hermana».
En Bercianos vuelvo a reencontrarme, por azar, con Jesús y Andrea. Coincidimos en todas partes y, obviamente, ya nos abrazamos como si fuéramos hermanos. Enviamos mensajes, por cierto, a Pasquale, el ciego boloñés, que se encuentra en esos momentos en Madrid y me envía un audio cantando con dos músicos callejeros. Al día siguiente vuela a Roma y de ahí a Bolonia. ¡Cuánto le echaré de menos!
Jesús, Andrea y yo comenzamos a hablar como viejos amigos. Se ha empezado a producir esa sintonía íntima y especial que se da entre los peregrinos. En Bercianos somos unos quince. Un buen número. Bastante manejable. Entre ellos, hablo con dos muchachos españoles. El primero se llama Dani. Un chico encantador, auténtico deportista, que ama el fútbol. También lo hago con Julián, un informático que está intentando encontrarse a sí mismo. Ha sido relegado en su empresa, ha viajado al extranjero a buscar trabajo y, a pesar de sus másteres y gran formación, no está teniendo suerte. Así que se ha dado un tiempo para regenerarse. Como muchos de los que realizan el Camino, no se siente a gusto con su vida personal. Necesita tomar perspectiva. De la cena también participa un norteamericano con el que me he cruzado en algún momento que no me da buena espina. Intento evitarlo. Dani me confirma que ha sido jugador profesional, alcohólico y ahora se está recuperando de un divorcio traumático. Por lo que puedo ver, sigue vinculado al alcohol y a las drogas. Y prefiero mantenerme al margen.

Nos han recibido tres hospitaleros: una brasileña, una madrileña y un italiano. Este último, tras mostrarnos la discreta pero hermosa capilla y prepararnos la cena, nos lleva a la colina para que contemplemos el anochecer y nos hace realizar unos jueguecitos y bailes (entre ridículos y entrañables) que tienen su aquel. Nos hacen reír a todos (de eso se trata). Sobre todo, el baile del peregrino (una danza en la que levantamos un pie en el aire simulando el típico dolor en las plantas de los pies).
También nos pide que hablemos de nuestro camino y nos da una breve lección de historia sobre el pueblo. Lo hace, precisamente, frente a los restos de la antigua iglesia parroquial de San Salvador. Aquel templo, que durante siglos fue el corazón del pueblo, se vino abajo definitivamente el 8 de junio de 1998. La torre, de treinta metros, colapsó, arrastrando siglos de historia y dejando solo un esqueleto de muros y un pequeño atrio donde hoy algunos peregrinos, como ahora nosotros, aún se detienen a mirar la puesta de sol.
La población, lejos de resignarse, acabó años más tarde levantando una nueva iglesia en las afueras, en un promontorio a la entrada de Bercianos, casi como si quisiera anunciar que el pueblo todavía resiste frente al polvo y el olvido. Pero la nueva iglesia ya no es centro de culto, apenas se usa, y ahora vive más como símbolo polivalente: salón social, centro cultural, testimonio de un esfuerzo colectivo para que la memoria, al menos en las piedras, se mantenga erguida.

Ya en el albergue, echado en la cama, leo una historia de raíz medieval relacionada con la laguna de Bercianos que dio lugar a una leyenda como esta. El capitán Giraldo, apodado «el Diablo» por su crueldad, asalta Bercianos. Ante el terror, los habitantes huyen de noche: muchos, guiados por la niebla y el miedo, se precipitan en una laguna cercana. Allí mueren ahogados y no pueden recibir santa sepultura. Sus cuerpos quedan atrapados en el fango. Desde entonces, la laguna es considerada lugar maldito. Los aldeanos cuentan que las aves que vuelan sobre la laguna llevan el alma de los muertos. Cuando un cazador dispara y abate a uno de estos pájaros, se escucha —según la leyenda— el grito del alma liberada.
No sé bien por qué pero, tras leer esta historia, algo se remueve en mi alma. Creo que yo, como escritor, también soy un cazador. Los escritores cazamos y, si damos en el blanco, liberamos nuestro espíritu y el de nuestros seres queridos. Recuerdo en esos momentos con tristeza que mi diario va con retraso, con mucho retraso. ¿Es que no podré liberarme del recuerdo de mi amor, de Susana? Sí. Si escribo lo haré. Y para escribir, me digo, hay que caminar antes.
Así que, de repente, siento la inquietud y la necesidad de caminar de noche. Hacer una etapa nocturna del Camino, ¿por qué no? ¡Dicho y hecho! ¡El Camino es magia! ¡El Camino es vida! ¡El Camino es volver a encontrarse con lo imprevisible dentro de la historia! De repente, siento la necesidad de llegar cuanto antes a Compostela. Esa ciudad que no existe. Esa ciudad de la que algunos peregrinos hablan. Me levanto, recojo mis cosas y parto hacia las entrañas de la ruta, en medio de una noche pura, casi sin estrellas debido a unas nubes que entumecen los cielos.
La verdad es que únicamente siento haber tomado esta decisión por el hospitalero italiano, que me mira como si fuera un lunático. Se preocupa por mi salud. Me da un teléfono de urgencias por si ocurre algo. Lo veo tan desconcertado, casi abatido, que no sé qué decirle. Lo tranquilizo. Soy español. No me va a pasar nada. Estoy contento en el albergue. ¡Tan solo quiero caminar de noche y es hoy o nunca! La hospitalera madrileña es más comprensiva. Dice en voz alta: «Cada uno tiene su Camino». Este es el mío.

A decir verdad, no estoy seguro de lo que estoy haciendo. De hecho, apenas veo lo que me rodea. Camino cerca de la carretera. No llevo luz. ¿Qué más da? Voy hacia delante. Quiero caminar. Quiero llegar a la ciudad que no existe, al puerto que dicen que es seguro los que arriesgan todo por llegar a él.
La noche me embriaga por unas horas. Tal vez durante cinco kilómetros. Me siento un ave nocturna. Una gaviota negra que camina lejos de la manada. Soy la oveja que nadie quiere en su rebaño o, mejor aún, el que se niega a estar en el rebaño. ¿No seré en el fondo un loco?
En fin, paso por poblaciones que ni recuerdo, en medio de iglesias que parecen vigilarme como una madre a sus hijos. Intento continuar con el ánimo alto. Pero, tras diez kilómetros —tal vez menos, tal vez más, la verdad es que no tengo ni remota idea de dónde estoy, ni quiero saberlo— me detengo porque no puedo más. Me estoy cayendo de sueño. A veces se me cierran los ojos; no estoy disfrutando del trasiego.
No puedo evitar recordar las palabras de José Luis, el alma del hospital de Tosantos. En la cena que compartí en aquel pueblo mágico, afirmó con solemnidad que la noche es para dormir y el día para caminar. Por la noche debemos descansar para así por la mañana poder disfrutar de las maravillas del Camino. ¡Qué razón tenía este hombre tan magnético, a mitad de camino de la santidad y las fauces de esa noche sin aliento que se esconde en el pozo de tantas iglesias!

Abatido, encuentro un refugio en medio de un campo arbolado (¿o lo que me rodea son cereales? No alcanzo a ver, no quiero saber) y allí me arrojo. Me tapo con el saco e intento cerrar los ojos, pero hace demasiado frío. Obviamente, tardo en dormirme. Por un lado me siento bien, como un cadáver en medio de los campos. Alguien tan muerto que se ha convertido en un hombre libre. Pero, al mismo tiempo, sigo siendo un cadáver. Ahora no soy un peregrino sino un cadáver. Debería estar durmiendo en Bercianos y no como un palo de madera en medio de la nada, en medio de ese mundo que gira y gira.
Realmente, estoy incómodo. ¿Dónde coño voy a hacer mis necesidades? ¡Nunca más, me digo! Soy un muerto. Cierro los ojos. Pasan dos o tres horas en las que apenas escucho mi respiración hasta que no soy yo el que cierra los ojos, sino que son mis ojos los que se cierran. ¡Bendito sea Dios que creó el día después de la noche! Shalam
أسوأ معركة هي التي لا تُخاض
La peor lucha es la que no se hace




1imagen…inmediatamente recuerdo a manfred mann grupo ingles de los 60….(este peregrino alimenta a la tierra)…..sonrisa…
2imagen…si tomamos 1/4 de la parte superior de la foto tenemos los techos de los edificios….(interesante idea)
3imagen…contrapongo a elis regina¨»aguas de marco»
https://www.youtube.com/watch?v=FI1b9RK10JI&list=RDFI1b9RK10JI&start_radio=1
4imagen…donde deberian de haber ventanas las han tapado con rectangulos……
5imagen…el orden y el diseño de un cafe-bar hospitalario negocio.
6imagen…la capilla como actividad complementaria….
7imagen…contraste entre la «iglesia» y las casas circundantes….
8imagen…caminar por la noche, evitar la laguna maldita…
9imagen…en primer plano los humanos seguidos por el dolmen de entrada y al fondo el simbolo horizontal – vertical…
PD..extraordinario baile de sombras en «la stastagione dell´amore»
1983…maxima y significativa idea….
https://www.youtube.com/watch?v=J1IT9WqI7zA&list=RDJ1IT9WqI7zA&start_radio=1
1) Es verdad… puro Mandred Mann. jja. A mí me recuerda a un filme de terror de los 60 pero no de la Hammer. Pantalla amplia, profundidad. 2) Las farolas, todo, todo se parece a los bastones del Camino. Aunque, en realidad, sólo haya uno. Pero ese solo detalle se come la composición. 3) Aquí también una mujer haciendo su camino. A su rollo. Buena contraposición. 4) El contenedor y las cifras económicas amplían la solemnidad religiosa. Ja. 5) El milagro de los penes y los peces. No se multiplican solos. Vil metal. 6) Tesoro naif. Primitivismo cristiano. Dadá involuntario. 7) Iglesia en el fin del mundo. Podría ser una fotografía de un rodaje de Cimino. 8)Una leyenda digna de aparecer en un sombrío cuento japonés. 9)Relicario. Copas. Cena. Tú ya entiendes. PD: el rollo árabe de Battiato siempre ha sido lo más. Aquí además es latino y proverbial. Un italiano diverso… sufí.. cánticos árabes…