Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí en Averíadepollos sobre el Camino, la maravillosa aventura realizada el año pasado, pero ha llegado el momento de volver a hacerlo y terminar este ciclo como debo finalizarlo, honrando la memoria de una ruta que convierte a los seres humanos en mejores personas, provoca transformaciones, renuncias, dolores y constantes reencuentros con la fe y con nosotros mismos.
En fin. Si la salud me acompaña y Dios quiere, ya no habrá más pausas. Hoy vuelven los averías del Camino y los retomo por donde lo dejé la última vez: justo tras un día de pausa escribiendo en Carrión de los Condes y mi emocionado llanto tras contactar por llamada con Pasquale y David, y enterarme de que Karim había tenido que abandonar el Camino por un problema serio en la vista.
En fin. ¡Ahí voy de nuevo! ¡Seguimos!

Un Camino. Día 41.
Lunes, 25 de agosto de 2025.
Me levanto en Carrión cuando todavía es de noche. Recojo mi habitación por respeto a las monjas que con tanto cariño me han acogido. Pronuncio una oración en voz baja y me encomiendo otra vez al peregrinaje. Comienza, sí, poco a poco a amanecer.
Ocurre que, después de un día de descanso, ni mi cerebro ni mis piernas responden bien. De hecho, me siento confundido. A los ciclistas y deportistas les recomiendan calentar, seguir haciendo kilómetros en bicicletas estáticas durante las jornadas de asueto. Entiendo bien por qué. A decir verdad, me siento desorientado. Desfilo entre los edificios de Carrión con la mente perdida. Sus monumentos se elevan como siluetas nocturnas, casi amenazantes, sombras que aparecen y desaparecen sin mucho más que decirme. Incluso la misteriosa, mítica iglesia de Santiago dibuja hoy un aspecto difuso y sombrío, ajeno a cualquiera de mis cuitas humanas. Cuando dejo atrás el Real Monasterio de San Zoilo, no puedo evitar pensar en su mítica biblioteca jacobea: más de 6.000 volúmenes guardados allí sobre el peregrinaje a Santiago que parecieran hoy objetos fantasmagóricos, ajenos a mis dudas, más que testimonios sagrados de esta enorme aventura de siglos.

Pronto, a la salida de Carrión, me cruzo con Andrea y Jesús. Es increíble. Creía que ya no los vería más, puesto que coincidimos en la ermita de San Nicolás y yo no caminé durante el día de ayer. Pero el Camino tiene una magia especial. Te despides de personas que crees que no verás de nuevo y las vuelves a encontrar cuando menos lo esperas. Y a veces abrazas a alguien, y ambos quedáis en veros en una localidad en concreto, y precisamente ya no vuelves a coincidir con él. Mi experiencia es que es el Camino quien decide por nosotros. Él sabe mejor que nosotros con quién vamos y con quién no cruzamos. Nuestra voluntad no es más importante que la del Camino.
Jesús y Andrea caminan lento. También discuten mucho. Los he visto, a lo largo de todo el Camino, discutir en muchas ocasiones. Para Andrea la prueba está siendo muy dura físicamente. Ha pensado incluso en dejarlo o realizar alguna que otra etapa en autobús. Jesús la anima, le da fuerzas, pero también llega un momento en que pierde la paciencia. Los adelanto con discreción para no interferir. Me saludan con cierta timidez. Si he de decir la verdad, en otras circunstancias me arriesgaría a decir que esta pareja está al borde de la separación. Pero la verdad es que el Camino tiene tal fuerza que estoy seguro de que estas discusiones no los separarán, sino que los harán más fuertes, consolidarán su relación como pareja. Ante todo, porque ambos están viviendo una experiencia extraordinaria, están probando sus límites, están sufriendo juntos y confrontándose. En el mundo moderno, sin embargo, a la menor contrariedad, las personas se separan, se van. Esa es la diferencia del Camino. Eso es lo que coloca, entre otros motivos, al Camino en otro plano.
En fin. Prueba de que estoy desorientado es que a la salida de Carrión me voy por una ruta situada a la izquierda y no por la correcta. No interpreto bien las señales y eso provoca que me pierda. Cuando quiero volver, tampoco tomo la decisión más acertada. Me introduzco en medio de un campo de girasoles rotos, podridos, todos marchitos. De todas maneras, disfruto de la experiencia. Camino entre girasoles enormes, entre tierras fracturadas. Pareciera que estoy en medio de una aventura psicodélica.

Finalmente, vuelvo al Camino oficial y, en ese momento, siento otra vez que he vuelto a ser peregrino. Es necesario perderse para encontrarse. Una hora y media después de mi salida de Carrión, percibo que estoy de nuevo en el Camino. Tengo una misión: llegar a Compostela. Y tengo tiempo. ¡Vamos allá!
Hoy, por cierto, me toca recorrer uno de los tramos cumbres de la Meseta: el que hay entre Carrión y Sahagún. Un resto de la antigua Vía Aquitania, una arteria terrosa que conectaba Burdeos y Astorga en tiempos romanos. Casi 17 kilómetros de campos de trigo y cebada, horizontes planos y largas pistas de tierra en medio de las que el peregrino siente, como tal vez nunca antes, que su alma pesa.
Sí. En este trozo en concreto, no es el cuerpo el que pesa sino el alma. A medida que el entorno se vacía, siento que mi mente se enfrenta a una prueba. Aquí no recorro kilómetros sino que me enfrento a mi soledad. Cada kilómetro es una prueba no tanto para mi físico como para mi conciencia. Me hago preguntas generales que no sé cómo responder. ¿Por qué estoy vivo? ¿Para qué camino? ¿Para qué esta vida? Lo peor de todo es que nada me responde. Los pasos son el único eco que escucho a mi alrededor. Hay momentos en los que creo estar muerto, pero la sombra de algún peregrino, algún árbol lejano, la difusa contemplación de algún pueblo perdido me indican que sigo vivo. También, claro, me sacan de mi ensimismamiento las canciones de Franco Battiato que, para ese momento, se ha convertido en un compañero de alma en esta empresa. Alquímicamente, me siento unido a él. A veces creo que la música, el arte, tienen estas propiedades. Es Battiato quien, ya muerto, regresa de otra vida mientras lo escucho para hacer este viaje con mis pies. Es Battiato quien utiliza mi cuerpo y mis pies para viajar mientras escucho su música, su voz, esos lamentos sensibles parecidos a los de los sabios ancianos y los niños.

Hoy no hay cansancio físico ni mental. Hay cansancio metafísico. A veces no sé dónde estoy. Los cereales y los girasoles se extienden a los dos lados de la calzada como testigos mudos de mi desaliento. Pero es esa sensación lo que hace este viaje interesante. Este tramo de la Meseta es casi un recordatorio de lo importante que es que no nos mintamos a nosotros mismos. Aquí me reconozco cansado, me reconozco perdido, me reconozco solo, me reconozco incluso derrotado, pero esta sensación (real para mí en esos momentos), lejos de hacerme sentir derrotado, me da paz. Porque tal vez reconocer tanto el vacío como la pérdida o el desconsuelo es un triunfo. Una victoria en medio de una sociedad enraizada en la falsedad y la mentira. Así que me abandono a mi cántico de derrota. Canto a la pérdida. Emito un himno a la tristeza y sigo caminando como una gaviota herida en medio de un paisaje vacío en el que reinan el dolor de alma y el sinsentido. Y el milagro radica simplemente en caminar, seguir. Dejando que los recuerdos y las culpas se evaporen a pesar de que atacan sin piedad y, en algún caso, se clavan como estacas en mi corazón.
Al llegar a Calzadilla de la Cueza, tras pasar delante de una pequeña iglesia, me detengo en un bar. Allí me encuentro a otros peregrinos. Nos saludamos en silencio. Ninguno habla. Hoy, por lo que sea, no percibo las sonrisas, la alegría que caracteriza a los que nos dirigimos a Compostela. Hoy todos nos miramos como perros encerrados, casi solitarios. Nuestra actitud es más huraña de lo habitual. Quizá es hoy precisamente el día en que nos hemos convertido en auténticos peregrinos. Quizá este tramo interminable nos ha hecho más maduros. ¿Quién lo sabe? Tal vez seguimos siendo tan inmaduros como podíamos serlo hace días y ese es el espejismo de la meseta: hacernos creer que estamos más solos de lo que realmente lo estamos. No nos vamos a engañar, no tenemos más arrugas que hace unos días.
Sigo caminando. Vuelve, de repente, a sonar «Il mondo». Una canción inmemorial cuya rotundidad contrasta con un paisaje vacío, con mi propia alma desnuda. Ahora de repente, los pasos se aceleran. Entiendo finalmente que el día de descanso me ha hecho bien porque, a pesar del calor, camino a paso rápido, con la vista puesta al frente, con esa mentalidad ciega de los temerarios. No sé adónde voy, pero voy. Tal vez, pienso durante unos instantes, la Meseta lo que ha hecho es que quiera huir de mí. Hoy ando no porque quiera llegar a un destino, sino porque no quiero llegar a ningún destino. Camino porque no quiero descansar. Porque a veces descansar significa estar con uno mismo. Y la Meseta provoca que, por momentos, tengamos miedo de ello.

Atravieso Ledigos con cierta calma. Aquí no hay población (por más pequeña que sea) sin historia. Amplia historia peregrina. El mismísimo Fernando III, a principios del siglo XIII, ratificó la orden de que esta villa únicamente pagara impuestos a la iglesia de Santiago de Compostela, a cuya diócesis perteneció. No llego, por cierto, a visitar la iglesia. Algo que lamento, porque más tarde leo que, según parece, es la única del Camino en la que existen representaciones de los tres Santiagos clásicos: apóstol, peregrino y matamoros.
Sigo la ruta ahora sin porqués ni para qués. Porque hay que seguirla. Porque hay que continuar. Porque hay que caminar. A estas alturas, tengo claro que la fe es también locura, que los peregrinos somos, ante todo, locos. Llega un momento que perdemos la noción del tiempo. Solo queremos llegar a Compostela. Sólo caminar. A muchos, el Camino no sólo les cambia la vida. También les trastorna.
Esto pienso al llegar a Terradillos de los Templarios. Allí paso media hora en un bar en el que no aparece nadie. Tengo la impresión de estar en medio de una ópera surreal. Me lo confirma la presencia de un italiano que me habla en un tono entre amistoso y desconfiado. Aunque finalmente se relaja, y me comenta que ha pasado la noche en un pequeño saco viendo las estrellas. Me habla de cierta constelación, de no sé qué cielos y no termino de entenderlo. Luego se aproxima a mí y me invita a fumar hierba o bien me pide dinero. La verdad es que no lo entiendo del todo y en el bar no aparece nadie. Solo hay sillas, mesas y una barra. Unos carteles fosforescentes que me causan más desconcierto que alegría. Así que sigo mi camino.

Finalmente, hago parada en un albergue regentado también por italianos donde vuelvo a tener la sensación de encontrarme en una especie de barco psicodélico, casi a la deriva. ¿Qué energías rodean a Terradillos? Creo que todos los que pasamos por aquí estamos un poco perdidos. A pesar de su nombre, apenas hay estructuras templarias aquí, pero sí se siente que hay una fuerza diferente. Imagino sectas de New Age proliferando alrededor de esta población. También a lunáticos ensimismados. Creo que todo es posible en este lugar que es, por cierto, conocido por una leyenda de raigambre alquímica: la de la gallina de los huevos de oro.
Según se dice, cada año el párroco llevaba un huevo de oro al cabildo de Compostela como ofrenda, cumpliendo así el misterioso Voto de Santiago. Pero los canónigos, ambiciosos, pidieron no el huevo, sino la gallina entera, a ver si así caía el maná dorado sin fin. Y justo ahí, como suele pasar con los milagros obligados, el hechizo se rompió: ni más huevos, ni gallina, ni oro; solo quedó la fábula, el símbolo de la avidez y la magia perdida.
Por un instante, dudo si quedarme a dormir en Terradillos. Pero decido seguir. No por miedo a ser abducido, sino por obstinación, casi por gula insatisfecha de caminar. Mi principio de tendinitis es ya un mal recuerdo y quiero aprovechar mis pies sanos al fin de nuevo.

No tardo, en cualquier caso, en arrepentirme de haber proseguido la ruta. El calor es inmenso, excesivo. Y yo, que me creía inmune a la fatiga, vuelvo a sentirme abatido. Pero, obviamente, continúo.
Desde Terradillos hasta Sahagún apenas pienso en nada más que en llegar. Mis músculos comienzan a pesar y mi cabeza se nubla. Ahora no camino, ahora no soy peregrino, tan sólo hago kilómetros. Kilómetros vacíos, sin sentido ni significado, que aunque me acercan más al objetivo, a Santiago, en realidad, parecen alejarme más. Diría que camino por el mismo lugar, que los paisajes no cambian y que estoy siempre en el mismo sitio.
Afortunadamente, esa sensación cambia cuando avisto a lo lejos Sahagún. Antes de llegar a la ciudad, a tres kilómetros, me detengo en la ermita de la Virgen del Puente. Un histórico templo del siglo XII, considerado la primera edificación del Camino francés en tierras leonesas, que ejercía mucho tiempo atrás de hospital. Leo también que se encuentra simbólicamente situado en el centro de la ruta jacobea y me relajo, respirando con lentitud, pensando en esta extraordinaria aventura. Luego me recuesto mirando el sol y me envuelve una extraña sensación de paz y pureza.
Decido quedarme en el albergue de peregrinos de la Santa Cruz. Llego satisfecho, contento, pero cuando la hospitalera brasileña me pide el carnet y voy a sacar la cartera para pagar, me doy cuenta de que no la tengo. Mi cara se torna nerviosa, por momentos quiero llorar. ¿Qué ocurre? ¿Qué puede haber sucedido? En mi móvil compruebo que nadie ha sacado dinero. Hago memoria: en Templarios llevaba la cartera. Pagué un bocadillo con dinero. Pero, ¿qué hacer? ¿Dónde está? Vuelvo a revisar en la mochila pero no la encuentro y, finalmente, una corazonada me dice que debo haberla dejado en la ermita. A tres kilómetros. Pero no estoy seguro. Tampoco puedo pagar un taxi. No tengo dinero. ¿Qué haré sin dinero, sin documentos?

La angustia me sobreviene. Aunque debería estar fatigado, corro como un loco, deshaciendo el camino recién andado. Pero estoy tan nervioso que me pierdo. No es lo mismo ir hacia Santiago con todas las flechas amarillas ayudando que hacerlo en dirección contraria. Mis nervios tampoco ayudan. Si pierdo los documentos, ¿cómo podré seguir? Corro como un poseso. Siento que los músculos se me rompen pero continúo corriendo. La camiseta se llena de sudor. Parezco un loco. Un alma en pena. No tengo seguridad, además, de que la cartera se encuentre allí donde la busco. Pero al llegar a la ermita, ahí la encuentro. Cuando me recosté, se cayó al suelo y, por mediación de los ángeles, ahí continúa. La agarro con dicha y vuelvo sonriendo, satisfecho, al albergue. Allí la hospitalera brasileña me da un abrazo y da gracias a Dios. La cena comunitaria terminó, pero no me importa. Aún me da tiempo a comprar algo en el supermercado. Y un amable peregrino italiano me ofrece también sus alimentos.
Cuando los peregrinos duermen, yo como en el patio, ajeno a todo. Ensimismado. Satisfecho. Sorprendido. Parezco un iluminado. Antes de dormir, pienso que hubiera resuelto el problema llamando a mi amigo Marcos. Él me habría enviado dinero. Habría podido hacer un DNI nuevo en alguna comisaría. ¿Quién sabe? Pero lo cierto es que el ritmo de mi Camino se habría roto. Habría dejado por momentos de pensar en la ruta sagrada. Y no sé cómo habría respondido.
Afortunadamente, estoy entero. Muy cansado, agotado, exhausto, pero entero y vivo. Creo que esa es otra imagen más del Camino. Todos terminamos exhaustos y agotados, pero volvemos a sentirnos vivos. Lloramos, reímos, nos perdemos. Estamos vivos. Volvemos a estar vivos. Shalam
يرى الجميع ما تبدو عليه، لكن قلةً فقط يدركون حقيقتك.
Todo el mundo ve lo que aparentas ser, pero pocos experimentan lo que realmente eres.




1imagen…(telegrama)… el individuo(tu) vas hacia la flecha el exoesqueleto se queda en un camino el dia 41….
2imagen…karim hace jazz (tete montoliu)…composicion una abstraccion al dia (kandinsky)…jajajjj
3imagen…no se porque esta fachada me acerca a petra…..
4imagen….lo que se hace (girasoles llenos) y lo que no se hace (girasoles secos)….
5imagen…cambio climatico (el verde esta en la zona de lo que parece una placa informativa) (los gusanos)…
6imagen…ledigos 59 habitantes….
7imagen…dos exoesqueletos el mejor tu mochila de oro…jajajjj
8imagen…si alrededor de la farola se colocaran una docena de huevos (de oro)….que sucederia de este acto publicitario….
9imagen…al lado del edificio aparece volpina de amarcord fellini 1973 (hospitalera brasileña que me abraza y me desea el bien)
PD…tete montoliu..blues for myself..1977…(hasta el nombre es atractivo)
https://www.youtube.com/watch?v=33l7VpwL2o0&list=PL32HQtDvkfKk8iJBAoV7FKF-Luqal67Xp&index=5
1) Es un sentimiento popular, que diría Battiato. En este caso, una expresión popular.. las flechas..jajja 2) Busco un centro de gravedad permanente. Spoiler: lo encontré. jajaj 3) Yo también veo a Petra allí. Arte clásico. Dórico..jajaj.. mesopotamia.. oriente.. jaja. 4) Los girasoles destruidos. El navío ebrio. Van Gogh. 5) Insolación. Aquí podría aparecer la oreja de Terciopelo azul. David Lynch.jajaj 6) Hasta los pueblos parecerán autopistas con estos carteles..jajja.. Fraga.. desarrollismo.. Carreteras. PSOE. 7) Lucha a muerte. El alien va subiendo por la estatua y se lo come. Ridley Scott. 8) Gallinas.. galllinas… ¿A cuánto el precio de la gallina? Así podría empezar una canción de Radio Futura. 9) Momento de milagro. El monedero ahí.. la cartera.. el regreso parecía Rambo. El rambo del camino… redivivo..jajajaj PD: Yo lo vi una vez en Murcia.. gratis.. nunca lo olvidaré.. de negro.. parecía la imagen de una novela negra… impactante.. de verdad.. auténtico.. anárquico pájaro.