Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé del día 38. ¡Ahí voy!
Un Camino. Día 38.
Viernes, 22 de agosto.
Como es habitual, los peregrinos nos despertamos cuando aún no ha salido el sol. A eso ayuda, desde luego, que nos durmamos pronto debido al cansancio y los horarios de los albergues. Tanto el despertar como el amanecer en las ruinas del antiguo monasterio de San Antón son, cuando menos, agradables. En realidad, son un regalo espiritual para el alma. La belleza aquí es sagrada.
Antonino vuelve a ejercer de amable anfitrión y nos sirve un consistente desayuno que la mayoría saboreamos con agrado. Yo aprovecho para conversar un poco con el señor francés que dice haber sido amigo de John Lennon y Roman Polanski. Aunque más bien, respondo a sus interrogaciones. Me pregunta si conozco a Manet, a Berlioz, a Chopin. Pone a prueba mi cultura haciéndome preguntas a ráfagas que contesto como puedo, sin cesar de sonreír, porque personajes así no se encuentran todos los días. No sé si este señor en concreto ha sido declarado patrimonio cultural oficial del Camino por alguien, pero tengo muy claro que merecería su estatua simbólica en la ruta.

Antes de partir de San Antón, me despido de Antonino, quien me vuelve a abrazar como si fuera su hermano de otra vida. Un abrazo que sostiene durante diez segundos con cada peregrino, mientras sus ojos se humedecen. Es constatable que para Antonino, los peregrinos somos más que personas o viajeros. Somos sus hermanos espirituales. Con ese abrazo nos da a entender que siempre, siempre (pase lo que pase) nos recordará. Nos tendrá en su corazón. Yo, aunque jamás lo vea, nunca lo olvidaré.
En fin, hay que continuar. Apenas luce el sol cuando llego a Castrojeriz. Una obligada parada. No tanto porque desee contemplar la iglesia de Santo Domingo ni la iglesia de San Esteban (reconvertida ahora en albergue) o porque desee subir al castillo primitivo que domina el cerro, sino porque mi móvil se encuentra completamente descargado. Así que, tranquilamente, lo cargo en un café mientras saboreo un té de menta y hablo con peregrinos de distintas nacionalidades. Mientras lo hago, no ceso de sonreír. ¿Cómo no hacerlo? Me saludan dos peregrinas francesas emocionadas, que expresan su gratitud por el Camino casi con lágrimas en los ojos. A su manera, lo mismo hacen un napolitano y su hijo. Aunque haciendo honor al lugar del que proceden, hablan de manera humilde, sí, pero también chulesca. Por supuesto, aprovechan para echar pestes de los clubes de fútbol del norte de Italia. Según ellos, Juve, Inter y Milan suelen comprar árbitros y sobornar a los máximos dirigentes del Calcio. ¡Probablemente no les falte algo de razón! Yo, desde luego, no voy a discutir con ellos. El manto de Santiago convierte cualquier rivalidad de bar en absurda y banal.

Una hora más tarde sigo caminando. Hoy no me encuentro ni alegre ni triste. Más bien, estoy tranquilo. Con el ánimo en calma, comienzo a subir el Teso de Mostelares. Un fuerte repecho que no esperaba y me obliga a apretar los dientes. Conforme asciendo, me uno a otros peregrinos de los que me separo y me vuelvo a unir cada cierto tiempo. Apenas hablamos entre nosotros, pero hay una intensa comunicación entre nuestros espíritus. Nuestros silencios, sonrisas y saludos dicen más que centenares de frases. Vamos, como decía la canción de Battiato (que vuelve a sonar bien alto), «siguiendo cierta ruta en diagonal por la vía láctea».
Aquí el pragmático rotar del mundo cotidiano queda muy lejos. Nuestros pasos resuenan en torno a una inmensa aventura espiritual. Desde lo alto del Mostelares se ven los cuerpos de los peregrinos, en pequeños ríos, avanzar. Parecen pájaros heridos, espíritus perdidos en medio de un inmenso páramo que, si lo atraviesan, los convertirá en personas más fuertes.
El calor, por cierto, vuelve a ser insistente. Estamos, sí, en plena meseta, en medio de la inmensa Tierra de Campos. Un paisaje que parece casi reflejo de algún exilio. La ruta por momentos deja de ser regalo para transformarse en castigo. Los árboles han desaparecido, los bosques son casi una adivinanza y la vegetación un espejismo. En realidad, los prosélitos del Camino aseguran que este castigo sera necesario porque del mismo saldremos mejores. ¿Quién sabe? Yo, al menos, no veo más opciones que caminar sí o sí; y mejor, por supuesto, hacerlo sonriendo.

Tal vez precisamente por mi risueña actitud entablo conversación con la peregrina madrileña que llegó ayer a última hora a San Antón. Una veterana (lleva décadas realizando distintos tramos del Camino cada verano) que me aconseja, si quiero vivir de nuevo una gran experiencia, detenerme hoy a dormir en la Ermita de San Nicolás en Puente Fitero. Un albergue administrado por hospitaleros italianos, pertenecientes a la Confraternidad de San Giacomo. Una entidad fundada en la ciudad italiana de Perugia en 1981 por el profesor Paolo Caucci von Saucken y un puñado de peregrinos empeñados en mantener viva la llama de su peregrinación a Santiago y, a su vez, traer de vuelta la tradición de una antigua cofradía compostelana del siglo XIV. Al principio dudo un poco. La historia de la cofradía me provoca lógicamente interés pero no termino de decidirme. Sin embargo, cuando mi compañera me comenta que allí aún continúa celebrándose el tradicional y simbólico rito cristiano del lavatorio de los pies de los peregrinos, tengo muy claro dónde cenaré y dormiré.
Esas son las maravillas del Camino. Hoy tenía pensado andar más de 30 kilómetros, pero tan sólo lo haré durante trece o catorce, puesto que la ermita se encuentra ya muy cerca. De hecho, no tardo en encontrar el lugar exacto. He llegado tan pronto que los hospitaleros se preparan para salir a comprar las viandas del día a Itero de la Vega. Aun así, tienen, por supuesto, tiempo para recibirme. En principio, me acoge una mujer catalana muy amable, Teresa, que no escatima con los dulces. Me ofrece uno detrás de otro y me hace sentir bien recibido al momento. También los hospitaleros italianos, María, Giovanni y Salverio, me saludan amablemente, sellan mi credencial y me invitan a dejar mi mochila en uno de los escasos lechos de la ermita. Otro pequeño lugar mágico cuyos secretos e historia deseo explorar. Será, eso sí, más tarde.

Los hospitaleros italianos cierran la ermita como quien sella un cofre y yo aprovecho para dirigirme también a Itero de la Vega, en mi caso a descansar y comer.
Al poco tiempo, atravieso el antiguo y mítico puente de Fitero, bajo el que discurre el Pisuerga. Construido en tiempos de Alfonso VI, a principios del siglo XII, el puente de once arcadas marcaba antiguamente la frontera del Condado de Castilla con la inmensa Tierra de Campos. Hoy marca el paso entre Burgos y Palencia. ¡Otro monumento que nos hace hablar directamente con la historia!
Itero es el clásico pueblo castellano perdido. No posee una gran monumentalidad pero, a cambio, sus gentes resultan muy acogedoras. Curiosamente, ni el silencio ni el calor son los grandes protagonistas en sus calles, sino el rock, las camisetas negras sin mangas y las litronas.
Durante este fin de semana se celebra un festival underground llamado Tachu Rock (en el que predomina el punk, el ska y el rock barrial), que se ha convertido en una cita recurrente y tradicional en la pequeña localidad. Así que el pueblo está invadido de jóvenes con crestas, vaqueros, melenas y perros que beben cerveza y calimocho con desenfado, mientras, a lo lejos, se escuchan las guitarras rugiendo. Ya sea porque los grupos están comenzando a tocar o se encuentran ensayando. Obviamente, esto provoca que exista una gran algarabía en el pueblo. Las calles rebosan de gente y buenas vibraciones.

Aunque estoy solo, en el Camino siempre se está en compañía. Así que, mientras tomo una cerveza en un bar, me encuentro con varias de las peregrinas con las que compartí noche en San Antón. También con un alemán que sigue muy atentamente las huellas del Románico y ha llegado a dormir varias noches a la intemperie junto a ermitas abandonadas, iglesias casi derruidas y demás lugares sagrados. Por último, charlo con una mujer que lleva realizando el Camino varios años, pero es el caso contrario de la caminante madrileña (una fondista entregada a las distancias largas) que me aconsejó dormir en la ermita. Esta en concreto camina uno o dos días por año. No más. Y va poco a poco avanzando. En esta ocasión, comenzó el jueves y el sábado por la mañana volverá a Burgos con su marido e hijos. ¡Queda claro que el Camino es espejo de la inmensa variedad humana! Atrae y absorbe en su embudo a seglares, ateos, curiosos, profundos viajeros, arrepentidos y caminantes vocacionales. La viña del señor al completo.
Al regresar a la ermita de San Nicolás, encuentro allí de nuevo a Andrea (la psicóloga) y Jesús (el contador). También a un nutrido grupo de italianos que han ocupado las escasas plazas del albergue. Andrea, por cierto, está realizando sesiones de terapia con algunos de sus pacientes. No les dice, lógicamente, que se encuentra en el Camino y para eso utiliza una serie de filtros en su teléfono que le confieren una imagen más profesional. ¡Curiosa anécdota!

Yo, tras ducharme, vuelvo a conversar amigablemente con Teresa. Ella es actualmente voluntaria en la Asociación Amics dels Pelegrins a Santiago en Cataluña. Así que, inmediatamente, comparto recuerdos, dudas e inquietudes sobre los desvíos, virtudes y problemáticas de esta ruta a su paso por Cataluña. Me cuenta que descubrió el Camino en 1999 junto a dos amigas. Para sus compañeras fue una bonita experiencia. Pero para ella, mucho más. La ruta la marcó y desde entonces no ha querido separar su vida de ella. Es su pulmón y motor. Un emblema que le da fuerza en sus peores y mejores momentos.
A Teresa, desde luego, se le percibe muy comunicativa y, sobre todo, dichosa de ser hospitalera. Me comenta que conoció a otros hospitaleros del albergue, María y Giovanni, años atrás en el transcurso del Camino sanabrés. Esta pareja de joviales italianos que transmiten serenidad y paz, otro amable hospitalero, Saverio, y Teresa serán nuestros anfitriones durante nuestra estancia allí.
Obviamente, quiero saber todo lo posible de este pequeño y mágico lugar y no pierdo el tiempo: investigo, pregunto, indago. La historia de esta discreta pero preciosa ermita-hospital —mencionada ya en las Cantigas de Alfonso X— está indisolublemente ligada al puente de Fitero, que conecta Burgos y Palencia. Por él cruzaron peregrinos, mercaderes, reyes y soldados; y en esa ribera nació hace siglos un hospital para acoger y aliviar a los caminantes en dirección a Santiago.

El hospital, dedicado a San Nicolás de Bari —patrón de peregrinos y marineros— surgió en 1174 por impulso del conde Nuño Pérez de Lara y su esposa Teresa. Su objetivo era doble: dar refugio a los peregrinos exhaustos y servir como panteón familiar. A lo largo de los siglos pasó por varias manos —de la Orden de San Juan a los Caballeros de Malta— y sufrió profundos cambios por los vaivenes de la historia. Las piedras del hospital y las naves laterales se perdieron. Sin embargo, queda en pie una parte: la nave septentrional, humilde y bella, de románico tardío, que fue convertida en ermita desde el siglo XVIII.
Cualquier viajero atento, a poco que se detenga, puede percibir en los restos de arcos cegados y pilares embutidos en los muros, la dimensión que tuvo en otros tiempos esta pequeña fortaleza espiritual.
Como tantos hitos jacobeos, San Nicolás quedó durante décadas en ruinas —esqueleto al borde del olvido— hasta que, resucitado por la fiebre moderna del Camino y, sobre todo, gracias a la mente clarividente del historiador ascolano Paolo Caucci von Saucken, la ya mentada Confraternidad de San Giacomo (Perugia) y la colaboración local y regional, el lugar volvió a la vida en los años noventa. Concretamente, en 1994. Nació así un albergue minúsculo, sin electricidad ni lujos, atendido por hospitaleros italianos y abierto cada verano.

El albergue funciona por donativo, cuenta con apenas doce camas (el número de los apóstoles) y se rige según la Regla de San Benito: “acoge al peregrino como si fuera Cristo mismo”. Yo —junto a una peregrina asiática, Jesús, Andrea y ocho italianos— tengo hoy el privilegio de cenar y dormir aquí. Aunque, de la nada, aparece otro peregrino: Antoine. Un muchacho delgado y culto que acaba de recorrer casi 60 kilómetros.
Sí. Parece mentira pero Antoine viene ni más ni menos que de Burgos y, aunque el cupo está completo, tamaño esfuerzo merece especial atención. Así que Giovanni, Saverio y María le hacen un hueco en la capilla para que duerma allí con su saco. Curiosamente, se lo ve menos fatigado que otros peregrinos. Por lo que aprovecho para conocer un poco su historia: está recorriendo el Camino de Tours (la vía Turonensis), una de las grandes rutas francesas. La misma parte desde la Torre de Santiago en París, pasa por Orléans, Tours, Poitiers y Burdeos, y conecta peregrinos de toda Europa del norte y del este, que se dan cita en el Camino Francés (concretamente en Puente la Reina) hacia Compostela. Antoine, además, forma parte de una red francesa de hospitalidad entre peregrinos, así que durante su periplo galo se fue alojando en casas de viajeros que realizaron anteriormente esta ruta.

En verdad, Antoine es un personaje enigmático. Está realizando el Camino para contemplar in situ determinadas iglesias templarias. Me pregunto si estudia arquitectura o desea conocer el simbolismo de las catedrales. Pienso en Fulcanelli. No hay tiempo, en cualquier caso, para ahondar mucho más: Teresa nos avisa que ha llegado el momento cumbre. Nos reunimos junto al resto de los peregrinos para participar en el rito que convierte este albergue en un rincón sagrado, casi medieval: el lavatorio de pies. Una tradición jacobea que hace referencia al momento de la Última Cena en el que Jesús lavó los pies a sus apóstoles. Hay que recordar también que, en otros tiempos, los peregrinos eran considerados mensajeros de Dios o casi el mismísimo Cristo encarnado. Así que, al besar sus pies cubiertos de polvo y heridas, se honraba el sacrificio de su fe.

Giovanni, María y Saverio se visten elegantemente con los hábitos de la Confraternidad: túnica roja, capa marrón en los hombros y cordón atado en la cintura. Mientras tanto, los trece peregrinos que allí nos encontramos recibimos con agradecimiento, bajo la luz de las velas, la bendición. Al darla, nuestros anfitriones recitan una clásica oración: «En el nombre de Cristo te acogemos en el hospital de San Nicolás; que el descanso te reconforte y te dé fuerzas para que continúes tu camino hasta Santiago.”
Cuando llega mi turno, cierro los ojos, y siento el beso en mis pies de Giovanni. Otro emocionante momento que me confirma que este Camino estaba marcado en mi destino. ¡Jamás lo olvidaré! ¿Cuándo había soñado yo vivir algo así?
Luego llega la cena, a la luz de las velas, entre cruces, retablos crísticos, estampas de la Virgen y los nobles muros de un lugar que transmite tanto elegancia como humildad, piedad y orgullo. Como no podía ser menos, tratándose de hospitaleros italianos, la cena es copiosa y llena de sabor y frescura. La ensalada es fresca, el vino corre por la mesa con frugalidad y los tallarines están envueltos en una salsa especial que convierte un simple plato de pasta en un manjar de reyes.
Los italianos son mayoría y acaparan la conversación. Uno de ellos me mira con ojos emocionados y me comenta que no puede explicar con palabras lo que está suponiendo para él esta ruta. Cada día es mejor y supera al anterior. Comparto su opinión. Yo también estoy exultante y, al mismo tiempo, tranquilo.

La cena acaba de modo magnífico. ¿Podía ser de otro modo? Aunque no nos encontramos en Navidad, en el corazón de los cristianos siempre debería serlo. Por eso Giovanni, María, Teresa y Saverio nos sirven el clásico postre navideño, el Panettone. Obviamente, disfrutamos del mismo con gratitud mientras se suceden todo tipo de bromas y enjundiosas charlas.
La noche no termina aquí. En el Camino, como en la vida, siempre hay tiempo para algo más. Varios de los italianos viajan con sus guitarras a la espalda, y pronto las sacan e improvisan canciones en su idioma, invitándonos a todos a unirnos en torno a ellos. Desconozco algunos temas, pero otros me resultan muy familiares. Suena fuerte el himno antifascista y una serie de clásicos transalpinos que convierten la velada en otra noche mágica que podría haber aparecido en un filme de Fellini.
A veces pasa algún peregrino nocturno (los hay, y no son pocos) que nos desea buen camino. Uno en concreto es un viejo conocido de estos italianos y rompe de improviso a cantar con ellos mientras corean su nombre en medio de la profunda noche. ¡Maravilloso, épico!

Curiosamente, los italianos no desayunarán con nosotros. No alcanzo a entender bien, pero creo que se acerca un fenómeno conocido como luna negra: una especie de eclipse solar que provoca que el cielo alcance su máxima oscuridad. Su idea es partir sobre las 4 de la mañana para contemplar este fenómeno y las desvanecidas estrellas mientras cantan, como tal vez lo hacían los viejos peregrinos y arlequines, y continúan recorriendo una ruta infinita, llena de buenos augurios.
Obviamente, al escuchar esta nueva historia que me deja de nuevo con la boca abierta, no puedo evitar acostarme con una sonrisa. Escucho de tanto en tanto, internamente, los versos de aquella canción de Battiato: «Seguimos cierta ruta en diagonal por la vía láctea». No sé si es posible pensar en mejores estrofas, letras que esas para conciliar el sueño.
Este Camino no es mágico. Es más. Es un satélite de luz bendita en medio de un mundo desnortado y caído. El Camino de Santiago está muerto para quien ha muerto en vida o se regodea en su cinismo, pero es un pez rabioso y vivo para quienes aún continúan en pie, para todos los que tienen fe aunque no sepan en qué. La ciudad de Compostela, dicen, es la meta pero, en el fondo, no es más que un pretexto para la transformación total. Shalam
الكل موجود حتى في القطع المكسورة
La totalidad está presente incluso en las piezas rotas.




1imagen…exvoto (mochila)-(zurron) en lo alto del monticulo….
2imagen…nido debajo del roseton…viga de hierro que refuerza para impedir el derrumbe…encima de la viga botellas de vidrio vacias (tiro) esta es la cosa…..
3imagen…rebaño…una misma cabeza…..
4imagen…en medio del campo amarillo hay un charco en el que me lavo los pies (descanso)……
5imagen…casas de dos en dos (surrealismo)….
6imagen…escultura de dos kafkas (adelantamiento de una progresion)….
7imagen…conducir a las dos mochilas de cada lado del portico…las dos diferentes aunque las dos iguales para la ocasion…..
8imagen…los contrafuertes son las casas de carpanta personaje….
9imagen…los comulgantes …bergman…1963…
10imagen…el tour de francia el tour de los negros (el blues)….
11imagen….como es sabido los pies son el simbolo del sexo (para los surrealistas)…jajajjj
12imagen….todos sentados en w.c. (el fantasma de la libertad ….1974…buñuel…(la escena del almuerzo)…..
13imagen….cuando miro la pupila la corto con la hoja de la navaja…(sonrisa en el balcon)…..
PD…l,angelo sterminatore….1962…
https://www.youtube.com/watch?v=dwum6gt94Ro
1) Tierra baldía. Relatos de un país yermo. Libro de cuentos sobre peregrinaje..jajaj 2) El último vestigio de Tarkovki. Su testamento: Sacrificio. El camino se aleja de lo sagrado y se aproxima peligrosamente a Galicia. Comercial. 3) Ellos vieron a Maradona en vivo y directo. Ni Jesucristo. Hosanna. 4) Machado. Campos de Castilla. Poemas al olvido. 5) Magritte. 6) Calimocho y rock. Los niños hablarán en el futuro de estas vivencias. Formarán un grupo y lo pasarán bien. 7) La puerta del secreto. Imaginación total. 8) Los romanos envidiosos por no haber pensado antes en construir un puente aquí. 9) El Angelus Novus. Visión para una pintura angélica de Klee. Pintando lo invisible. 10) Lección de geografía. Maestro apunta a cada lugar y los alumnos repiten. 11) Semana Santa. Preparando el trono. 12) El discreto encanto del misticismo. Nueva versión de la peli de Buñuel. 13) Perro andaluz visto por un imitador de Pasolini. Peli además de cine mudo. La vida experimental. PD: maravilloso ver eso en italiano. Todo el siglo XX está en esa escena…Beeeeee