Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago, realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé de la segunda mitad del día 34. ¡Ahí voy!
Un camino. Día 34 (2)
Lunes, 18 de agosto.
Al poco de reanudar mi camino, me doy cuenta de un hecho muy sintomático: el contraste que existe entre la alegría que me embriaga tras la llamada de Belén y de mi amigo Álvaro, y el lugar en el que he escuchado la noticia: el monumento a los fusilados por la Guerra Civil.
Tomo conciencia de que, cerca del lugar donde tanto he disfrutado internamente, se encontraban innumerables fosas comunes en las que fueron asesinados y enterrados cientos de seres humanos. Hay muchas personas que han llorado justo allí donde yo sonreía, que han arrojado tierra al suelo, con impotencia, acordándose de sus ancestros en el lugar donde yo bendecía los cielos.
Supongo que esta paradoja deja traslucir otra de las tantas lecciones del Camino (y de la vida): la alegría y el dolor son experiencias complementarias en el tapiz de la existencia. Y por mucho que nos olvidemos de la muerte, su huella lo invade todo; aparece en los momentos más insospechados. Se entrelaza internamente con la vida como la tristeza con la alegría.
Tal vez sean la serenidad, la tranquilidad o la aceptación conscientes la única manera de trascender ambos estados. ¿Quién puede saberlo con certeza?

En fin. Queda claro que el Camino, como las grandes experiencias, es mucho más una vía para recordar que para olvidar. Mi Camino se está abriendo en este momento, pero el de otros se está cerrando ahora mismo. También llegará un día (tal vez cercano, tal vez lejano) en el que mi vida se cerrará. De momento, sigue abierta y la disfruto al máximo.
No creo que sea casualidad que, mientras ando con energías renovadas, suene un tema en mis altavoces lleno de vitalidad y optimismo: «Alive and Kicking». El gran clásico de Simple Minds, la canción que catapultó al éxito total a la banda escocesa y los inmortalizó para siempre. Un tema que ha sonado frecuentemente en algunos de los mejores momentos de mi vida. La vitalidad que desprende no es casual. Jim Kerr y los suyos querían componer un éxito lleno de fuerza y garra que, si fuera posible, resultara tan fácil de recordar como alguna canción de The Beatles; de ahí el épico «la, la, la» con que concluye el tema.
Simple Minds comenzaron siendo una banda extraña, fronteriza, que se movía entre límites, intentando condensar en sus canciones el vértigo, la angustia y los peligros de la modernidad. Sus miembros eran fans de J.G. Ballard y William Burroughs. Estaban más cerca de Joy Division que del funk o el pop de consumo. Pero, con el tiempo, sin perder su personalidad ni sus señas de identidad, universalizaron su sonido. Se expandieron, se acercaron al soul y al techno comercial de la época, se dejaron seducir por el mercado norteamericano y, guiados por el productor Jimmy Iovine, compusieron «Alive and Kicking». Una oda expansiva y luminosa que es, en el fondo, un ritual de celebración, consolidación de fuerza y vitalidad, con el que conquistaron el mundo y los oídos de cientos de miles de jóvenes. ¡Todo un himno!

Tal vez por las buenas noticias recibidas, hoy las canciones que escucho parecen remitir a la adolescencia, a la juventud, a la inocencia. Invitan al optimismo. Hablan de caminos abiertos. Suenan, por ejemplo, varios temas de Supertramp (continúa chispeando y hago sonar, lógicamente, aquel delicioso «It’s Raining Again» que aparecía en Famous Last Words…) y ABBA, que me hacen pensar en cómo ha cambiado el rumbo de la música en las últimas décadas.
Es posible que idealice, pero tengo la impresión de que, décadas atrás, existía una voluntad de exploración, una magia. La música era una vía emocional para profundizar en nuestros sentimientos con mayor hondura. Hay temas de Supertramp, de ABBA, de Eurythmics que recuerdan a la primavera, a las flores, nos rejuvenecen.
Sé que es un prejuicio, pero a veces creo que la mayoría de la música actual no invita ni a enamorarnos ni a odiar. No transmite dulzura ni rabia. Es una anestesia. Un analgésico emocional. Una excusa para olvidar. Algo que, sin llegar a esos extremos, también creo que se percibe en determinados tramos del Camino de Santiago. La masificación que sufren algunas etapas lo ha convertido, más que en vía de regeneración espiritual, en sendero de distracción y escape. Un tema sobre el que ya habrá tiempo de hablar.
A decir verdad, hoy, más que caminar, parece que vuelo. Y pronto, tras atravesar senderos repletos de pinares, cercanos con el bosque encantado de la Pedraja, me encuentro en San Juan de Ortega. Una pequeña localidad, cuyo nombre homenajea al célebre religioso discípulo de Santo Domingo de la Calzada, cuya breve extensión contrasta con su vasta historia y sus sacros y antiguos misterios y milagros. Actualmente, el más conocido, y que más comentarios y visitas suscita, es el que se produce en la iglesia del monasterio durante los equinoccios de primavera y otoño (alrededor del 21 de marzo y el 22 de septiembre).
El suceso es conocido como el «Milagro de la Luz», y consiste, ni más ni menos, en lo siguiente: un rayo solar entra por una ventana de la iglesia románica, iluminando durante unos minutos el capitel que narra la Anunciación, es decir, el encuentro entre el arcángel Gabriel y la Virgen María. Finalmente, el haz de luz culmina su recorrido prodigiosamente deteniéndose en las escenas del nacimiento de Jesús.

Este suceso, en el que Cristo emerge simbólicamente como “luz del mundo”, bastaría por sí solo para dar la razón a muchas de las tesis sostenidas por Fernando Sánchez Dragó en su Historia mágica de El Camino de Santiago. El escritor madrileño aseguraba que quienes contribuyeron a construir el Camino y sus monumentos eran depositarios de antiguos conocimientos, comunicados a través de símbolos y lenguajes esotéricos (el compás, la escuadra, la plomada). Afirmaba, por ejemplo, que los maestros canteros eran iniciados que conectaban su ciencia con tradiciones anteriores, herederas de saberes universales.
Yo, lamentablemente, no estoy en las fechas adecuadas para ser testigo del luminoso acontecimiento. Así que me tengo que contentar con los testimonios que hay diseminados por internet y con lo que me cuenta uno de los habitantes de un pueblo cercano, que se encuentra tomando café cerca del monasterio.
Tomás, así se llama este señor, cuyas arrugas se parecen a grietas de tierra seca, me comenta que este extraordinario milagro arquitectónico era totalmente desconocido cuando él era un niño. Al parecer, en 1974, dos peregrinos vascos, Juan Pedro Morín y Jaime Cobreros, fueron los primeros en percatarse de este fenómeno. Advertido por ellos, el párroco de aquel entonces, Miguel Alonso, confirmaría el milagro y lo daría a conocer al mundo. Lo más sorprendente de todo es que don Miguel era medio ciego. Apenas veía. Pero su escasa visión le bastó para certificar esta maravilla, que convirtió al templo del monasterio en un punto ineludible, prácticamente inexcusable, del Camino francés.
No soy yo precisamente alguien que busque restar solemnidad o trascendencia a los asuntos de la iglesia, menos en tiempos tan nihilistas como estos. Pero tal vez el misterio de la luz no haya que buscarlo en complejos sistemas de orfebrería arquitectónica, alquimistas e iluminados, sino en algo más sencillo: una simple reforma.

Eso es precisamente lo que sugiere Marcela Rodríguez (célebre hospitalera y posadera durante décadas en San Juan), en una entrevista, con cierto temor a romper un mito, pero con la seguridad que da haber vivido el nacimiento de ese mismo mito.
La mujer comenta (medio riéndose, con la boca pequeña, y con la humildad que poseen las almas sencillas), que fue a raíz de una reforma que obligó a recortar el mueble del coro a mediados de los 70, que se produjo el mentado milagro. De no haberse llevado a cabo esa modificación en la iglesia del monasterio, nadie hablaría de círculos masónicos e iluminados crísticos en San Juan. ¡Ja! No puedo, obviamente, evitar sonreírme al escucharle decir esto con un gracejo que le honra.
Marcela, por cierto, trabajó codo con codo en el monasterio de San Juan de Ortega, con otro de esos personajes que el Camino y la sabiduría popular convirtieron en míticos.
Me refiero al párroco José María Alonso. Un hombre que, al revés de lo que hubieran hecho otros (aprovechar el milagro de la luz para extraer réditos económicos), entendió la mayor afluencia de peregrinos como una bienaventuranza, una oportunidad para mostrar generosidad. Contribuyó, por ejemplo, a transformar el antiguo monasterio de San Juan en albergue parroquial para peregrinos y se hizo querer por su simpatía y generosidad. Fue conocido con el sobrenombre del «cura de las sopas de ajo» porque diariamente servía este alimento (muchas veces ayudado por Marcela) a los peregrinos tras la misa. Además, solía interpelar directamente a cada uno de los viajeros a los que encontraba con una pregunta concreta y clara: “¿Y tú, por qué haces el Camino?”. También solía recordar a quienes tenía delante que el Camino no era una utopía separada de la vida cotidiana, que si los seres humanos poníamos de nuestra parte podíamos vivir en paz, aprender, crecer.

En fin. Conocer la versión de Marcela pone un poco de sabiduría sanchopancesca en un terreno tan dado al exacerbado idealismo como el del Camino. Y, por supuesto, pone también en entredicho (o, más bien, dota de un sabor más terrenal) a otra de las leyendas que rondan el monasterio de San Juan de Ortega. Concretamente, la que tiene que ver con la tumba del santo y el nacimiento de Juan, el hijo primogénito de Isabel la Católica.
Desde antaño, a San Juan de Ortega se le habían atribuido facultades para propiciar nacimientos en casos dificultosos. Era habitual que, alrededor de su tumba, se reunieran grupos de mujeres que deseaban tener hijos. Esta fama atrajo también a la reina Isabel la Católica. La leyenda cuenta que, tras solicitar al abad la apertura del sepulcro del santo, salió del mismo un enjambre de abejas blancas que fueron consideradas como las almas de los no nacidos que aguardaban encarnarse. El guía de Isabel le explicó este significado simbólico, sugiriendo que quizá una de esas almas la acompañaría. Milagro o no, verdad o superchería, lo cierto es que al año siguiente, según se cuenta, la reina tuvo un hijo, al que llamó Juan.
Parece claro, por tanto, que quien desee tener hijos y no pueda concebirlos, a San Juan de Ortega ha de rezar. ¡Allí debe peregrinar!

En fin. Prefiero no imaginar lo que Marcela Rodríguez piensa de este último milagro, aunque no puedo evitar remontarme a lo que las gentes de la época podrían decirnos mientras contemplo el baldaquino gótico que aseguran que Isabel ordenó construir en agradecimiento al santo.
Hay que continuar caminando. Lo hago, lógicamente, solo. A veces recuerdo a David. Tal vez ya no vuelva a caminar con él. ¿Quién sabe? No tengo mucho tiempo para pensar en los motivos de la separación porque el Camino parece un río de fertilidad y experiencias. Me conduce por territorios maravillosos, sorprendentes, como es el caso de Atapuerca, un pueblo cercano al centro donde se encuentran las célebres pinturas primitivas que, desde luego, me impresiona atravesar.
Las imágenes que abren 2001: una odisea del espacio, el filme de Kubrick, vienen a mi mente conforme veo unas llanuras, montañas y rocas de las que parece que van a emerger hombres primitivos, bisontes, búfalos, orangutanes agarrando huesos como guerreros. Por momentos, olvido la religión y los milagros y me centro en contemplar un cielo del que parecen escucharse rugidos de animales: bestias que imperan en medio de unos territorios cuyo paisaje sobrecoge.
A punto estoy, por cierto, de animarme a pernoctar en un albergue de Atapuerca, en cuya terraza veo a varios peregrinos cuyos rostros me suenan de días atrás. Nos saludamos como si fuéramos perros o viejos conocidos. La ruta nos une. Pero, finalmente, decido seguir. Busco un lugar más desconocido, casi anónimo.

Otro pueblo que me fascina es Agés. Parece un pueblo encantado. Tiene un halo mágico. Supongo que suena a tópico, pero podría aparecer en un capítulo de David el Gnomo o de El señor de los anillos. Tampoco hay que exagerar, pero en una hipotética serie de dibujos animados sobre el Camino de Santiago —¿por qué no se ha hecho hasta ahora?— quedaría genial. Sus habitantes hablan con una fuerza muy profunda, tranquila pero intensa, como tal vez se hablaba en los pueblos de España siglos atrás. Su voz resuena en los pulmones; parece proceder del interior de la tierra, estar en conexión con todo su ser.
Allí, en Agés, vuelvo a encontrarme con otros peregrinos. Presencias inesperadas que nunca son casuales. Hace varios días, en el albergue de Nájera, conocí a un muchacho de Valencia que viajaba con su padre. Charlamos un poco. Yo aún cojeaba levemente. Me dirigía al río para meter la pierna en agua fría, casi helada. Ahora me mira consternado. Es él el que tiene un pie mal.
Me cuenta algo que me impresiona. Hace un par de días se lesionó y el dolor fue tan grande que decidió abandonar. Sin embargo, como se encontraba en un descampado, el taxi no lo pudo localizar. Así que, después de descansar dos horas, siguió caminando, con dolor, herido, casi al límite, pero continuó. Durante su lucha, se dio cuenta de que podía superar su umbral de sufrimiento, que aún podía dar un poco más de sí mismo. Llegó al albergue, descansó y decidió proseguir. Lento, llevando cuidado, pero eligió no rendirse. Y ahí está frente a mí.
Otra de esas curiosas y bellas historias del Camino. Mañana, cuando llegue a Burgos, tomará el tren a Valencia junto a su padre. Pero eso sí estaba previsto desde que comenzó la ruta. En otro momento retornará e intentará completarla. Intuyo que, cuando lo haga, será mágico.

Continúo caminando por el valle del Río Pico. Todo es bello esta tarde. Todo es sincrónico. Suena «Il mondo». Vuelvo a sentirme como otro de esos muchachos, mujeres y hombres en torno a los que gira el mundo, como siempre, a los que aludía Jimmy Fontana en su clásico. Uno más. Un caminante. Otro más. Va atardeciendo.
Es un día tan bello, tan alegre. ¿Dónde dormiré? Miro el mapa y, finalmente, elijo hacerlo en Cardeñuela de Río Pico. ¿Por qué? Porque me es totalmente desconocida y busco un lugar tranquilo donde apenas haya peregrinos. Necesito, de hecho, escribir. Desde el día en que llegué a Garrón no lo he vuelto a hacer. Nunca he pasado tanto tiempo sin escribir en los últimos años, algo que no me mortifica; lo tomo casi como una buena nueva.
El camino me está cambiando, transformando. Un Alejandro nuevo, más sano, emerge. Aunque parezca mentira, esto sugiere el hecho de que lleve muchos días sin abrir Averíadepollos y, aun así, me sienta bien, libre, tranquilo. Pero ya va siendo hora de escribir algo. Así que, sin dudarlo, me detengo en Cardeñuela.

En principio, dudo en si dirigirme al albergue que se encuentra en lo alto del pueblo pero, de repente, de un alojamiento que se encuentra en el centro, aparece una muchacha con rasgos asiáticos que se me queda mirando con curiosidad. Pensaba que me iba a hablar en inglés, pero se dirige a mí en perfecto español. Es otra peregrina. Me invita a alojarme allí. Las habitaciones se encuentran en buen estado y el precio de una buena cena es más que aceptable. ¡Me ha convencido! Allí me quedo. Además, en sus cuartos tan solo hay albergados dos peregrinos más: un norteamericano, Kelvin, de mediana edad, apacible, tranquilo e introvertido, que comenzó el Camino en Saint Jean Pied de Port días atrás; y un venezolano, Fernando, que vino a España hace dos décadas huyendo de la situación política de su país y tiene pensado concluir su ruta en Burgos.
Mi idea era cenar solo. Pero Fernando y la muchacha, de nombre Mara, con rasgos asiáticos, se me unen. En realidad, esta mujer que desborda vitalidad es rusa. Sus padres son mongoles asentados en Rusia desde décadas atrás. No obstante, cuando no tenía más que tres años, sus progenitores tomaron un avión a España que aterrizó en Madrid. Allí, en la capital de nuestro país, se crió esta muchacha que actualmente es psicóloga (o coach). He de reconocer que, a veces, no entiendo ya lo que quiere sugerir cada término.
Mara me invita a llamarla cuando termine el Camino para fijar objetivos. Se percibe que ama su trabajo y confía totalmente en su método. Ayuda a las personas a clarificar su mente y luego las acompaña sesión por sesión hasta que estas logran sus pretensiones. Realmente, no estoy demasiado interesado en su ayuda, pero sí en su personalidad. También en su opinión sobre la Rusia de Putin que, como suponía, es compleja, profunda y está llena de claroscuros.
Mara no está de acuerdo con la visión que los medios dan del político por la invasión a Ucrania, pues los primeros que no cumplieron acuerdos firmados y promesas fueron los países de la OTAN, pero tampoco con quienes lo presentan como un nuevo patriarca redentor de los valores occidentales. Es consciente de que Putin es un hombre peligroso que nunca muestra sus cartas. Su injerencia en España y Europa es mucho más profunda de lo que se cree comúnmente. A quienes piensan que representa algún tipo de mundo libre, Mara les preguntaría qué suerte creen que tendrían si se opusieran en público a sus dictados. A quienes lo presentan como un demonio por el actual conflicto bélico, les preguntaría cómo piensan que reaccionaría Estados Unidos si Rusia firmara un tratado con México e instalara bases militares en Ciudad Juárez, Chihuahua o Monterrey.

Fernando, el venezolano, me sorprende por su honestidad y franqueza. Me habla de su hermana, una muchacha humilde que tuvo cinco hijos. Al poco tiempo, el marido la abandonó y Fernando y el resto de sus hermanos organizaron una reunión familiar y allí sellaron un pacto: se comprometieron a aportar dinero y, sobre todo, energía y presencia para educar a aquellos niños faltos de la presencia paterna.
Por tanto, más que tío, Fernando es padre de uno de esos sobrinos, al que ha pagado los estudios y ha vigilado y aconsejado especialmente desde que entró en la adolescencia y se enfrentó a varios conflictos propios de la edad, como las drogas, el alcohol y los primeros amores. Hoy en día, el muchacho ha ingresado en la universidad y Fernando se siente orgulloso y en paz de su labor.
La confianza, la tranquilidad, el desprendimiento que se da entre los que formamos parte de esta experiencia nunca deja de sorprenderme. Ambos, Fernando y Mara, hablan conmigo como si yo fuera un viejo amigo. Los dos se conocieron en Roncesvalles. Se separaron, volvieron a encontrarse y a separarse y, en un momento dado, se dieron cuenta de que estaban destinados a caminar juntos. Había enseñanzas kármicas para ambos en esa relación (de amistad) que el Camino se empeñó en unir. No obstante, si bien Mara tiene pensado terminar en Finisterre, Fernando concluye mañana su Camino en Burgos.
No todo, eso sí, puede ser positivo. La vida es compleja y profusa. Antes de subir a dormir, me doy cuenta de que la dueña de este albergue es bastante conflictiva. Nos mira de tanto en tanto con suficiencia y realiza alguna burla sobre nosotros que me pone en guardia. Constato definitivamente que es una persona problemática cuando le pregunto por la posibilidad de dormir allí otro día. Mi pie izquierdo está perfecto, pero quiero asegurarme totalmente de la sanación y, como dije antes, necesito escribir. Así que he decidido quedarme un día más en Cardeñuela. Pero la mujer me dice que prefiere que me vaya. Me acompaña al pasillo y me sugiere, con malas maneras, gestos un tanto inconexos y violentos, por dónde debo salir (por la puerta de servicio), como si mi presencia y la del resto de peregrinos fuera un incordio.
En fin. ¡Mañana será otro día! Yo, por supuesto, no permito que la actitud de la señora me altere. El día ha sido muy grato, pleno de sorpresas y alegrías, como para que esta pequeña mancha lo empañe. Hace unas horas no sabía ni que existía Cardeñuela; hace un día pensaba que estaba obligado a realizar maratones diarias para terminar el Camino y que no me separaría de David hasta llegar a Santiago. Ahora no sé dónde se encuentra mi compañero francés ni si lo volveré a ver y Cardeñuela formará parte para siempre de mi vida.
¿Qué puedo decir? Me duermo contento, con espíritu infantil, satisfecho de lo experimentado y curioso por saber qué más historias y aventuras me continuará deparando esta formidable aventura, experiencia. Shalam
العالم الحقيقي أصغر بكثير من عالم الخيال
El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación






1imagen…las letras de agés estan hechas con oxicorte…..
2imagen….pienso en la lista de schindler (auschwitz)….incluso en el efecto rojo (clavel en el suelo)…..
3imagen…estos cinco simple minds son cinco hojas mas del parque(danza invisible los simple minds españoles)…(javier ojeda)…-
4imagen…el horror de supertramp (que facilidad para hacer sinfonico americano)….progresiones tan evidentes como insustanciales,,,,
5imagen….todos podran descansar y dormir aqui (literas)…para turistas….
6imagen…a la señora marcela le encantan las sopas de ajo….
7imagen….y a todos estos guiris tambien….jajajajjj…parecen estar en la antigua mili en el cuartel de instruccion….
8imagen…me encanta el palo de gandul y el cuello de dracula que me lleva….solo el y cuatro mas sabian leer, no?…vaya abuso!!….
9imagen….muestra de poder actual ……..
10imagen….las letras de ages estan hechas con oxicorte….
11imagen…la casa del cerro (ejemplo de arquitectura organica)….
12imagen….me podra ayudar mara la brujilla o sigo dale que te pego con ucrania……
13imagen….cerrazon…montañas en cerrazon….me ire de aqui pues la señora dueña me invita a ello….jajajjjj
PD,,,,morrisey (the smiths) es el cantante con voz mas trovadora de la edad media y lsd….al igual que jim kerr y su mujer chrissie hynde(vocalista the pretender)….back on the chain gang… …….acordeon tex-mex…..
https://www.youtube.com/watch?v=uOJSIFs_geI&list=RDuOJSIFs_geI&start_radio=1
1) Por ahí cerca de las letras de Agés se ve un bar que homenajea un libro de Coelho..jjajaj. 2) De ahí Roger Corman te sacaba un filme homenajeando a la obra de Poe. 3) Timidez elegante. Pose sensible. Intentando ir más allá de las fotografías de Duran Duran y Spandau Ballet. 4) Tengo la impresión de que no te gustan. jjjaj..5) Un documental del Románico. Una imagen que le pasan a Resnais y a Chris Marker por si las quieren poner en un filme o documental. No las utilizan pero las dejan en su archivo. 6) Una de las vecinas de Quijote y Sancho. 7) El hogar del emigrante. Aquí vienes, te alimentan y te orientan. Nadie duerme fuera. 8) ¡¡Os quiero hermanos!!! Ahora todo el mundo sabe leer y abusan igual los del ayuntamiento y los del templo. 9) Macho Alfa de la manada. Tribu simia. 10) Bicicleta de peregrino. Por aquí debe haber pasado más de una decena de veces David el peregrino. 11) En miniatura sería un posible proyecto de casa de David el gnomo. 12) Defiendo mis intereses como todos pero juego mejor al poker que la mayoría. 13) Alguien se inspira en la fotografía para una versión adulta de Los pitufos. PD: La versión está bien, la lleva a su terreno, pero queda un poco rocosa. Si la versión la hubiera realizado en los 80s.. hubiera tenido más magia y hubiera probablemente superado al original. O ¿quién sabe?